viernes, 10 de agosto de 2012

Vida Laboral



Escribir los viernes quizá se convierta en el nuevo hábito adquirido y tristemente en el único tiempo libre en el que puedo escribir aquí. Quizá hasta este momento no había reparado demasiado en  la enorme necesidad de escribir todo el tiempo. No poder hacerlo es, perdón por ser algo escatológica, es como aguantarte las ganas de ir al baño.

No tengo idea de qué tan ético sea escribir esto o si en un futuro -muy cercano- me acarreara sermones o miles de tantas cosas más. Soy tan aburrida que esta vez: me arriesgo. Mi vida laboral comenzó, llevó una semana y fracción con esta “nueva” vida. A veces hay que tomar el gusto por las cosas. Sigue siendo muy extraño.

Al comienzo, en realidad aún ahora, me siento como una especie de intrusa, como una espía en esa empresa. En general, hasta ahora ha sido muy parecido a la escuela, excepto claro, por la única parte divertida que tiene la escuela. Me levanto todos los días, a cierta hora, tomo una ruta para llegar a la oficina, tráfico y personas. Me siento en un escritorio algo desacostumbrada a la desmañanada y si, con algo de sueño.

Me dirán, como he escuchado mucho últimamente y sigue siendo irritante, que soy muy joven; tal vez aún no conozco demasiado las mieles o la amargura de la vida laboral, al menos, no del todo.

Saludo tímidamente a todos, continuo sintiéndome una extraña. Saludo con aún mayor timidez a los jefes. A esos jefes que no siento míos –¿míos? –más bien los de ellos. Cuando iba en la escuela siempre imaginé que la personalidad de los profesores era una simulación a la de los jefes en la vida real.

Los hay así como en la escuela: los que gritan por todo, los distraídos, los buena onda, los fríos y los que nunca aparecen. Hay en la oficina un jefe al que le dicen: “el licenciado”. Al archivar los expedientes de los empleados, vi toda su información. Soy una criticona, si no lo hago no sería yo; pero me pareció absurdo enaltecer la figura del jefe diciéndole “el licenciado” cuando hay por lo menos cinco personas en esa oficina –ellos con rango de empleado y no me incluyo –cuyo grado es el de licenciatura.

Luego esta el ambiente oficinal. Me recuerda tanto a mi infancia cuando mis papás trabajaban en oficinas del gobierno. El ruido de los papeles, teclados, clics, engrapadoras, pasos, murmullos, estornudos de vez en cuando es, la verdad, algo perturbador.

En cuanto a empleados, hay variedad, no he visto todo, observo, callo y escucho. Los hay bastante responsables y los hay no tan responsables. Al menos en el área en la que me encuentro la gente es muy trabajadora. Es como los equipos que hacíamos en la UAM, unos trabajan y otros apestan.

En este poquitísimo tiempo he aprendido algo al respecto. Cualquiera puede hacer cualquier trabajo, la verdadera diferencia es la forma en la que se realiza el trabajo. Tal cosa hace a las personas ser indispensables en las empresas. Sólo, claro, algunas.

Y me encuentro en un escritorio con folders y archivos que no entiendo en un cien por ciento. Esperando que alguien llegue a asignarme una tarea o tareas que, dicho sea de paso, significan todas ellas un gran esfuerzo para mí.

Cuando tenía doce o trece años decidí alejar mi vida de las cosas como las matemáticas, la contabilidad y la administración. No imaginaba que en algún punto de mi vida regresaría a ellas. Y si, tienen razón esas cosas son necesariamente insoportables en tu vida, pero necesarias.

Clasificar archivos, acomodar el archivo muerto resulta ser, a veces, algo entretenido (agradezco mis clases de taquimecanografía). Pero cuando llegan los números es un verdadero desafío. Pase cuatro años sin ver un solo número, sin siquiera usarlos más que para lo esencial o, lo que yo creía esencial.

La cereza del pastel llega en el momento de hablar sobre el contacto que debo tener con algo que en serio detesto. De todos, de todos los inventos del hombre, para mí el peor, son los bancos. Detesto todo sobre ellos, sus papeleos, sus trabas, sus asuntos corporativos imposibles, sus instalaciones sosas y aburridas y sobre todo el trato idiota que tienen hacía las personas. Pero son, tristemente, necesarios.

Tengo un serio problema con las empresas, clasificaría en la que estoy como mediana empresa, si supiera en realidad lo que eso significa. Unas amigas se referían a mi empleo como “mi vida empresarial”, una hasta lo dijo con un tono despectivo. Odiaba que me dijeran que iba a tener vida empresarial. Quizá decidí ser anárquica demasiado tarde y después de tantas cosas hippies en las que me involucre y me agradaron, la vida empresarial me irrita. Era joven, muy joven al fin ¿no es cierto?

Creo que ha visto demasiadas películas donde mandan todo al carajo, ya lo he confesado. Me creía un espíritu libre y aunque pocas, con ciertas convicciones que fui adquiriendo en este paso a la edad adulta. Pero creo que hay cosas en la vida en sociedad y cotidiana de las que es imposible escapar. Y con esto decepcionaré a muchas personas que también me creían un espíritu libre.

Esto es un poco de la vida laboral, es como todo el mundo decía que era. De hecho más bien parece que en este auto no hay reversa. Y para ser honesta me sigue dando nauseas tener que tratar con empresas que han jodido al país. Quizá ya no tenga mis convicciones tan claras y he perdido total sentido de lo que está bien y está mal. El cochino dinero que necesitas pero que te nubla la mente. 

sábado, 4 de agosto de 2012

Las obligaciones



Dice mi hermana que todos los días se aprende algo nuevo, esta vez tiene razón. En los últimos tres días he aprendido mucho acerca de mi misma. Quizá el proceso fuere un poco más largo de tres días. Soy una maldita miedosa, eso es muy sabido y alardeado por su servidora. Y descubrí algo mucho más triste que eso: las cosas que he hecho, las hice no por pasión en lo que hago, más bien por obligación.

El futuro sigue siendo incierto, quiero creer en esa canción de los Gorillaz, pero me parece todavía lejano aunque hubiere tomado una decisión. Qué tontería que te importe tanto lo que los otros piensen cuando son los últimos en pensar qué es lo mejor para ti, porque siempre piensan en lo qué es lo mejor para ellos. Uno debería ser libre y ya. O quizá he visto demasiadas películas donde mandan todo al carajo.

Pero sobre todo pienso en aquellos que me felicitaban, se alegraban por una falsa, muy falsa y delgada zona de confort. Sólo puedo decir que no puedo estar segura de nada. Porque las personas siguen opinando al respecto, mientras no sean sus problemas todo asunto es sencillo de resolver, así somos los seres humanos de egoístas. Una maraña de cosas, de indecisiones, de constantemente estar pensando en el qué dirán, de toda esa porquería esta llena mi cabeza.

Decidir entre lo que te guste hacer –por muy patético y sueño adolescente que parezca –entre eso y lo que te hace bien o lo que socialmente es lo mejor. Sigue siendo complicado. Y conforme pasan los días compruebo que esos otros, los que dicen interesarse, son los que menos te conocen. ¡Qué monótona he permitido que sea mi vida! Sólo, quizá sólo una decisión cambie ese deseo inalcanzable de querer complacer a los demás sin importar lo que yo quiero.

viernes, 3 de agosto de 2012

Un día en el Chopo



Tenía dieciséis o tal vez diecisiete. Ella me dio algunas, pocas, indicaciones para sobrevivir. Yo usaba unos jeans claros y rectos, que obviamente me quedaban grandes y tenía que doblarlos. No quería ir con ropa demasiado clara como para ser pasada por una tonta y tampoco quería ir con un atuendo estilo emo, que créanme, vergonzosamente lo tenía.

Sólo tomábamos un camión para llegar al lugar. Antes de adentrarnos a tierras aún desconocidas para mí, ella me dijo: “tienes que tomar todo lo que te den”, le dije que sí y seguimos caminando. Parecía turista en un lugar nuevo, no quería, pero veía a todos los personajes que pasaban junto a nosotras.

Como siempre lo hacía, ella caminaba rápido, mientras yo me rezagaba tomando propaganda, mientras observaba, sin querer, a un dark, mientras veía las cosas que vendían. Llegamos a un puesto donde vendían todo tipo de box set, de cualquier banda que pudiéramos imaginar, sólo las observábamos.

Por esos tiempos, contar con cien pesos en nuestros bolsillos era ser realmente ricas. Ella usaba la mitad de esos cien pesos en comprar pines, posters y artículos parecidos. Yo la acompañaba regularmente y esos sitios, el de los box set y el de vídeos clonados se convirtieron en los favoritos.

Ese primer día en el que llaman con tanto caché tianguis cultural el chopo, fuimos a la casi recién  -por ese entonces- inaugurada biblioteca Vasconcelos. Entramos y, como casi todos los jóvenes ahí, lo hicimos por curiosidad y por encontrar refugio del sol. Ese día recorríamos los enormes estantes, que para ser franca me impresionaron, sólo los estantes.

En ese recorrido por los estantes, me entretuve, al menos yo. De pronto sentí un jaloneo en mi brazo por parte de ella y me dijo: “¡amiga!, ¡amiga!”. Con cara da alguien que no entiende la cosa le dije: "¿Qué?", mientras seguía caminando. Como siempre lo hacía cuando no entendía de lo que hablaba, puso los ojos en blanco y me dijo: “esos chavos decía: amiga, amiga”. "¿Y?", fue mi respuesta, al verlos le dije: “bueno, si están guapos, la verdad”, ella se rió y me contestó: “pues sí, y decían: amiga, amiga”; “¿qué tal que era para ti?” le repliqué. Como era su costumbre, resolvía todo con un comentario épico final: “no, porque yo voltee y seguían gritando, por eso te dije: ¡amiga, amiga!, para que voltearas”.

Regresamos unas cuatro o cinco veces. Hacíamos casi lo mismo, variábamos entre comer unas papas con mucha salsa y si teníamos más presupuesto atascarnos con un pastel de ese lugar tan delicioso. Muchos chistes salieron de esas visitas al Chopo. Ella me decía que no era como antes, que los emos lo habían invadido –ciertamente, no estaba equivocada –pero que ahí encontraba cosas de Muse, cuando quizá no es que fueran menos populares como lo son ahora, más bien aún se manejaban en la escena underground. Tanto que vimos un poster que decía “The Muse”. Recuerdo lo molesta que estaba ella por el “The”.

Estos días, estos meses, deseo como nunca regresar a esos tiempos. Volver a tener dieciséis años o diecisiete. Lucir como adolescente no conlleva que pueda actuar como una. Eso lo he descubierto de una forma extraña.

martes, 31 de julio de 2012

El martes antes de...



Es martes. Oigo todos los ruidos que se generan en la calle: los árboles sacudiéndose, los gritos de los niños jugando incluso el ruido de los autos y el transporte público. Los rayos del sol llegan hasta mi recamara y con la ventana abierta también el aire alborota algunos papeles que tengo encima.

Se acabó. Se acabó la escuela, se acabaron mis vacaciones, se acabó julio y por eso no es un martes cualquiera. La verdad nunca estuve consciente de que eran vacaciones hasta que era cada vez más real lo del empleo.

Siento muchas cosas, entre nervios, algo de emoción, ansias y también tristeza. El viento sigue soplando y parece que lo hace a propósito para el tono melancólico. Sucedieron varias cosas este mes, sin pensarlo, más bien creo que sucedieron todas. Pasó todo este mes.

Pensé que tenía miles de pensamientos para el día de hoy. Pensé también que haría muchas cosas antes de que este día llegara, pero no fue así. Ayer me puse a dibujar porque hay algo en esa actividad que te deja satisfecho, feliz, alegre. Ojalá pudiera hacerlo toda mi vida. No hice nada más interesante porque no soy alguien interesante. Tampoco vi a mis amigos.

Esta esa cuestión de los amigos. Quién sabe qué sucederá en las próximas semana o en los próximos meses, pero pasan cosas extrañas con mis amistades, no sé en quién confiar, ni con quien platicar. Para terminar, otra vez me sucedió lo de las expectativas. Leí hace tiempo un tweet de una amiga decía algo así como: “ese triste momento cuando te das cuenta de que seremos (inserte cualquier relación aquí) para siempre, sólo serán tres meses”, no pude estar más de acuerdo. Pensé, en serio, pensé que a pesar de todo, podría hablarte, platicarte y verte por mucho tiempo más. Me equivoqué como toda la vida.

Mi gran escape este mes, aunque no fue salir a tomar fotos como lo había “planeado” ni empezar por cosas como manualidades y esas cosas, por supuesto mucho menos salir de vacaciones, el maravilloso escape fue la música. Me la pase encerrada todos los días, pero ¡qué placer compartir mi tiempo con Blur y los Gorillaz!

El futuro está próximo no me emociona porque no estoy segura de qué vendrá. Nadie lo sabe, nadie sabe nada. Porque no, no tengo la seguridad de ninguna de las cosas que me ocurrirán o no lo harán. Pero bueno de algún modo u otro tiene que salir. Alguien decía que si no salen bien las cosas es porque todavía no se terminan, quien sabe, la verdad es que desconfío mucho en las frases de basuración personal.

Tal vez… y sólo tal vez, debí salir a columpiarme un rato.

domingo, 29 de julio de 2012

Fin de semana



Nunca me había puesto a reflexionar acerca de los fines de semana hasta ahora. Eso de que se terminen etapas y comiencen otras trae a colación numerosos pensamientos, pero no quiero sonar cursi, ni mucho menos melodramática. Este fue el último fin de semana como los he conocido durante la mayor parte de mi vida. Se acerca, está próximo y es inevitable.

No salí, ni salí de vacaciones a la anhelada playa, ni siquiera un centímetro para ver y de verdad ver esta ciudad. La cosa es que el encierro te da elementos subjetivos de la realidad. Las personas son muy duras al respecto y nunca, nunca entenderán los motivos ajenos o en su defecto los harán menos. Es una realidad constante.

Los miedos persisten y merodean como mosquitos dentro de la recámara, son molestos. Es fácil para unas personas y difícil para otras. Luego pienso que nunca fui verdaderamente educada para enfrentar ningún tipo de circunstancia. Todo el mundo da consejos y comienzan a decirte firmemente cómo es la vida. Nadie lo sabe.

Los fines de semana son reconfortantes o a veces no. Son escapes o a veces no. Nadie repara en ello porque la gente sigue viviendo sin un motivo en específico. No sé si lleguen a sorprenderse o emocionarse por un día en que se levantaron especialmente temprano o tarde. Nadie, más que los que viven del arte o los que son demasiado sentimentales disfrutan desvelarse.

Debo reparar en mis fines de semana o ¿será que ya es demasiado tarde para esas cosas? Necesito comparte como toda una adulta, después de todo ya no estoy en la escuela. No es que me deje de divertir, la verdad nunca me he divertido, más bien dejar de ser tan improductiva. Todo el maldito mundo te sermonea al respecto. 

viernes, 27 de julio de 2012

Trivialidades



Las cosas en México, en el mundo se han puesto muy tensas, algo ha pasado en este siglo, la gente ha cambiado. A la gente le importa más y le importa menos, es una contrariedad. He descubierto que la clave para hacer reaccionar a las personas o al menos una parte importante, es la pasión. Cuando ellos descubren que hay pasión dentro de si suceden grandes cosas.

Con la pasión viene de la mano el fanatismo y el extremismo, lo sé porque lo he sentido y lo he vivido. A la gente le importa y no le importa. Nos importamos y no nos importamos.

Ha pasado casi un mes desde que termine mi trabajo escolar, ese que tanto daño mental me trajo y tanto coraje realzo en mi. No es que no me importe ahora, me sigue doliendo, siguen saliendo lágrimas mientras leo aquellas atrocidades, pero me olvide de mi misma. ¿Qué me gusta? ¿Qué me hace sentir bien? ¿Qué necesito?

Sin duda alguna, aquello de que uno necesita estar bien para ayudar a los demás, para mí, se queda en ser una falacia. Uno puede estar hecho mierda y salir a las calles a reclamarle a la gente y con toda seguridad creo que hasta lo hacemos con más coraje. No es lo más sano, pero somos personas extrañas, muy extrañas.

Cuando salía de la pubertad me encantaban las trivialidades y tenía grandes expectativas y numerosos sueños, enormes. Es bueno tener sueños pero tienes que estar demasiado consciente de tu realidad para poder intentar soñar sin estrellarte. Y con respecto a las trivialidades, muchas, muchas son las pequeñas cosas por las que sigues con vida.

¿Por qué digo todo esto? Dos acontecimientos: El Corona Capital y los juegos olímpicos en Londres. Con todos los escenarios sociales, económicos y sobre todo políticos; han caído en gran controversia, siempre lo fueron pero ahora hay más presión y atención hacia ellos. Empecemos por el principio.

Con todo el movimiento de #YoSoy132, el Corona Capital se ha visto criticadísimo. En cierta parte no se volvería de esa manera si no fuera porque entre algunos de sus integrantes hay cierto tipo de personas que se la pasa pregonando la lucha social e irán al festival. Yo apoyo el movimiento pero sinceramente no he estado tan involucrada, aunque pienso muy similar.

Así pues, los demás recriminan a las personas que pretendemos ir al festival en cuestión. Hay muchas cuestiones, en las que estarán o no de acuerdo. Sólo puedo decir en mi defensa y sin el afán de ser perdonada o con el pensamiento de que me crucificaran: amo los conciertos y me hacen sentir que entre tanta porquería, estoy viva. No es una justificación, ni siquiera una buena razón pero es mi motivo.

Luego los juegos olímpicos. Tengo que reconocer que mientras veía la ceremonia de inauguración y miraba a las selecciones desfilar cual miss universo por el estadio, pensé que había cosas inverosímiles. Ciertamente no creo que como México, países como Libia, Egipto, Myanmar, Bahréin o España tuvieran multitudes ilusionadas y emocionadas con los juegos olímpicos, dada la situación en la que están inmersas. Me preguntaba, mientras desfilaban, cómo países así pueden estar ahí entre tanta jovialidad y ante la mirada de todo mundo, justo cuando ese es el mundo el que los tiene en el olvido.

Es por esa y muchas otras razones por las cuales muchos, muchos, y pienso seriamente que también los propios ingleses, toman con tanta amargura los juegos olímpicos. Les digo el mundo está de cabeza. Y lo acepto, lo veo, no me es indiferente, pero como lo hice por lo del Corona Capital, me pregunté ¿Qué me hace sentir bien?

La cosa con Inglaterra y Londres, es un asunto casi personal para mí, era parte de un sueño que tuve desde que decidí ser una persona diferente. Ese sueño era enorme y con el paso del tiempo se fue perdiendo, se convirtió en una cosa insignificante.

Cuando vi la inauguración y el trabajo enorme que hizo Danny Boyle –sobra decir, es uno de mis directores favoritos y sus películas han cambiado mi vida –movió algo muy personal. Aquel sueño grande que tenía, el que había desaparecido porque me di cuenta de mi realidad, no regreso, pero regreso el sentimiento que lo acompañaba cuando pensaba en él. Y aunque diferente, lo quise, lo quise otra vez.

En realidad deseaba tanto, anhelaba tanto aquel sueño, que a mis trece, catorce y subsecuentes años hacía las cosas con determinación. Determinación. Después de cuatro años en la universidad y tres de que las cosas cambiaron, determinación era lo que no tenía, y mucho antes de perder la determinación se perdieron mis sueños.

Ver representados los acontecimientos que hicieron a ese país, pero sobre todo escuchar, porque la música inglesa en lo personal me a dado tanto, hizo que regresara mi determinación por conseguir tal vez no ese sueño que comenzó cuando tenía trece años, pero si por resolver una de las tres preguntas que más me han causado conflictos. O al menos, conseguir algo de satisfacción en esas trivialidades que antes me hacían enormemente feliz.

miércoles, 25 de julio de 2012

¿Qué es eso?



Creo que escribo desesperadamente para llegar a un número non representativo. Pero bueno si esto sirve de algo para cumplir una especie de meta, entonces lo acepto. Y también asumiré lo que hasta ahora me parece irremediable, hablar de experiencias personales y de mis ridículos pensamientos.

Hoy pasó algo bonito, así algo bonito. A pesar de todo, de lo que siento tantas veces por las noches, en el día se pueden compensar por días como hoy. Nunca espero que haya más, ni menos, más bien no me pongo a pensar en ello. Por tal razón tengo en este momento un espíritu algo, sólo un poco, positivo.

Llegué a casa, ya sin tanta paranoia, cantando una canción. Oh my baby, oh my baby, oh why, oh my. Entonces no tuve opción: al prender el ordenador busqué inmediatamente esa canción y entonces con una muy pobre entonación canté, sin importar las personas que viven aquí: Love’s the greatest thing that we have, I’m waiting for that feeling.

Hace mucho, mucho tiempo me encontraba de ociosa tras el ordenador, aunque quizá eso sea más cotidiano de lo que pienso. Tenía dieciocho años, unos más, otros menos. No sé cómo llegué, imagino que veía cosas sobre el tema, pero llegue a un foro de mujeres solteras y desesperadas.

Es bien triste, pensar que hay mujeres que en algún momento de su vida, jóvenes o adultas, sientan tanta desesperación por aquello de tener una pareja. Había cosas tristísimas, otras absurdas y algunas hasta divertidas. Desde la mujer con sobrepeso que jamás ha tenido un novio hasta la chavita de catorce que la tronaron. No sé cómo llegué ahí pero me dejaron pensando. Y debo mencionar que soy reacia a esos temas.

Nunca he sido alguien, no sé cómo decirlo sin que suene a cliché o que parezca que me desvalorizo y comiencen a localizarme para recomendarme un psicólogo. Evidentemente no soy una reina de belleza y llamo poco la atención. Nunca me ha importado demasiado y detesto como no tienen una idea el trilladísimo comentario de: “allá afuera está el indicado, el que es para ti”. ¡Meh!

Después de leer los “casos” de las personas de ese blog, la verdad me amé un poco más. Las mujeres no necesitan estar en pareja, muchas deberían aprender a estar solas. Muchas, créanme muchas. El resto de nosotras seguiremos escuchando frases sosas y aburridas.

Y es donde entra la canción de la banda del mes: Blur. No tengo ni idea de por qué me gusta tanto Tender, es tan cursi, sobre todo no sé por qué me gusta cantarla con tanta felicidad. Creo que se debe a la magia de Damon Albarn y la forma tan esperanzadora en que la interpreta.

No entiendo, hasta ahora qué es exactamente eso del amor. Me siento como una niña de siete años tratando de entender eso. Igual todo sigue siendo un juego y las personas que observo lo siguen viendo como un juego, pero no lo sé. Mientras tanto sigo coreando: oh my baby, oh my baby, oh why, oh my.