Alguien
me ha invitado a su casa. Con el respeto y educación que merecen, entro un poco
apenada de molestar e incomodar quizá al dueño y habitantes de la casa. Saludo
con timidez y una sonrisa nerviosa. No sé qué harían antes de mi intempestiva
llegada, bueno a decir verdad sabían que llegaría, pero para mí será una
intempestiva llegada. Me mantengo de pie, hasta que me indican que puedo
sentarme y con cuidado lo hago.
¿Quieres
agua o refresco? Son de las preguntas comunes. Indico que no quiero nada,
sospecho que después tendrán que lavar el vaso que ensucie y representará algún
tipo de fastidio. A veces me han invitado a comer y en lo posible trato de
mantener la educación, nunca pido un platillo de más, ni tomo sin permiso los
condimentos.
Vamos
a mi cuarto, me indica la persona que me ha invitado a invadir su casa. Yo pido
disculpas por el atrevimiento o a veces no lo hago y guardo silencio porque
sigue avergonzándome mi atrevimiento. Entro al cuarto y sigo de pie, hasta que
me indican nuevamente que me siente.
Es
extraño, las cosas de esa casa se parecen a la mía, bueno, hay una sala,
habitaciones, un comedor, una cocina y un baño; pero esa no es mi casa.
Curiosamente cuando invitaba a alguien a mi casa, quería que sintieran que
estaban en un hogar. De eso se trata. Antes cuando vivía sola, mis amigas
venían mucho a mi casa, me encantaba que se sentaran en mi sala, que se
acostaran en él, que encendieran la tela, supieran donde estaban los platos y
vasos; cuando hacían eso sentía que mi casa, no era sólo mi casa, era un
verdadero hogar. Cursi lo sé.
Durante
once años me acostumbre a que en mi casa sólo había visitas. Mi papá vivía aquí
claro, pero casi nunca estaba y mis hermanas venían a visitarnos de vez en
cuando, pero nunca lo suficiente. Este era mi hogar. Donde hacía reuniones con
mis amigas, donde me quitaba los zapatos y los dejaba en la sala, dónde dejaba
mi cepillo en el baño, donde comer un bolillo, un pedazo de queso y jamón no me
causaba remordimiento.
Ahora
parece que rento un cuarto con otra familia. No quiero ahondar en eso, quien me
conoce sabe a qué me refiero y me dirán miles de veces que es de esa manera
porque yo lo hago de esa manera. No le echo la culpa a nadie.
Los
espacios son valiosos, valiosos para ti y para la gente por la que sientes
cariño, significan algo y esos espacios son tuyos. Hoy por hoy, cuando voy a
casas ajenas me siento más en un hogar que el mío. No es que vaya por la vida
visitando casas ajenas y haciendo como si fueran mías, jamás lo haré.
Mi
mamá nos educó con severidad respecto a algunos temas, por ejemplo: teníamos
prohibido ir a casas ajenas, teníamos que esperar a nuestra amiga fuera de su
casa. Decía que entrar a otra casa era incomodar a sus habitantes y siempre lo
he pensado de esa manera. Sólo que desobedeciendo a mi mamá, quisiera estar en
otros lugares menos en mi casa. Más adelante viva sola o no, y eso significara
que si no vivo sola, será con personas con las que por mi propia voluntad
decidí compartir un espacio, y en ese momento voy a construir mi propio hogar.

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