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lunes, 9 de julio de 2012

Las casas que no son hogares

 

Alguien me ha invitado a su casa. Con el respeto y educación que merecen, entro un poco apenada de molestar e incomodar quizá al dueño y habitantes de la casa. Saludo con timidez y una sonrisa nerviosa. No sé qué harían antes de mi intempestiva llegada, bueno a decir verdad sabían que llegaría, pero para mí será una intempestiva llegada. Me mantengo de pie, hasta que me indican que puedo sentarme y con cuidado lo hago.

¿Quieres agua o refresco? Son de las preguntas comunes. Indico que no quiero nada, sospecho que después tendrán que lavar el vaso que ensucie y representará algún tipo de fastidio. A veces me han invitado a comer y en lo posible trato de mantener la educación, nunca pido un platillo de más, ni tomo sin permiso los condimentos.

Vamos a mi cuarto, me indica la persona que me ha invitado a invadir su casa. Yo pido disculpas por el atrevimiento o a veces no lo hago y guardo silencio porque sigue avergonzándome mi atrevimiento. Entro al cuarto y sigo de pie, hasta que me indican nuevamente que me siente.

Es extraño, las cosas de esa casa se parecen a la mía, bueno, hay una sala, habitaciones, un comedor, una cocina y un baño; pero esa no es mi casa. Curiosamente cuando invitaba a alguien a mi casa, quería que sintieran que estaban en un hogar. De eso se trata. Antes cuando vivía sola, mis amigas venían mucho a mi casa, me encantaba que se sentaran en mi sala, que se acostaran en él, que encendieran la tela, supieran donde estaban los platos y vasos; cuando hacían eso sentía que mi casa, no era sólo mi casa, era un verdadero hogar. Cursi lo sé.

Durante once años me acostumbre a que en mi casa sólo había visitas. Mi papá vivía aquí claro, pero casi nunca estaba y mis hermanas venían a visitarnos de vez en cuando, pero nunca lo suficiente. Este era mi hogar. Donde hacía reuniones con mis amigas, donde me quitaba los zapatos y los dejaba en la sala, dónde dejaba mi cepillo en el baño, donde comer un bolillo, un pedazo de queso y jamón no me causaba remordimiento.

Ahora parece que rento un cuarto con otra familia. No quiero ahondar en eso, quien me conoce sabe a qué me refiero y me dirán miles de veces que es de esa manera porque yo lo hago de esa manera. No le echo la culpa a nadie.

Los espacios son valiosos, valiosos para ti y para la gente por la que sientes cariño, significan algo y esos espacios son tuyos. Hoy por hoy, cuando voy a casas ajenas me siento más en un hogar que el mío. No es que vaya por la vida visitando casas ajenas y haciendo como si fueran mías, jamás lo haré.

Mi mamá nos educó con severidad respecto a algunos temas, por ejemplo: teníamos prohibido ir a casas ajenas, teníamos que esperar a nuestra amiga fuera de su casa. Decía que entrar a otra casa era incomodar a sus habitantes y siempre lo he pensado de esa manera. Sólo que desobedeciendo a mi mamá, quisiera estar en otros lugares menos en mi casa. Más adelante viva sola o no, y eso significara que si no vivo sola, será con personas con las que por mi propia voluntad decidí compartir un espacio, y en ese momento voy a construir mi propio hogar.

martes, 22 de mayo de 2012

La señora tejiendo



Volví a escapar de casa por cinco minutos, a la hora donde los vecinos salen con hijos y nietos a tomar el fresco, donde algunos otros salen a ejercitarse y otros a regar los jardines comunitarios que se han adueñado. Fui por un agua fresca porque en estos días calurosos es un poco necesario hidratarse. Iba a volver, pues había cumplido el cometido de ir por mi agua, pero desistí, di media vuelta en dirección contraria a mi casa y caminé sin pensar.

Caminé hacia un lugar al que regularmente iba y esperaba a alguien, pero ese alguien ya no esta ahí. Después de recorrer casi todos los jardines comunitarios y juegos que hay por mi colonia, aquél donde finalmente me quedé, era el único espacio tranquilo. Había una pequeña niña y su abuela, no soy amante de los niños, pero la pequeña tenía algo especial y me hacía sentir bien cuando me sonreía.

Me subí al columpio y me mecía mientras tomaba mi agua. Observaba a la abuela subiendo a su nieta a la resbaladilla, empujándola en el columpio y cargándola en el pasa manos. Los día soleados no me gustan especialmente, pero cuando el sol comienza a bajar llega a ser agradable. De forma ridícula comencé a capturar momentos en el columpio, mientras movía los labios por la música que escuchaba sin aún atreverme a emitir ningún sonido y que mi voz chirriante perturbase a los demás.

Ya la había visto, no quise prestarle mucha atención, pero en la foto apareció la señora tejiendo. No la quise mirar porque sentí que invadía un poco de su privacidad, si yo fuera ella no me gustaría que mujercitas con síndrome de peter pan me observaran. Pero en la foto apareció y me pregunte si en un futuro a largo o quizá a corto plazo estaría así: sentada en una banca a las seis de la tarde, quizá no tejiendo, pero haciendo cualquier otra cosa.

La verdad es que, la señora tejiendo se veía más tranquila, poseía una paz espiritual de la cual carezco, así que sí mi destino es acabar en una banca sola tejiendo pero con la expresión que tenía aquella señora, sinceramente, no me molestaría en lo absoluto.

De regreso sentí un leve retortijón y una ligera nausea.