Las
cosas en México, en el mundo se han puesto muy tensas, algo ha pasado en este
siglo, la gente ha cambiado. A la gente le importa más y le importa menos, es
una contrariedad. He descubierto que la clave para hacer reaccionar a las
personas o al menos una parte importante, es la pasión. Cuando ellos descubren
que hay pasión dentro de si suceden grandes cosas.
Con
la pasión viene de la mano el fanatismo y el extremismo, lo sé porque lo he
sentido y lo he vivido. A la gente le importa y no le importa. Nos importamos y
no nos importamos.
Ha
pasado casi un mes desde que termine mi trabajo escolar, ese que tanto daño
mental me trajo y tanto coraje realzo en mi. No es que no me importe ahora, me
sigue doliendo, siguen saliendo lágrimas mientras leo aquellas atrocidades,
pero me olvide de mi misma. ¿Qué me gusta? ¿Qué me hace sentir bien? ¿Qué
necesito?
Sin
duda alguna, aquello de que uno necesita estar bien para ayudar a los demás,
para mí, se queda en ser una falacia. Uno puede estar hecho mierda y salir a
las calles a reclamarle a la gente y con toda seguridad creo que hasta lo
hacemos con más coraje. No es lo más sano, pero somos personas extrañas, muy
extrañas.
Cuando
salía de la pubertad me encantaban las trivialidades y tenía grandes expectativas
y numerosos sueños, enormes. Es bueno tener sueños pero tienes que estar
demasiado consciente de tu realidad para poder intentar soñar sin estrellarte.
Y con respecto a las trivialidades, muchas, muchas son las pequeñas cosas por
las que sigues con vida.
¿Por
qué digo todo esto? Dos acontecimientos: El Corona Capital y los juegos
olímpicos en Londres. Con todos los escenarios sociales, económicos y sobre
todo políticos; han caído en gran controversia, siempre lo fueron pero ahora hay
más presión y atención hacia ellos. Empecemos por el principio.
Con
todo el movimiento de #YoSoy132, el Corona Capital se ha visto criticadísimo.
En cierta parte no se volvería de esa manera si no fuera porque entre algunos
de sus integrantes hay cierto tipo de personas que se la pasa pregonando la
lucha social e irán al festival. Yo apoyo el movimiento pero sinceramente no he
estado tan involucrada, aunque pienso muy similar.
Así
pues, los demás recriminan a las personas que pretendemos ir al festival en
cuestión. Hay muchas cuestiones, en las que estarán o no de acuerdo. Sólo puedo
decir en mi defensa y sin el afán de ser perdonada o con el pensamiento de que
me crucificaran: amo los conciertos y me hacen sentir que entre tanta
porquería, estoy viva. No es una justificación, ni siquiera una buena razón
pero es mi motivo.
Luego
los juegos olímpicos. Tengo que reconocer que mientras veía la ceremonia de
inauguración y miraba a las selecciones desfilar cual miss universo por el
estadio, pensé que había cosas inverosímiles. Ciertamente no creo que como México, países
como Libia, Egipto, Myanmar, Bahréin o España tuvieran multitudes ilusionadas y
emocionadas con los juegos olímpicos, dada la situación en la que están
inmersas. Me preguntaba, mientras desfilaban, cómo países así pueden estar ahí
entre tanta jovialidad y ante la mirada de todo mundo, justo cuando ese es el
mundo el que los tiene en el olvido.
Es
por esa y muchas otras razones por las cuales muchos, muchos, y pienso
seriamente que también los propios ingleses, toman con tanta amargura los juegos
olímpicos. Les digo el mundo está de cabeza. Y lo acepto, lo veo, no me es
indiferente, pero como lo hice por lo del Corona Capital, me pregunté ¿Qué me
hace sentir bien?
La
cosa con Inglaterra y Londres, es un asunto casi personal para mí, era parte de
un sueño que tuve desde que decidí ser una persona diferente. Ese sueño era
enorme y con el paso del tiempo se fue perdiendo, se convirtió en una cosa
insignificante.
Cuando
vi la inauguración y el trabajo enorme que hizo Danny Boyle –sobra decir, es
uno de mis directores favoritos y sus películas han cambiado mi vida –movió
algo muy personal. Aquel sueño grande que tenía, el que había desaparecido
porque me di cuenta de mi realidad, no regreso, pero regreso el sentimiento que
lo acompañaba cuando pensaba en él. Y aunque diferente, lo quise, lo quise otra
vez.
En
realidad deseaba tanto, anhelaba tanto aquel sueño, que a mis trece, catorce y
subsecuentes años hacía las cosas con determinación. Determinación. Después de
cuatro años en la universidad y tres de que las cosas cambiaron, determinación
era lo que no tenía, y mucho antes de perder la determinación se perdieron
mis sueños.
Ver
representados los acontecimientos que hicieron a ese país, pero sobre todo
escuchar, porque la música inglesa en lo personal me a dado tanto, hizo que
regresara mi determinación por conseguir tal vez no ese sueño que comenzó
cuando tenía trece años, pero si por resolver una de las tres preguntas que más
me han causado conflictos. O al menos, conseguir algo de satisfacción en esas
trivialidades que antes me hacían enormemente feliz.

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