jueves, 20 de diciembre de 2012
Tiempos violentos
sábado, 15 de diciembre de 2012
Conciertos
miércoles, 16 de mayo de 2012
Treinta y tantas cosas que haría
domingo, 19 de junio de 2011
La playa

¿No les ha pasado que presienten cuando una semana va a salir mal por más intentos por mejorarla? Bueno pues esta semana ha sido así, han sucedido muchas cosas, como siempre, suceden cosas eso es bastante ordinario. Así como este bonito espacio es para escribir mi basura mental, pues aquí vamos.
Para empezar, cumplí años. Me sigue causando un problema el hecho de que la gente festeje los cumpleaños, no porque no lo aprecie, pero por alguna razón ese día es el único en dónde eres especial y por lo tanto hay que invitarte todo y ser condescendiente lo cual me causa un conflicto, entre muchas otras cosas algo deprimentes que no mencionaré.
La realidad es que cumplí 21 años, soy oficialmente legal en todo el mundo, así que ya podré ir a gastar mi dinero a las Vegas, o tal vez ir a un pub en Londres, o mejor ir a fumar marihuana en Ámsterdam. Esperen, no, no me sirve en nada tener 21 años, es todo un desperdicio, la verdad los "veintialgo" pesan. Es para lo único que sirven los cumpleaños, para recapitular tu paupérrima vida.
Me alegra que haya terminado la semana, la mitad de ella, ni siquiera estuve en el lugar donde me gusta estar, casi me asaltan lo cual genera un poco de paranoia de mi parte –aún más de la que ya tengo –me quede hasta tarde en la escuela, mi profesor me regaño bien bonito y para acabar cada vez mi casa ya no lo es. De verdad me parece muy bien que termine, sin esperar que la siguiente semana mejore, sólo que sea otra semana.
Finalmente llegué a la conclusión de que necesito “tomar el fresco”, necesito salir de este diminuto cuarto, de esta colonia, de esta ciudad y si pudiera de este país. E increíblemente tengo unas ganas tremendas de ir a la playa, de tirarme en un camastro, sudando como un cerdo, porque a diferencia de las demás mujeres que no sé cómo rayos pero se ven glamorosas con su atuendo playero, bueno, a mi no me pasa eso. Necesito tocar la arena con los pies, necesito llenarme de arena aunque eso me moleste, pero lo más importante necesito ESTAR SOLA.
Supongo que la idea de la playa, es causa de ver innumerables veces “La playa”. Por alguna razón las películas de Danny Boyle tienen un extraño ingrediente que me hace tomar decisiones o en su defecto –con el caso específico de Trainspotting –me resuelve la vida, de algún modo, no es tan mágico, simplemente me hacen decir “si, está bien, es esto” o “qué rayos, está mal, pero ¿y qué?”. Con la playa, más que este asunto del turista que se adentra a tierras desconocidas y en su aventura con tintes hedonistas y hasta arriesgados encuentra sentido casi a su existencia. Yo sólo quiero ir para dejar de pensar.
Me gustaría salir a la calle como en ese vídeo de Lily Allen dónde habla de las porquerías de Londres, y salir brincando como niña estúpida y cantando, casi gritando eso que decía en su canción “Estoy bien, todo es maravilloso, tengo todo el tiempo del mundo”, por supuesto igual que como ella lo canta, con esa ironía.
Si, quisiera poder salir y llegar directamente a Phi Phi o al menos a alguna playa paradisiaca de este bonito país (inserte sarcasmo), estar frente al mar, uno donde las olas no peguen tan fuerte y tirarme como un saco de papas en la arena, tal vez quemarme un poco, meterme al mar con todo y ropa, y finalmente volverme a tirar en la arena sin importar si esas pequeñas partículas están en lugares insospechados de mi cuerpo, escuchando la canción de este avance. Cada vez que veo esos primeros segundos me dan más ganas de irme.
martes, 31 de mayo de 2011
Las consecuencias de los dulces dieciséis

Hace cuatro años fui a un concierto. Mi hermana, mi sobrino y yo esperábamos en las escaleras del Auditorio Nacional a que diera una hora decente para entrar a dicho recinto. Un hombre alto de tez clara, bien parecido y con sonrisa amable se nos acercó. Traía un gafete verde y muchos papeles en una mano; se sentó a lado de nosotras y nos preguntó si podríamos llenar un pequeño papel, y firmar una petición a favor de los trabajadores del campo para que recibieran mejores condiciones de vida y de salario. Ahí empezó todo.
Mi hermana y yo hicimos preguntas, él amablemente nos explicó a grandes rasgos la función de Oxfam. Después de eso decidí meterme a la página oficial de Oxfam, necesitaba saber qué era lo que hacían y cómo. Leí algunos informes acerca de cómo habían ayudado a mejorar las condiciones de trabajo de algunos campesinos en África y Sudamérica, realmente les creí. Oxfam, el incrementó de atención a sus campañas de “Comercio Justo”, me llevaron a otra página: Amnistía Internacional (AI).
Cuando uno es joven, no le interesan demasiado las cuestiones sociales, pero les digo que yo soy rara, esta onda de las injusticias me hacía bastante ruido desde que era una mocosa, más que nada porque me gusta ver, no sé si observar, pero veo. Por esa razón me sentía bastante anormal al estar leyendo reportes de Oxfam, sobre todo porque después del pesimismo general que me llego en la secundaria, no le creía a ninguna ONG, ni siquiera a Greenpeace.
Todo esto lo recordé por ese asunto antes mencionado en este pequeño espacio, de esta pequeña personita, sobre la reminiscencia de aquellos momentos entrañables en mi vida. Imagino que la razón es la cercanía de mi cumpleaños y aunque soy todavía una jovenzuela, tener que llegar ya a los veinte-algo comienza a pesar.
Hace casi dos semanas, hice algo que quería hacer hace cuatro años cuando me metí a las páginas web de Oxfam y AI, como toda una dulce, soñadora e idealista muchachita quería ser voluntaria en cualquier de esas dos organizaciones, pues eran, por mucho, en las únicas en las que creía. Pero había razones de peso para no poder cumplir ese deseo en aquellos años: a) era demasiado joven, no tenía ni la mayoría de edad; b) seguía en el bachillerato (uno con un nulo prestigio) por lo cual mi colaboración no sería significativa ; y c) me daba miedo.
Decidí retomar ese deseo y heme aquí, llevo una semana y media siendo voluntaria en Amnistía Internacional, me hace sentir bastante bien. Más que por el hecho del rollo activista pretencioso o sentirse Mahatma Gandhi, son cuestiones más personales y nada pretenciosas por las cuales me hace sentir bien. Además de ser un poco más productiva que sólo tirarme a perder el tiempo en internet, ahí hago algo que tal vez no sirva o no cambie el mundo, pero hago algo, y lo más importante decidí hacerlo, por primera vez en mi vida tuve iniciativa y estoy dentro de algo que vale la pena.
La gente a mi alrededor piensa que me metí para aplicar mis inútiles estudios de Comunicación o para liberar mi servicio social (tal vez ayudaría y si decidí hacerlo ahí), eso es basura, no me metí por eso. No podemos retroceder a lo que éramos; pero sí puedo recuperar lo que deseaba y la universidad me ha quitado, lo quiero. Además irónicamente Amnistía me ha llenado de un espíritu más positivo, y nuevamente me refiero a algo personal, mi dramatismo y estar constantemente pensando en mis problemas existenciales, mi negatividad frente a mis propios problemas.
No sólo escuchas distintos acentos, hay gente ahí comprometida con su trabajo, sin ser fanáticos, conscientes de lo que pueden o no pueden hacer, amables la mayoría. Me preocupa el pensamiento de la gente donde AI puede hacer milagros, es una ONG con mucho poder de convocatoria, pero son personas y aunque este ahí dentro, sigo pensando que no se puede cambiar el mundo. Se hacen cosas, cambias tú, pero tú no eres el mundo, y tendríamos que matar a todos y repoblar con gente buena para hacer un cambio sustancial, pero no sucederá. Amnistía Internacional, para mí es una forma de decir “me uno, no estoy de acuerdo con lo que pasa en el mundo”.
Después de estar una semana y media ahí me di cuenta: el mundo es una mierda, pero no sólo para mí, es una mierda para todos y si estoy aquí respirando entonces voy a hacer algo con eso, quejarme, sufrir por mis problemas existenciales y darme cuenta que alguien sufre también.

