miércoles, 18 de julio de 2012

Pequeños detalles


Ahora cambiaremos el rumbo del blog, será uno de belleza. No la verdad no, pero esto se me hace tan trivial y absurdo que no sé qué esta pasando. Vacaciones, si claro, se llaman vacaciones y siempre dejan que las personas piensen y piensen cuando no se tiene aún responsabilidades.

No me gustan mucho las fotos, cuando me van a tomar fotos me escondo, hago berrinche y cosas así. Y muchos pensaran que cómo es eso posible si hay hasta un álbum en Facebook de fotos mías. Esas fotos son resultado de miles de fotos más donde dije: “no, no me gusta” y borre miles más; y por supuesto también son resultado de un pobre trabajo en photoshop.

De ahí en fuera y contradictoriamente me agradan mucho los retratos, de otras personas claro esta, sobre todo aquellas que son tomadas del perfil de la persona en cuestión. Y hay un elemento que me ha llamado mucho la atención últimamente. Lo había notado, pero hasta ahora reconozco que tengo una fijación por la nariz de las personas.

Esto ha sucedido con los hombres, si las mujeres también, pero con ellas es más sencillo y he declarado abiertamente que no tengo problema en admitir cuando una mujer es bella. Me gusta mucho cuando un hombre tiene una linda nariz y eso no ocurre muy a menudo.

Por tal cuestión sólo hay dos hombres de los cuales además de su gran atractivo y por supuesto su enorme talento, admiro ese pequeño detalle. La nariz de Damon Albarn y sobre todo de Jonas Bjerre son las más bonitas que he visto en hombres, y han causado que ahora ponga especial atención en ese detalle del rostro de una persona.

Sobra decir la razón de admirar otras narices. Uno busca y busca las cosas de la que carece, no es que yo carezca de nariz, más bien me sobra una. En fin la mía es fea y de todas las fotos que sin mi consentimiento me toman, las peores son las que me toman de perfil.

Repito contradictoriamente me gustan las fotos donde una persona muestra su perfil, sobre todo cuando tienen está nariz.

Damon Albarn de Blur y Jonas Bjerre de Mew


martes, 17 de julio de 2012

150


Hay varias canciones que tienen por título un número. Pero claro las canciones son otra cosa, requieren de talento, precisión, instrumentalización y esas cosas que disfrutas al poner reproducir.

Tengo que confesar dos cosas el día de hoy. La primera es que abrí una cuenta en Twitter hace como tres meses, al principio me volví muy fan y ahora es por demás aburrido, supongo que no lo es cuando eres un “tuit-star” pero como no es el caso, pues se ha vuelto aburrido y si no es por las respuestas a mis contactos, continuo borrando tuits sin sentido aunque nadie los lea. La segunda cosa que debo confesar es que tengo un problema con eso de la “fama”.

Por ahí va eso de ciento cincuenta. La fama, no sé qué es eso, ¿será sinónimo de reconocimiento? La cosa empezó en Twitter alguna vez que me emocionó que me contestará alguien “famoso”, esas cosas de las que un mortal se ilusiona. Luego llegó mi primera decepción tuitera. Aquí va la historia.

Resulta que leí al blogger al que sigo, recomendó seguir a una mujer. Pensé que por ser él recomendaría seguir a alguien lista, sarcástica y hasta buena onda. Comencé a seguir a la mujer en cuestión, aunque súper apasionada y ferviente fan de López Obrador, podía soportarlo y además re tuiteaba sus tuits.

Todo iba muy bien, pensé que había sido buena decisión seguirla. Después, un día, puso algo así como “vendrá un tracklist de canciones subversivas”, algo que a mi también me había llegado a la mente por estas épocas post electorales decepcionantes y desastrosas. Yo humildemente le conteste su tuit. Al poco rato tuiteo una cosa como: “y además no les pedí su opinión para mi tracklist”. Lo hizo más grosero, ya que lo sorprendente en ella es su enorme capacidad para maldecir y decir vulgaridades en ciento cuarenta caracteres, lo reconozco.

Me decepcioné un poco, no creo que ninguno de los que le sugerimos alguna que otra canción lo hubieramos hecho con mala intención, pero eso le pasa a uno cuando quiere encajar en la sociedad. Deje de seguirla porque me sentí como de esas niñas entrometidas que no le pueden hablar a la chica popular. Dudo que a ella le afecte mi unfollow ya que tiene más de trescientos seguidores y yo jamás he llegado a los setenta.

Luego desde que cambie la interface del blog y te dicen cuántas visitas ha tenido cada entrada de tu blog he quedado obsesionada. Antes no me importaba, pero ejerzo más presión sobre mi misma para escribir en este espacio, aunque con frecuencia no funciona, termino escribiendo diarios y pensamientos como lo dijo alguien que conozco, creo que tiene razón, cuánta basura virtual hago.

Últimamente me he dado cuenta que el número de visitas en cada entrada sigue en descenso, es proporcional a las tonterías que escribo entiendo un poco esa reacción matemática. A veces, confieso, abro blogspot sólo para ver el número de visitas y no es por la fama, es más bien que me dicen algo esos resultados, sólo que aún no logro interpretarlos.

En fin está es mi entrada número ciento cincuenta y estoy segura que estaré viendo cuánta gente vio esto. Quizá le haya hecho un favor a aquella chica dándole unfollow, se deshizo de una seguidora muy acosadora. Y bueno mientras el blogger al que sigo sea todavía cortés, no tendré pronto otra decepción tuitera. Mientras he retomado la actitud del bajo perfil también en Twitter, trato de no responder, por más ganas que tenga, sé que seré ignorada.

Yo no sé por qué me preocupa, nunca lo había hecho. Lo ven, el vacío emocional que traen las redes sociales.




domingo, 15 de julio de 2012

En el piso



Podría estar acostada en el piso, con la luz encendida o apagada, viendo el techo como si tuviera algo especial. Podría encontrarme así por siempre. ¿Recuerdan esas escenas típicas de películas donde todo alrededor se mueve, como las estaciones del año, por ejemplo, mientras algo en medio queda estático?. Podría estar así todo el tiempo.

Son días fríos y lluviosos, así tomo mi frazada mientras me acurruco en el piso. Esa fijación por el piso nunca la he entendido me da algo de tranquilidad y también algo de nostalgia. Y miro el techo porque no hay otra cosa que observar. Escucho música porque no hay otra cosa que oír.

Me pongo a pensar en qué hará en este momento ella, él, ellos, ellas, todos. Recorro mentalmente sus rostros e intento creer que si los conozco bien, sabré qué hacen. Luego echo un vistazo al ordenador, no hay nada.

Últimamente he pensando que este aparato te llena de mucho vacío emocional. Recuerdo cuando tenía miles de cuentas de foros y redes sociales. Cada una de ellas me hacía sentir más sola, cuando pones un estado o algo así crees, o una parte cree, que cambiara algo, pero nada cambia. Así que vuelvo a recostarme en el piso.

Nunca olvidaré esa frase de una canción que dice: “¿Por qué nos sentimos solos aún en compañía?”. Ahora creo que se debe a que nadie puede entrar en tu mente y saber por lo que estás pasando. Y me siento como en esas escenas de las películas: todo ocurre a mi alrededor pero estoy aquí encerrada muerta de miedo.

Miedo al futuro, al presente y al pasado. Esto es totalmente normal. Pienso en que debería escribir otras cosas, que no debería de ser tan exhibicionista en las entradas del blog, pero casi no puedo evitarlo. Un día de estos me armaré de valor y la escritura no será mi necesidad, en ese momento podré quitar todos estos estúpidos pensamientos que no cambian nada.

Aconsejar es bien sencillo, sobre todo para las personas más grandes que uno. Siempre son más listos y menos sabios. Nadie sabe nada acerca de nada, pero intentan ayudar. Es sólo que estos días no he tenido ganas de hacer muchas cosas, y quizá me arrepienta, ya veremos.

Mientras, también en estos días me he acurrucado en el piso, viendo el techo, mientras escuchó esa canción, antes de que el techo me caiga encima.

No aspiro a convertirme en un Mariano, por favor dispensen tanto pensamiento inútil.

jueves, 12 de julio de 2012

Primer día de clases



No tenía planeado escribir tanto hoy, nada, no tenía planeado nada, desde hace mucho no planeo nada. Comencé escuchando una serie de canciones de decepciones amorosas y eso trajo como consecuencia recuerdos vívidos. Luego saque un cuaderno. Escribía diarios sin sentido alguno, pensaba que en un futuro me podrían ayudar a mejorar como persona. No sucedió, no ha sucedido y dudo mucho que suceda.

Me llamó mucho la atención esto que les voy a transcribir. Primero es la única vez que transcriba algo de lo ridículo que son esos diarios, y segundo quizá la nostalgia , melancolía y tantas cosas absurdas del hecho de salir de la escuela hicieron que este día que escribí, fuera en especial relevante.

Jueves 16 de octubre de 2008

Querido Diario: Oh si, realmente mucho tiempo, ¿sabes? No te has perdido de mucho, al menos en mis vacaciones no mucho. Si, fui con Jessy, reflexione muchas cosas, me la pasé increíble, regresé a mi rutina vacacionera diaria. No hay mucho que contar sobre eso.

Al fin tengo tiempo. He entrado a la escuela, a la Universidad, vaya cómo ha pasado el tiempo, empecé a escribir esto cuando iba en cuarto semestre (de bachillerato), ya es un rato. He cambiado mucho, me han sucedido muchas cosas.

Me siento muy extraña, extraño muchas cosas, creo que puede que también eso sea algo lógico, son etapas diferentes. Me siento como hasta algo perdida y diferente. Estas vacaciones fueron muy largas y me hicieron pensar en un sinfín de cosas, definitivamente me sirvieron y aún así no me siento como debería o se supondría que me debería sentir.

Entré a la escuela. No sentía los nervios habituales del primer día de clases ¿por qué? No lo sé, tal vez, después de haber ansiado tanto saber qué era lo que iba a suceder, saber cuál era el siguiente paso, decidí también ese día no llegar, como es mi costumbre, con mi cara de pocos amigos y mi apatía. Llegué ahí, ya no era por un rato, me quedaría ahí por lo menos hasta las próximas vacaciones, tres meses de no sé qué. Llegué tarde a clase y eso quizá es un muy mal augurio.

Me gusta el plan de estudios, es diferente e interesante… al tercer día estaba harta. Llegué llorando a mi casa ¿por qué? Estaba lejos de todo lo que conocía y de todo lo que amaba, no había nada ahí que pudiera reconocer o que si acaso se me hiciera familiar, estaba muy asustada.

Mis compañeros no sé cómo describirlos. Todo el mundo me hace la típica pregunta de primaria ¿ya tienes amigos? No, el caso es que todos están muy metidos en sus cosas o la que está muy metida en sus asuntos soy yo. El punto es que vi cómo todos formaban grupitos y cómo la mayoría eran tan cortantes sobre todo conmigo, pensé “Tranquila, tu delirio de persecución”. No fue así, realmente les simpatizo poco a la mayoría de mis compañeros.

Y eso es lo menos importante del asunto, ya que me siento como un vil bicho raro, lo que es aún peor, en ese grupo me siento la persona más ignorante y estúpida del planeta. Veo como participan, como se expresan y dan su punto de vista y me pregunto ¿yo qué sé? Sé de música o bueno creo que ni de eso sé.

Eso era a lo que yo más temía: entrar a la escuela y darme cuenta de que eso no era lo mío o darme cuenta que en lo que pensé que era buena, en realidad, no lo soy.

Claro que ha sido pesado, el recorrido, mis compañeros, la tarea, etc. Estoy de mal humor casi todo el tiempo, no quiero hablar con nadie, estoy más insoportable que nunca, porque como dice esa canción de Coldplay “Tienes lo que quieres pero no lo que necesitas”

Daniela

Después de leer esto, fue casi como una revelación para mí. Mi mayor miedo se cumplió durante estos cuatro años y nunca pude regresarme a este día para darme cuenta y evitarlo. Pero… ¿de qué forma podía evitarlo? 

Está bien y está mal



Los días pasan lento, lento. Las labores se vuelven nimias e insignificantes. Las personas se alejan, olvidan, se acercan y vuelven a recordar. Estamos siendo observados en todos los sitios, sin que nos demos cuenta; ven nuestras fotos, nuestro ánimo y lo seguimos haciendo descaradamente. Lo consentimos porque cada día necesitamos ser más y más observados.

No puedo dejar de escuchar esa canción. Aquella que dice que somos como insectos. Podemos ser tan misteriosos y tan desagradables como algunos insectos. Recuerdo la línea que dice “soy todos esos días que has decidido ignorar”.

Nos atamos a ciertas personas, a las personas pero, quizá esas personas se atan a otras personas y no precisamente a nosotros. Entonces nos convertimos en insectos, merodeando alrededor de ellos, molestamente. Algún día no habrá a nadie a quien molestar.

En los días lluviosos suelen caer con las gotas algo amargo. Melancolía porque cuando te das la vuelta, miras el reloj o un teléfono, o revisas en el ordenador sigue sin haber nadie. Los días que los demás ignoran ¿ya no sienten nada agridulce?

Reflexiones de un jueves cualquiera, de un mes cualquiera, de un año cualquiera. Está bien.

martes, 10 de julio de 2012

Adiós a mi escuela



Cuando salí de la primaria recitamos un poema llamado “adiós a mi escuela”. Recuerdo las primeras líneas y aún las digo con la entonación aburrida que nos enseñaron. Las salidas de… cualquier cosa representan un verdadero trauma. Cuando mi sobrino salió de la primaria no vi otra cosa que chamacos llorando como si fuera el fin del mundo y pensé: ¡diablos! ¿por qué les hacen esto?

Mi salida de sexto no fue muy diferente. Drama, drama, drama y más drama. Las niñas –ahora adultas –que conocí en la primaria me proporcionaron grandes momentos de los que son imposibles de olvidar. Cambiamos y ya no me frecuento con ellas, pero jamás olvidaré lo que hicieron por mi siendo una mocosa y los lloriqueos en la salida de sexto mientras recitábamos ese poema soso.

La secundaria nunca me emociono demasiado y me molestaba ir a la escuela. Al final algo hacen los profesores que irremediablemente causan que termines abrazando a tus compañeros como si estuvieras ebrio y cantando una canción ranchera o una balada romanticona.

El bachillerato fue la mejor etapa de mi vida. Odiaba la escuela: era sucia, de bajo prestigio, había personajes inverosímiles en él; pero me encantaba estar ahí. Cada vez que la veo me gustaría regresar a esa sucia y fea escuela. Ya por ese tiempo las salidas no significaban mucho para mí. Fui a recoger mi reconocimiento sola y les dedique grandes sonrisas a mis amigos.

Hoy por hoy, el hecho de salir de la universidad me trae sensaciones agridulces. Anhelaba salir de ahí. Aquella escuela en la que había hecho mi examen de ingreso y de la cual me había enamorado, quedó muy en el olvido. Estúpidamente la universidad significó el esfuerzo y el sufrimiento idiota.

Tengo que recalcar que en el momento en que realice mi examen de ingreso, fue el de la UAM el único que hice. De verdad quería ir a esa escuela. Supongo que los primeros trimestres me emocionaba todo de ella, hasta su absurdo  e inútil sistema modular que trae como consecuencia que lleves de lastres a tus compañeritos. Aunque imagino que yo en alguno de esos trimestres también fui un lastre para alguno de mis compañeritos o hasta de mis amigos.

Una de mis hermanas dice: “no lo ves, pero si te ha servido la escuela, hablas diferente”. Nunca lo había pensando, en algún punto debe de servir la escuela, no digo que sea inútil. Sinceramente el que me exprese como lo hago no se lo debo a la escuela. Una parte si y la otra más rotundamente no. Casi aprendí a reaccionar ante los profesores que en la vida real serán los jefes idiotas con delirios ególatras y megalómanos. Que me exprese como lo hago, no tiene que ver con la escuela, tiene que ver con los libros que he leído y sobre todo la gente que he conocido, dentro y fuera de la universidad.

Lo que extrañaré es la vida estudiantil. Ahora que me siento cada vez más cerca de la vida y responsabilidades de la etapa adulta, extrañaré la desfachatez y hippiosidad de la vida estudiantil. Y también por supuesto el tiempo que tenía y del cual no estuve consciente. Hubiera tenido más tiempo sin las enormes distancias, estoy segura.

Pasé aproximadamente 100 horas cada semana en el transporte público por cuatro años. Utilice seis rutas diferentes para llegar a la escuela. Tuve 28 profesores a lo largo de la carrera, unos más malos que otros. Tuve 12 trimestres. Hasta séptimo trimestre éramos en la generación aproximadamente 100 mentes dañadas, desconozco cuántos empezamos y cuántos terminamos. Hice equipo con aproximadamente 42 personas. Y se terminó.

Respecto a mis amistades. Yo insisto en la parte en la que estudiamos la misma carrera y a todos nos gustan cosas bien distintas. No sé si los volveré a ver. El otro día le contaba a una amiga un pequeño hallazgo sobre mí: me desacostumbraba muy rápido de las personas. No es que no los extrañe, aún ahora que ya no veo a muchos y que se han convertido en desconocidos, es sólo que soy dispensable para ellos, su vida y sus proyectos profesionales. Y en parte me da mucho gusto. Sé que triunfarán y veré y/o escucharé cosas de ellos en la tv, la radio, el cine y carteles. Son talentosísimos.

Se acabó y no recito ningún “adiós a mi escuela” porque ya no recuerdo cómo termina. Sé que tendré que ir esporádicamente si decido concluir como se debe la carrera. Cuatro años, es mucho pero se fue rápido.

Nunca había escuchado a Oasis al escribir. Me choca Oasis.


lunes, 9 de julio de 2012

Las casas que no son hogares

 

Alguien me ha invitado a su casa. Con el respeto y educación que merecen, entro un poco apenada de molestar e incomodar quizá al dueño y habitantes de la casa. Saludo con timidez y una sonrisa nerviosa. No sé qué harían antes de mi intempestiva llegada, bueno a decir verdad sabían que llegaría, pero para mí será una intempestiva llegada. Me mantengo de pie, hasta que me indican que puedo sentarme y con cuidado lo hago.

¿Quieres agua o refresco? Son de las preguntas comunes. Indico que no quiero nada, sospecho que después tendrán que lavar el vaso que ensucie y representará algún tipo de fastidio. A veces me han invitado a comer y en lo posible trato de mantener la educación, nunca pido un platillo de más, ni tomo sin permiso los condimentos.

Vamos a mi cuarto, me indica la persona que me ha invitado a invadir su casa. Yo pido disculpas por el atrevimiento o a veces no lo hago y guardo silencio porque sigue avergonzándome mi atrevimiento. Entro al cuarto y sigo de pie, hasta que me indican nuevamente que me siente.

Es extraño, las cosas de esa casa se parecen a la mía, bueno, hay una sala, habitaciones, un comedor, una cocina y un baño; pero esa no es mi casa. Curiosamente cuando invitaba a alguien a mi casa, quería que sintieran que estaban en un hogar. De eso se trata. Antes cuando vivía sola, mis amigas venían mucho a mi casa, me encantaba que se sentaran en mi sala, que se acostaran en él, que encendieran la tela, supieran donde estaban los platos y vasos; cuando hacían eso sentía que mi casa, no era sólo mi casa, era un verdadero hogar. Cursi lo sé.

Durante once años me acostumbre a que en mi casa sólo había visitas. Mi papá vivía aquí claro, pero casi nunca estaba y mis hermanas venían a visitarnos de vez en cuando, pero nunca lo suficiente. Este era mi hogar. Donde hacía reuniones con mis amigas, donde me quitaba los zapatos y los dejaba en la sala, dónde dejaba mi cepillo en el baño, donde comer un bolillo, un pedazo de queso y jamón no me causaba remordimiento.

Ahora parece que rento un cuarto con otra familia. No quiero ahondar en eso, quien me conoce sabe a qué me refiero y me dirán miles de veces que es de esa manera porque yo lo hago de esa manera. No le echo la culpa a nadie.

Los espacios son valiosos, valiosos para ti y para la gente por la que sientes cariño, significan algo y esos espacios son tuyos. Hoy por hoy, cuando voy a casas ajenas me siento más en un hogar que el mío. No es que vaya por la vida visitando casas ajenas y haciendo como si fueran mías, jamás lo haré.

Mi mamá nos educó con severidad respecto a algunos temas, por ejemplo: teníamos prohibido ir a casas ajenas, teníamos que esperar a nuestra amiga fuera de su casa. Decía que entrar a otra casa era incomodar a sus habitantes y siempre lo he pensado de esa manera. Sólo que desobedeciendo a mi mamá, quisiera estar en otros lugares menos en mi casa. Más adelante viva sola o no, y eso significara que si no vivo sola, será con personas con las que por mi propia voluntad decidí compartir un espacio, y en ese momento voy a construir mi propio hogar.