Nunca
me había puesto a reflexionar acerca de los fines de semana hasta ahora. Eso de
que se terminen etapas y comiencen otras trae a colación numerosos
pensamientos, pero no quiero sonar cursi, ni mucho menos melodramática. Este
fue el último fin de semana como los he conocido durante la mayor parte de mi
vida. Se acerca, está próximo y es inevitable.
No
salí, ni salí de vacaciones a la anhelada playa, ni siquiera un centímetro para
ver y de verdad ver esta ciudad. La cosa es que el encierro te da elementos
subjetivos de la realidad. Las personas son muy duras al respecto y nunca,
nunca entenderán los motivos ajenos o en su defecto los harán menos. Es una realidad
constante.
Los
miedos persisten y merodean como mosquitos dentro de la recámara, son molestos.
Es fácil para unas personas y difícil para otras. Luego pienso que nunca fui
verdaderamente educada para enfrentar ningún tipo de circunstancia. Todo el
mundo da consejos y comienzan a decirte firmemente cómo es la vida. Nadie lo
sabe.
Los
fines de semana son reconfortantes o a veces no. Son escapes o a veces no. Nadie repara en ello porque la gente sigue viviendo sin un motivo en
específico. No sé si lleguen a sorprenderse o emocionarse por un día en que se
levantaron especialmente temprano o tarde. Nadie, más que los que viven del
arte o los que son demasiado sentimentales disfrutan desvelarse.
Debo
reparar en mis fines de semana o ¿será que ya es demasiado tarde para esas
cosas? Necesito comparte como toda una adulta, después de todo ya no estoy en
la escuela. No es que me deje de divertir, la verdad nunca me he divertido, más
bien dejar de ser tan improductiva. Todo el maldito mundo te sermonea al
respecto.

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