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jueves, 12 de diciembre de 2013

Esto fue lo que dejo el 2013

Escribo esto desatendiendo mi tradición de publicar y escribirlo los días 28 de diciembre. Lo publico en el lugar que tantas satisfacciones e insatisfacciones me ha dado. Publico esto en las redes sociales que hacen que uno se sienta tan cerca y tan lejos de las personas. Escribo esto, en este extraño año que en unas semanas terminará.

Ahora no es ni por trimestres, ni por meses. Realmente no sé cómo comenzar a contar este año tan caótico y tan emocionante a la vez. Este año donde todo fue nada y donde nada fue todo. Creo que lo llamaré el año de la crisis, de una tormentosa crisis que en algún momento debe acabar.

Ni lo haré por meses, ni por trimestres. Lo haré por recuerdos porque al final es lo único que queda y, si recuerdo los meses y el orden es mucho decir.

Empecé el año pensando que sería emocionante, que el hacer lo que a uno le gusta podría bastar para sobrellevar la vida en general. Comencé haciendo las cosas que me propuse empezar: servicio social, francés, diseño gráfico y clases de baile. Sí, clases de baile.

Enero fue muy bueno, de mucha abundancia y de mucho tiempo. Me divertí muchísimo. Entré a esa zona de estabilidad y confort. Inicié una rutina pequeña pero relajante, yendo al mediodía a clases de francés y un día a la semana a servicio social. Parecía que todo iba a pintar de maravilla, en el servicio me felicitaban por mi trabajo, el francés se me dio con naturalidad, el diseño me costó trabajo al inicio  y las clases de baile con mi sobrino eran divertidísimas.

Luego vino el primer reto profesional: cubrir la Feria Internacional del Libro en Minería. Me dio miedo y no puedo decir que lo hice excelentemente, pero intenté hacer mi mejor esfuerzo. No estuve satisfecha con los resultados, sin embargo, aprendí muchas cosas en dos semanas. Nunca aprendí eso en la escuela. Creo que fue en ese momento donde me di cuenta que mi “estabilidad” comenzaba a debilitarse.

¿Recuerdan que el recuento del 2012 terminó con una esperanza? “Realmente pasará, algo pasará”. Ver a Blur en vivo es de los recuerdos más hermosos que llevó de este año. En realidad, les confieso, el concierto de Blur inició el viaje emocional de este año. Hoy parece que fue hace siglos y me cuesta trabajo pensar que fue este año. Jamás olvidaré lo que sentí al escuchar Tender compartiendo lo que significa para nosotras.

Después de Blur parecía que podía enfrentar cualquier cosa. Vino otro reto profesional: escribir crónica. Nuevamente temí porque he descubierto que mi inseguridad es infinita. Al final, después de todas las complicaciones resultó algo muy positivo. Conocí a personas que si no hubiera sido por ese trabajo jamás hubiera conocido. Escribir no es tan sencillo y en cierto modo se requiere de valentía. Conocí a unos tuitstars.

En abril llegó a mi vida una personita especial. Ese mes nació Valentina y fue difícil y feliz al mismo tiempo. Pensé que como familia ya no podríamos enfrentar momentos como esos. La vida de muchos de nosotros cambió a partir de su nacimiento y nos enseñó a ser fuertes. El día en que Valentina nació descubrí todo lo importante que son mis sobrinos para mí.

Se acercaba peligrosamente la mitad del año. Digo peligrosamente porque se acercaba mi cumpleaños número 23. Para mayo estaba terminando mi servicio social, pero las cosas se complicaban cada vez un poco más. Terminar el servicio social estaba bien, pero ¿y luego? Pensar en el futuro se volvía una necesidad.

Desde el año pasado, imaginaba cómo cambiaría mi vida saliendo de la escuela. Comencé a trabajar sin estar del todo segura y me salí del trabajo. Hice mi servicio social y a pesar de la renuencia a mi vida de estudiante, es la vida de estudiante la más sencilla. Crecer es complicado.

Tuve mi primer entrevista de trabajo. Es escalofriante, sobre todo cuando no estás preparada. Mantuve la actitud positiva, pero los nervios me vencieron después de todo. No estoy segura si fue eso lo que jugó en contra mía mayormente o mi falta de competencia. No me llamaron, pero me sirvió para reafirmar que necesito ese cambio de actitud en cuanto a seguridad y autoestima.

En junio cumplí 23 años y me aterró. Lo vi muchas veces, casi todos mis amigos son más grandes que yo, hasta los que tienen mi edad cumplen años antes que yo. Fue ese mes, ese mes donde todo cambió. Me empecé a alejar de la gente porque no hay explicación, soy así. Los 23 pesaron y pesan. Esa crisis que tanto vi en mis amigos llegó inminentemente y atacó con toda fuerza posible.

El verano llegó y no significó ninguna diferencia. Salvo que me sentía más incómoda y necesitaba terminar con un asunto. Lo dejé muchas veces por MIEDO. Estúpido miedo que no deja avanzar. Tomé valor y enfrente las cosas, quizá no de la forma más madura, pero me quitó un peso de encima. Tiempo después me causó otros problemas que he ido superando con el tiempo.

Dejé el inglés, pero no pasó mucho tiempo para retomarlo. Hasta ahora voy mejorando y redescubrí cuánto me gusta. Ese agosto fue tranquilo, fue como si una nueva flama se encendiera o como si otra vez estuviera en paz conmigo misma. El futuro no significaba mucho, al menos no en ese momento. Aún así me sentía deprimida.

Un día, de mi rutinaria vida actual, leía noticias y me enteré de que Danny Boyle venía a México al Festival Internacional de Cine de Guanajuato. ¿Por qué no?, me dije a mi misma. No tenía con quién ir, tampoco sabía con certeza si podía costear el viaje, aún así lo hice. El primer viaje que hice sola fue la segunda pieza de este recorrido emocional. Las palabras de Danny Boyle, los ojos con los que vi Guanajuato tras todo estos años, la tranquilidad que sentí en ese balcón. Gracias a ese viaje, mis problemas financieros se complicaron, pero no me arrepiento de haberlo hecho, nunca.

La vida siguió “normal”. Normal hasta un encuentro no tan inesperado. Uno siempre tiene que enfrentar las consecuencias de lo que hace y no siempre estamos preparados para ello. Aprendí mucho de esa experiencia, aprendí sobre las cosas que deseo y cómo deseo ser querida. Al final descubrí que por mucho que ignore mi vida amorosa no tengo un black hole.

Decidí cerrar mi cuenta en Facebook. La depresión y la amargura que me invadía era más grande de lo que pensaba. Soy como soy, honestamente a veces necesito alejarme de las personas para no lastimarlas. Habían pasado meses y cada mes se me hacía un año. La desesperación me invadía y no podía estar feliz por otras personas, no podía compartir su felicidad y tampoco quería compartir mi amargura.

Fue muy útil, me sirvió para aprender y entender. De alguna forma vuelvo al modo reservado, aunque esto no se lea muy reservado. Créanme que me guardo muchas cosas que no son necesarias ventilar. Además de, claro, combatir eficazmente mi insomnio y disminuir la importancia a cosas que no las tienen.

Inicié un curso de fotografía como último recurso para encontrarme a mi misma y quitar miles de espinas que he tenido desde hace años. Al principio me entusiasmó, después llegó la frustración al no entender las cosas. Al final decidí hacer las cosas con la misma pasión que siento por los conciertos y la música.

Unos meses atrás se había anunciado el cartel para el Corona Capital. La mala costumbre se apoderó de mí y fuimos. Fue distinto porque este año fui con mis sobrinos y mi hermana, pero con nadie más hubiera podido ver a Travis y a Phoenix. Imaginé que pasarían muchas cosas, pero en los conciertos siempre se superan mis expectativas.

Estar con mis sobrinos fue divertidísimo, escuchar a Quadron fue mágico. Sin duda, ver a Travis y a Phoenix significaba para mí concluir esta etapa extraña y difícil por la que atravesaba. Lloré como un bebé al escuchar Turn, sorprendí a mi hermana haciendo lo mismo mientras gritábamos “I want to feel forever young”. Phoenix lo hizo de nuevo y  nos emocionó hasta los escalofríos.

Sabía que este año no habría muchos conciertos. Blur y el Corona eran los únicos planeados, pero luego vino Muse. Me invitaron al de Muse y resultó ser una revelación, nunca imaginé que me provocaran lo que me provocaron. Hasta el día de hoy no me repongo emocionalmente, creo que pasaron días en los que lloré después de ir al concierto.

Algunos dirían: fue la gota que derramó el vaso o la sal a la herida. Muse me hizo darme cuenta que ya no soy tan joven como pensaba, que el tiempo ha pasado y mientras más espero a que sucedan las cosas nunca pasaran. Blackout me mató y cada recuerdo que pasó en mi mente desde los 13 hasta mis 23 años.

Los días pasaban, unos mejores, otros peores. Otra vez pensar en el futuro se volvía necesidad. Regresó la angustia, la desesperación, la depresión y la tristeza. Uno debe estar atento a las señales, debe detectarlas antes de que ataquen con toda su fuerza, pero sobre todo debe estar preparado. Yo nunca lo he estado.

¿Qué más podía pasar? No hacía algo importante en mi vida, me incomuniqué con la mayoría de mis amigos, además por enésima ocasión fui víctima de los asaltos y me robaron el celular, también dejé de escribir frecuentemente a pesar de los ánimos y cumplidos recibidos. Los problemas económicos siguen en ascenso y los temores siguen ahí como la piedra en el zapato. ¿Acaso algo extraordinario podía pasar?

Lo hizo. Lo hizo porque no sé cómo suceden esas cosas. La última semana de noviembre, sin previo aviso y gratamente sorpresivo, me invitaron al concierto de Incubus. Todo este viaje terminó ahí, de algún modo. Fui con una amiga que no veía hacía muchísimo tiempo. La emoción preparatoriana de los conciertos fue increíble y nuevamente un concierto me salvó la vida. Lo sentí cuando nos abrazamos en Dig y cuando canté hasta lastimar mi garganta “I wish you were here”.

Tuve una segunda entrevista estos días. Estoy concentrada en convertirme en una persona adulta, aunque todavía no sé qué, con exactitud, signifique eso. Por supuesto, tengo como prioridad terminar el inglés, porque es de las pocas cosas que he seguido con esmero y que fue un propósito desde la adolescencia cuando aún tenía sueños y esas cosas.

Dejé el francés por un tiempo porque aún sigo con la incertidumbre del no sé qué sigue y porque continuo con problemas económicos que necesito resolver. Hace poco fui a visitar mi antiguo trabajo, en realidad, fui a visitar a mi hermana, parece increíble que fue hace un año. Ese día vi que el tiempo pasó rapidísimo y sin control.

No sé qué pase, no quiero ilusionarme y tampoco quiero ser pesimista. Supongo que al leer esto ya estaré de nuevo con una cuenta en Facebook, pero al menos cumplí el plazo de 3 meses a lo mucho sin esa cosa. Las cosas ya no serán igual, siempre lo supe pero nunca estuve tan segura de ello “I’ll never be the same” dice Incubus en Pardon me. Aunque eso sí, conocí a muchas personas y ya es mucho decir.

Por otro lado, aún tengo miedo. Es un miedo terrible acerca del futuro. No sólo de mi futuro, del futuro en general. A veces quisiera no ser tan sentimental o cursi, incluso desearía ser ignorante, las personas ignorantes son felices. Todo lo que ocurre alrededor, las pérdidas, las injusticias, los silencios, la violencia, todo me afecta desmesuradamente. Me da miedo ver la situación actual, me da coraje y me da tristeza. Quisiera que fuera más el coraje así al menos actuaría, pero sólo muero de miedo.


Después de tanto leer, de tanto ver, de tanto escuchar, de tanto sentir, me siento con las manos atadas. Se acaba el año y la vida “avanzo”, el mundo retrocedió, la tecnología nos rebasó, pero yo sigo estancada. Escucho canciones subversivas y espero tener el coraje y la fuerza para que sea el primer minuto del 2014 y no sienta miedo. ¿Qué pasará? A estas alturas, cualquier cosa podría pasar.

jueves, 4 de julio de 2013

La iVida


No fue Steve Jobs, tampoco las computadoras Macintosh. En general fue la evolución y los cambios inesperados que ocurrieron. Lo que hizo Steve Jobs y la manzanita fue poco a poco monopolizar nuestras vidas. Ahora nadie se imagina sin un aparato que no lleve una “i” de por medio.

Recorría un centro comercial. No sé si han puesto atención a las “islas” que hay en medio de las plazas comerciales donde venden accesorios para celular. Ahora también los celulares necesitan accesorios por si no fueran de por si ostentosos. Hoy me fijé en una y me di cuenta que venden cosas muy excéntricas para los iPhone.

Después de recorrer el pequeño local, me enojé. Venden toda clase de cosas para iPhone y al diablo los demás mortales que contamos con otro celular. ¡Claro! Todos tienen un iPhone. Eso de: “todos tenemos un iPhone” me parece una especie de tétrico ritual. Además si no tienes un iPhone tienes que vivir tu vida en la discriminación tecnológica.

Eres un cavernícola, comes con las manos o de lo contrario tus cubiertos están hechos de huesos humanos; seguro vives en una cueva comiendo insectos, también te comunicas por señas y vives en lugares incivilizados del planeta si no tienes un iPhone.

Sí, tengo un problema con los iPhone. Una vez una serie de personas me comentaron que mi aversión al iPhone es, sin duda alguna, porque no tengo uno. ¡Vaya me encanta la psicología inversa! Seguramente es un aparato muy útil, muy útil, eso no lo pongo en duda, pero no mientan, no es para todos y lo saben.

En mi vida me parece inútil un iPhone por varias razones. Hasta ahora no necesito estar conectada las 24 horas; tampoco necesito “tuitear” o actualizar mi estado de Facebook cada cinco minutos, así que por ese lado no lo usaría con frecuencia. La contradicción del iPhone es que su tamaño es demasiado pequeño para fungir o intentar ser un “ordenador” y es extravagantemente grande para ser un celular ¿Dónde quedó la época de “entre más pequeño sea un celular mejor? Creo que regresaremos al modelo Motorola dynatac 8000x.

Confieso que uso varios productos Mac… está bien, el único que no uso es el iPhone. Vivo en una ciudad peligrosa, mis rutas tampoco son muy seguras. He sido asaltada dos veces cerca de mi zona “segura”, y además soy muy paranoica. Si tuviera un iPhone no tendría un uso correcto, si es que existe alguno.

Para las personas cuyas vidas están ligadas al 110% de Internet, es decir, hombres y mujeres de negocios, negocios independientes o afines me parece que resultara muy útil un aparato como esos.

Probablemente esto quede como testimonio por si alguna vez adquiero un iPhone (por favor Thor, por favor no) y entonces ustedes se encarguen de reprochármelo, no sería la primera vez y, no será la última. Pero después de todo esas cosas son bien desechables. Tristemente he visto a personas tardar años en pagar estos aparatos y el día que liquidan su deuda: “Nuevo iPhone 145S10” ¿En serio?

No puedo criticarlo del todo, soy parte de la generación que tuvo que adaptarse de la máquina de escribir a la computadora, del cassette al mp3, los cuadernos a las tabletas. Vivimos en esta iVida que a veces me hace sentir tan vacía.

martes, 14 de mayo de 2013

Una vida sin productividad


¿Hasta cuándo una vida se puede llamar productiva? ¿Qué es aquello de la productividad? ¿Tiene que ver más con el asunto económico? Las grandes interrogantes de la vida que se anteponen a cuál es la pregunta última del Universo y todo lo demás.

Estos días he estado en un modo de improductividad asombrosa. No recuerdo cuánto tiempo tiene que no me sentía así. Realmente esto sólo alimenta la depresión del olvido, de las malas decisiones, de la vida colectiva y de los pensamientos personales, pero más que nada de la soledad.

Luego me puse a reflexionar. De un tiempo para acá en la casa siento un extraño ambiente. No sé si sea de forma negativa. Me preocupaba al principio. Ahora el agotamiento mental y los malos hábitos no permiten que ocupe demasiado mi tiempo para reparar en ello. ¿Estaré haciendo mal?

La verdad es que si comparo mi vida actual con la de hace cinco o más de cinco años no cambia en cuanto a mis actividades. Insisto, el estatus de estudiante te otorga un cierto respeto no merecido. Por ejemplo, en la secundaria, por las mañanas iba a la escuela, el resto del día me la pasaba haciendo tarea ¿en serio? ¿en serio todo el día me tomaba hacer la tarea? Eso es productividad.

Ahora que si comparo mi vida con la vida de la niña que vive por aquí tampoco es muy diferente, pero su excusa es muy buena: es una niña. Yo ya no lo soy y aunque quiera tener mi complejo de Peter Pan, dudo mucho que pueda lograr se una niña para siempre.

Se parece mucho a la vida de adolescente la que llevo actualmente. Pero se parece mucho más a la vida de estudiante de secundaria que llevaba. En el bachillerato al menos tenía amigos a quienes frecuentar. Esto ha cambiado mucho.

Afortunadamente para mis amistades, y de alguna forma para mi, tienen sinfín de actividades. Ellos o muchos de ellos se han tomado en serio lo de la vida adulta, como yo debería hacer. Creo que es bueno, si los viera o los frecuentara me recordarían lo miserable que soy por tener una mezquina vida de pseudo adolescente.

En fin, supongo que días más aciagos vendrán. Lo digo por la llegada de la terrible mitad de año. Es justo en ese momento donde volteas y te percatas que has llegado a la mitad del año sin trascender. Mientras tanto sigo teniendo alucinaciones de los escasos sueños que me quedaron. A veces imagino que suceden.

martes, 29 de enero de 2013

Je parle français




Estoy intentado nuevas cosas en mi vida. No muy arriesgadas porque no soy de esa clase de personas. Intento darle a mi vida diaria un elegante y sutil toque especial. Honestamente no sé si lo he logrado, pero me hace sentir bastante bien.

No había tomado un idioma hasta los dieciocho años cuando iba a, supuestamente, aprender inglés con los mormones. Además de que son raros, la verdad es que si no tienen una técnica de enseñanza a pesar de ser su lengua nativa, son malos enseñando.

Hasta antes de los doce años mi único contacto con otro idioma eran las cintas de personajes en inglés, que yo pobremente trataba de emular. Cuando en la secundaria me asignaron la clase de inglés, debo confesar, sufrí un poco. Luego inesperadamente salió alguna extraña habilidad para el idioma. Perdí con el tiempo esa habilidad.

En algún momento de mi adolescencia pensé estudiar algo relacionado con idiomas. No estoy segura si se me daban los idiomas, pero era algo que me resultaba encantador. Dicen que también es bueno para la memoria y de haberlo sabido antes me habría ayudado bastante.

Me metí a clases de francés. Dentro de mi rutina necesitaba otra rutina lo bastante interesante para querer salir de casa todos los días. No quiero aprender francés para ir por la vida diciéndole a la gente que sé francés. Me parece que era una buena decisión, sólo eso.

La verdad me provoca urticaria eso de la gente presuntuosa con los idiomas. Mi intención no es eso. Aún no sé lo suficiente de español como para decirle al mundo que sé otro idioma.

Hasta ahora con una semana y media puedo decir que es interesante. No es fácil o quizá lo mío no sean los idiomas y sigo aferrada. Pienso que algún día podré sostener una conversación vana y simple con un inglés o próximamente con un francés. No lo sé. Sólo sé decir tres frases en inglés y francés, y otras más con mucha torpeza en español.