Cuando
salí de la primaria recitamos un poema llamado “adiós a mi escuela”. Recuerdo
las primeras líneas y aún las digo con la entonación aburrida que nos
enseñaron. Las salidas de… cualquier cosa representan un verdadero trauma.
Cuando mi sobrino salió de la primaria no vi otra cosa que chamacos llorando
como si fuera el fin del mundo y pensé: ¡diablos! ¿por qué les hacen esto?
Mi
salida de sexto no fue muy diferente. Drama, drama, drama y más drama. Las
niñas –ahora adultas –que conocí en la primaria me proporcionaron grandes
momentos de los que son imposibles de olvidar. Cambiamos y ya no me frecuento
con ellas, pero jamás olvidaré lo que hicieron por mi siendo una mocosa y los
lloriqueos en la salida de sexto mientras recitábamos ese poema soso.
La
secundaria nunca me emociono demasiado y me molestaba ir a la escuela. Al final
algo hacen los profesores que irremediablemente causan que termines abrazando a
tus compañeros como si estuvieras ebrio y cantando una canción ranchera o una balada
romanticona.
El
bachillerato fue la mejor etapa de mi vida. Odiaba la escuela: era sucia, de
bajo prestigio, había personajes inverosímiles en él; pero me encantaba estar
ahí. Cada vez que la veo me gustaría regresar a esa sucia y fea escuela.
Ya por ese tiempo las salidas no significaban mucho para mí. Fui a recoger mi
reconocimiento sola y les dedique grandes sonrisas a mis amigos.
Hoy
por hoy, el hecho de salir de la universidad me trae sensaciones agridulces.
Anhelaba salir de ahí. Aquella escuela en la que había hecho mi examen de
ingreso y de la cual me había enamorado, quedó muy en el olvido. Estúpidamente
la universidad significó el esfuerzo y el sufrimiento idiota.
Tengo
que recalcar que en el momento en que realice mi examen de ingreso, fue el
de la UAM el único que hice. De verdad quería ir a esa escuela. Supongo que los
primeros trimestres me emocionaba todo de ella, hasta su absurdo e inútil sistema modular que trae como
consecuencia que lleves de lastres a tus compañeritos. Aunque imagino que yo en
alguno de esos trimestres también fui un lastre para alguno de mis compañeritos
o hasta de mis amigos.
Una
de mis hermanas dice: “no lo ves, pero si te ha servido la escuela, hablas
diferente”. Nunca lo había pensando, en algún punto debe de servir la escuela,
no digo que sea inútil. Sinceramente el que me exprese como lo hago no se lo
debo a la escuela. Una parte si y la otra más rotundamente no. Casi aprendí a
reaccionar ante los profesores que en la vida real serán los jefes idiotas con
delirios ególatras y megalómanos. Que me exprese como lo hago, no tiene que ver
con la escuela, tiene que ver con los libros que he leído y sobre todo la gente
que he conocido, dentro y fuera de la universidad.
Lo
que extrañaré es la vida estudiantil. Ahora que me siento cada vez más cerca de la
vida y responsabilidades de la etapa adulta, extrañaré la desfachatez y
hippiosidad de la vida estudiantil. Y también por supuesto el tiempo que tenía y del cual no estuve consciente. Hubiera tenido más tiempo sin las enormes
distancias, estoy segura.
Pasé aproximadamente 100 horas cada semana en el transporte público por cuatro años.
Utilice seis rutas diferentes para llegar a la escuela. Tuve 28 profesores a lo
largo de la carrera, unos más malos que otros. Tuve 12 trimestres. Hasta
séptimo trimestre éramos en la generación aproximadamente 100 mentes dañadas,
desconozco cuántos empezamos y cuántos terminamos. Hice equipo con
aproximadamente 42 personas. Y se terminó.
Respecto
a mis amistades. Yo insisto en la parte en la que estudiamos la misma carrera y
a todos nos gustan cosas bien distintas. No sé si los volveré a ver. El otro
día le contaba a una amiga un pequeño hallazgo sobre mí: me desacostumbraba
muy rápido de las personas. No es que no los extrañe, aún ahora que ya no veo a
muchos y que se han convertido en desconocidos, es sólo que soy dispensable
para ellos, su vida y sus proyectos profesionales. Y en parte me da mucho
gusto. Sé que triunfarán y veré y/o escucharé cosas de ellos en la tv, la radio, el cine y carteles.
Son talentosísimos.
Se
acabó y no recito ningún “adiós a mi escuela” porque ya no recuerdo cómo
termina. Sé que tendré que ir esporádicamente si decido concluir como se debe
la carrera. Cuatro años, es mucho pero se fue rápido.
Nunca
había escuchado a Oasis al escribir. Me choca Oasis.

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