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martes, 10 de julio de 2012

Adiós a mi escuela



Cuando salí de la primaria recitamos un poema llamado “adiós a mi escuela”. Recuerdo las primeras líneas y aún las digo con la entonación aburrida que nos enseñaron. Las salidas de… cualquier cosa representan un verdadero trauma. Cuando mi sobrino salió de la primaria no vi otra cosa que chamacos llorando como si fuera el fin del mundo y pensé: ¡diablos! ¿por qué les hacen esto?

Mi salida de sexto no fue muy diferente. Drama, drama, drama y más drama. Las niñas –ahora adultas –que conocí en la primaria me proporcionaron grandes momentos de los que son imposibles de olvidar. Cambiamos y ya no me frecuento con ellas, pero jamás olvidaré lo que hicieron por mi siendo una mocosa y los lloriqueos en la salida de sexto mientras recitábamos ese poema soso.

La secundaria nunca me emociono demasiado y me molestaba ir a la escuela. Al final algo hacen los profesores que irremediablemente causan que termines abrazando a tus compañeros como si estuvieras ebrio y cantando una canción ranchera o una balada romanticona.

El bachillerato fue la mejor etapa de mi vida. Odiaba la escuela: era sucia, de bajo prestigio, había personajes inverosímiles en él; pero me encantaba estar ahí. Cada vez que la veo me gustaría regresar a esa sucia y fea escuela. Ya por ese tiempo las salidas no significaban mucho para mí. Fui a recoger mi reconocimiento sola y les dedique grandes sonrisas a mis amigos.

Hoy por hoy, el hecho de salir de la universidad me trae sensaciones agridulces. Anhelaba salir de ahí. Aquella escuela en la que había hecho mi examen de ingreso y de la cual me había enamorado, quedó muy en el olvido. Estúpidamente la universidad significó el esfuerzo y el sufrimiento idiota.

Tengo que recalcar que en el momento en que realice mi examen de ingreso, fue el de la UAM el único que hice. De verdad quería ir a esa escuela. Supongo que los primeros trimestres me emocionaba todo de ella, hasta su absurdo  e inútil sistema modular que trae como consecuencia que lleves de lastres a tus compañeritos. Aunque imagino que yo en alguno de esos trimestres también fui un lastre para alguno de mis compañeritos o hasta de mis amigos.

Una de mis hermanas dice: “no lo ves, pero si te ha servido la escuela, hablas diferente”. Nunca lo había pensando, en algún punto debe de servir la escuela, no digo que sea inútil. Sinceramente el que me exprese como lo hago no se lo debo a la escuela. Una parte si y la otra más rotundamente no. Casi aprendí a reaccionar ante los profesores que en la vida real serán los jefes idiotas con delirios ególatras y megalómanos. Que me exprese como lo hago, no tiene que ver con la escuela, tiene que ver con los libros que he leído y sobre todo la gente que he conocido, dentro y fuera de la universidad.

Lo que extrañaré es la vida estudiantil. Ahora que me siento cada vez más cerca de la vida y responsabilidades de la etapa adulta, extrañaré la desfachatez y hippiosidad de la vida estudiantil. Y también por supuesto el tiempo que tenía y del cual no estuve consciente. Hubiera tenido más tiempo sin las enormes distancias, estoy segura.

Pasé aproximadamente 100 horas cada semana en el transporte público por cuatro años. Utilice seis rutas diferentes para llegar a la escuela. Tuve 28 profesores a lo largo de la carrera, unos más malos que otros. Tuve 12 trimestres. Hasta séptimo trimestre éramos en la generación aproximadamente 100 mentes dañadas, desconozco cuántos empezamos y cuántos terminamos. Hice equipo con aproximadamente 42 personas. Y se terminó.

Respecto a mis amistades. Yo insisto en la parte en la que estudiamos la misma carrera y a todos nos gustan cosas bien distintas. No sé si los volveré a ver. El otro día le contaba a una amiga un pequeño hallazgo sobre mí: me desacostumbraba muy rápido de las personas. No es que no los extrañe, aún ahora que ya no veo a muchos y que se han convertido en desconocidos, es sólo que soy dispensable para ellos, su vida y sus proyectos profesionales. Y en parte me da mucho gusto. Sé que triunfarán y veré y/o escucharé cosas de ellos en la tv, la radio, el cine y carteles. Son talentosísimos.

Se acabó y no recito ningún “adiós a mi escuela” porque ya no recuerdo cómo termina. Sé que tendré que ir esporádicamente si decido concluir como se debe la carrera. Cuatro años, es mucho pero se fue rápido.

Nunca había escuchado a Oasis al escribir. Me choca Oasis.


martes, 22 de mayo de 2012

Amigos con O



Creo que en algún momento había prometido hablar de mi relación con los hombres, pero no lo había hecho, hasta ahora. Es bien complicado, yo podría ser un niño, lamentablemente, hay cosas del hecho de ser mujer de las que es imposible escapar, un hecho triste. A pesar de mis pensamientos poco femeninos, siempre he tenido problemas para relacionarme con los hombres.

Siendo como soy, y sin aún yo, entender a las mujeres, podría pensarse que estoy rodeada de niños y la verdad es que no, de los únicos niños que estoy rodeada es de mis sobrinos y eso ya es mucho decir. En la primaria era demasiado tímida para hablarle a cualquier persona, niña, niño, maestros, quien fuere. Creo que los niños me creían rara y aburrida por lo que decidían ignorarme como yo a ellos.

Las etapas posteriores decisivas en la vida social de una persona no cambio mucho. En la secundaria era tan amargada, apática, ñoña y teta que difícilmente una niña me hablaba y mucho menos un niño porque siempre les contestaba mal. En el bachillerato me hablaron algunos al principio, aunque generalmente sólo era para molestarme porque hago expresiones que consideran graciosas –absurdo –y por lo que les parece un pasatiempo divertido molestarme.

Ya al final del bachillerato pude tener un cambio de actitud, y sospecho que se debió a las muchas cualidades que, en su momento, me otorgó ser una maldita descontrolada con un grupo; y conocí a los que serían mis primeros amigos hombres. Luego en la escuela conocería a chavos buena onda y con los que podía platicar sin un intermediario y por más de cinco minutos.

Hay un miedo ridículo que no sé si aún tengo, pero que en esas etapas secundaria y bachillerato me perturbaba. Siempre tuve el miedo de hacer amigos hombres y que me salieran con la tontería de “es que me gustas”. Ustedes dirán: oh pues quién las entiende. Para mí hay un principio básico, cuando son mis amigos, son mis amigos y llego incluso a sentir una repulsión tan sólo en pensar en ellos como algo más.  Me sucedió dos veces y traté de sacar mi lado coolness y decir: ok, tú no me gustas pero podemos platicar igual chido, ¡mate! (inserte puñetazo en el hombro). Ridículo.

Puedo contar a mis amigos con las dos manos y me sobran dedos, se han hecho más que mis amigos, los hermanos que no tuve, el lado masculino que yo quizá siempre he tenido. No sé en qué radique realmente, ahora más que mi miedo es que quizá sigo siendo igual de aburrida, tímida y apática que siempre.

Lo malo es que hubo dos excepciones a mi principio básico y fue desastroso. Y ahora ya no sé si aquellos hombrecillos fueron o no fueron mis amigos. Mantengo un buen recuerdo de ellos, por supuesto, después de mi rencor añadido, pero al menos hubo un tiempo en el que a los dos parecía importarles. Después recuerdan que no esperaran a esta personita, ni sacrificarían cosas por ella, y se van. Y es entonces donde entra mi lado femenino. No sé por que no puedo tener amistades con hombres. 

jueves, 26 de abril de 2012

Desvaríos adolescentes



Ayer recorrí parte de la unidad habitacional en la que vivo. No por gusto, más bien fue necesidad y ahorro de algunos pesos. Cuando no se lleva gran cosa entre la despensa se puede caminar del supermercado a casa sin necesidad de gastar cuatro o tres pesos para llegar a unos cuantos kilómetros. Me coloque mis maravillosos audífonos y entonces caminé por la unidad.

Yo le llamó, y lo hago porque no encuentro una palabra en español que defina con todo y la pronunciación adecuada eso, tal vez se deba también a que me falta muchísimo que conocer sobre mi propio lenguaje y lo que sé no alcanza para describirlo. Le llamó un “rush de recuerdos”, fue muy intenso, recordé momentos de la secundaria.

Resultó después, bastante obvio. La mayoría de mis compañeros de secundaria viven en esa unidad habitacional, pasar por andadores y edificios sólo me hizo recordar que viven ahí y que de vez en vez cuando los encuentro no puedo más que reírme en su cara. Lo saben porque siempre fui una desgraciada con ellos.

Siempre lo he pensado, la educación secundaria y esa etapa post pubertad, pre adolescencia es bastante ridícula, sobre todo segundo de secundaria. Las experiencias vividas en esos tres años te definen como persona, a pesar de no ser una adolescente en su totalidad, las decisiones y los pensamientos que adquieres a esa edad, ahora me doy cuenta, son casi imposibles de olvidar.

Lo que yo decidí a esa edad fue: no ser como ellos, no querer lo que ellos quieren, no escuchar lo que ellos escuchaban, no desear lo que ellos deseaban, no ser cómo ellos querían que fuera. Por eso jamás hice desvaríos en la secundaria, mi bajo perfil se mantenía, quizá con cierta arrogancia y si, quizá se los restregaba en la cara a mis compañeritos, pero nada como lo que les relataré a continuación.

Cuando recordé ese momento, reí mucho y quizá varios peatones y vecinos se me quedaron viendo. Era un día aburrido, todos lo eran. Yo como toda la vida había terminado mi ejercicio antes, y observaba como los demás hacían esfuerzos sobre humanos, no porque fuera complicado, más bien lo complicado era obtener concentración y constancia.

Después de un rato, todos terminamos el ejercicio y curiosamente a pesar de ser la última hora, nos encontrábamos tranquilos. La mayoría comenzaba pláticas, yo decidí cerrar mi cuaderno y guardar mis cosas. Las bancas eran de las individuales, lo cual siempre agradecí, eso de compartir mi lugar de trabajo no es mi concepto ideal de espacio laboral. Todas las bancas en filas, yo, estaba en la segunda muy lejos de la puerta, de mi libertad.

La profesora borraba el pizarrón, algunas, pocas anotaciones. Pláticas casi en susurros. Yo miraba a mi alrededor y vi a una compañera y un compañero platicando, me llamaron la atención por la cercanía con la que platicaban. Me sentía como en aquél vídeo de Britney Spears donde espera a que suene la chicharra, con mucho menos glamour, por supuesto.

De pronto mi mirada volvió a posarse en aquella pareja de compañeros y de pronto ¡zaz! Vi aquel beso apasionado, por lo cual abrí más los ojos, pasaron quizá segundos cuando se escucharon gritos, chiflidos y pura bulla hacia la pareja de arriesgados compañeros que osaron besarse en plena clase, veinte minutos antes de salir.

Al darse cuenta los susodichos se alejaron rápidamente, mi compañera se cubrió su rostro rojo de la vergüenza, mi compañero se puso rojo y rió, creo que de la pena también. La profesora estaba tan sorprendida que no hubo regaños, sólo exclamó a lo mucho un “ay muchachos”. Mientras tanto los demás seguían haciendo burla y yo reía demasiado. Como reí al recordarlo.

No recuerdo muy bien la razón del heroico besito. Pienso que más bien fueron las hormonas surtiendo su buena dosis de efecto. Lo que si es que, me dieron más razones para burlarme de ellos y para decir: definitivamente no quiero ser como ellos. Supongo que después de eso, al menos por una semana fueron el hazme reír y el chisme, luego todos los veían raro. Y ahora, reflexionando, no, esos desvaríos adolescentes nunca los entendí. Para ese momento yo ya era toda una anciana, a decir verdad una muy amargada.