Los
días pasan lento, lento. Las labores se vuelven nimias e insignificantes. Las
personas se alejan, olvidan, se acercan y vuelven a recordar. Estamos siendo
observados en todos los sitios, sin que nos demos cuenta; ven nuestras fotos,
nuestro ánimo y lo seguimos haciendo descaradamente. Lo consentimos porque cada
día necesitamos ser más y más observados.
No
puedo dejar de escuchar esa canción. Aquella que dice que somos como insectos.
Podemos ser tan misteriosos y tan desagradables como algunos insectos. Recuerdo
la línea que dice “soy todos esos días que has decidido ignorar”.
Nos
atamos a ciertas personas, a las personas pero, quizá esas personas se atan a
otras personas y no precisamente a nosotros. Entonces nos convertimos en
insectos, merodeando alrededor de ellos, molestamente. Algún día no habrá a
nadie a quien molestar.
En
los días lluviosos suelen caer con las gotas algo amargo. Melancolía porque
cuando te das la vuelta, miras el reloj o un teléfono, o revisas en el
ordenador sigue sin haber nadie. Los días que los demás ignoran ¿ya no sienten
nada agridulce?
Reflexiones
de un jueves cualquiera, de un mes cualquiera, de un año cualquiera. Está bien.

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