viernes, 24 de agosto de 2012

Love in the 90’s is paranoid



Continuo con el trauma de Blur. Sus letras, a diferencia de muchas de las bandas que son de mi agrado, no son tan introvertidas. Ellos mismos lo dijeron, hablan de personajes. Y vaya que han sido bastantes personajes los que he encontrado a lo largo de estas semanas. Intento decirle a más de uno que es un triste Charmless man.

Volví a ver el documental de Blur: No distance left to run. Y además vi algunos vídeos de ese legendario programa británico de Top of the Pops o TOPS, para finalmente recordar mi infancia, todo lo que hubo en ella y hasta lo que no.

Estaba también pensando en la ausencia de algún concierto de Blur en México, porque había venido Oasis, cuando los Gallagher sabían que eran hermanos, y hace unos meses Pulp vino a dar un maravilloso –lo que he escuchado –concierto. Y al pensar en estas bandas, llegue a la conclusión de que fueron muy valientes.

Llegué a tal conclusión después de ver los absurdos programas de TOPS y al recordar esa parte donde Graham dice que hubo un tiempo donde Blur se convirtió en una banda teenager asquerosa.

Los noventas fueron raros. Lo sé ahora que lo veo a la distancia, que veo los programas, la forma de vestir y la nula herencia que dejo. Lo que persistió fue lo que estuvo contra corriente esos años. Realmente fue una época plástica. Y en un sentido hasta literal, recuerdo que estaban de moda las mochilas transparentes de plástico con la carita feliz; las donas color fosforescente en las muñecas; los zapatos toscos de plataforma; los peinados tetos y los pantalones de campana… de mucha campana.

En ese tiempo fue cuando salieron “bandas” y artistas, que le llaman plásticos, ahora entiendo que se refiere a algo así como que en serio todo era de plástico, no a lo que en realidad es un artista plástico. Bandas como los Backstreet Boys, N’sync o mujeres como Britney Spears o Christina Aguilera. Y en realidad hasta las bandas esas norteamericanas que luego salieron a criticar todo, no eran tan buenas (si, me refiero a Blink 182) ya nadie las recuerda.

Y entre todo eso, en el auge de su carrera, porque obviamente son bandas que empezaron antes de los noventa, están ellos: Blur, Pulp y Oasis, entre otras que seguramente estoy olvidando. Y puedan gustar o no gustar a muchos –no soy la más fan de Oasis –pero les reconozco que hicieron su lucha.

Mucha música ahora me parece una basura. Las que obviamente y casi por default sabes que son en serio una bazofia, y las otras que se dicen ser bandas y son una burla. Pero creo que ahora, gracias al internet hay más gente joven, muy joven que puede escuchar lo que le plazca. Hasta antes del 2000 y por lo menos en mi experiencia, no podías escuchar otra cosa que no pasara en la radio o en la televisión, peor aún para los que no contábamos con televisión por cable.

No me siento avergonzada, ni orgullosa de crecer en esa época. No elegimos cuándo nacer, desgraciadamente no elegimos cuándo nacer. Lo que agradezco es que de entre tanta basura, un día, en una tarde, de un mes, de un año de esa década escuché canciones que cambiaron mi vida.

No leas esto



El título lo saque de una postal que me regalaron en Amnistía. Y dice algo así como: “mucha gente quiere que tú… no leas esto”. Me vino a la mente esta semana, toda esta larga, larga semana.

He hecho cosas tontas a lo largo de la semana, aún no le encuentro el punto a lo que hago y dejo de hacer. En esta etapa me siento más ignorada que nunca. Creo que he perdido amistades sin darme cuenta.

Por tal razón me he refugiado en los libros. Porque los libros me dan esa oportunidad de conocerme, de conocerlos. Porque con ellos me siento como si fuera una persona libre. Eso. Es eso, los libros me hacen sentir libre. No es un cliché, es totalmente un hecho, quien lee puede ser libre.

Esta semana leí un libro de Ray Bradbury, Fahrenheit 451, habla precisamente de eso. Cuando se prohíben los libros, se prohíbe pensar y lo único que queda son los medios electrónicos y masivos que en vez de ayudar hacen más hueca a la gente. Lo estuve pensando toda la semana.

Me molesta cuando las personas hablan, no nada más sin saber, también sin haber leído antes. Una vez mi cuñado hizo un comentario acerca de las tantas muertes que ha dejado la guerra estúpida contra el narcotráfico. Dijo: “son daños colaterales”. Definitivamente, no ha leído absolutamente nada acerca de ello.

Esos libros, los que tienen crónicas, reportajes y sobre todo los testimonios de personas que han sido golpeadas, pisoteadas y asesinadas gracias a la maldita guerra de Calderón, me han abierto los ojos. Pero no hablaré aquí de política, ya lo he hecho. El punto es que cuando leo esos testimonios, no leo al autor, leo en realidad a esas personas.

Es lo que hace la literatura. Lo que descubrí en el último año en la universidad. No quiero decir, no me malinterpreten, que por leer sobre tal o cual tema soy una experta, puedo leer mucho acerca de la vida en un lugar, pero nunca será lo mismo a estar en el lugar. La cosa con los libros es que te aproximan a cualquier sitio, te insertan y te hacen parte.

Últimamente no he visto a nadie, ni he hablado con nadie. Pero los libros me hacen sentirme acompañada, como si platicara con alguien. Lo haces, dialogas con ellos cuando reflexionas lo que las letras intentan transmitir. Nada es cuadrado en ellos.

Y entonces en aquella escena, dispensen que les cuente el libro, soy de esas, la escena donde una mujer decide morir con sus libros antes de abandonarlos y el protagonista se pregunta si hay algo en ellos que valga tal acto... supe que si, que yo también moriría por aquellas voces resguardadas en esas páginas. Esas páginas nunca me han dejado sola.

Las bandas que solíamos amar



Sucede, es como cuando dejas las muñecas o los cochecitos. Una etapa es dejada atrás, un momento, de pronto algo concluye. Con su termino, se terminan muchísimas cosas: deseos, sueños, ilusiones y definitivamente gustos.

A lo largo de nuestra vida creamos símbolos, lo hacemos porque lo necesitamos. Los jóvenes, los buenos jóvenes (no es así, sólo estoy siendo poética) lo hacemos con la música, la convertimos en nuestro símbolo, en nuestra bandera y hasta en nuestra voz.

Así ocurrió en esos años mozos de bachillerato, así ocurrió en los dulces dieciséis. Convertías la música en tu pasión, en tu estilo de vida e irremediablemente a los vocalistas de bandas en un semi dioses, mitad mortal porque cantaban cosas que conocías, mitad dioses porque obviamente eran inalcanzables.

Luego pasa la vida, te arrolla, te controla, te aburre, te fastidia y acaba sofocándote y entonces nada tiene sentido. Nada de lo anterior que regía tu vida tiene sentido. Por más que queramos aferrarnos, hay demasiada debilidad en esas etapas que terminas olvidando la llama que te hacía emocionarte con aquella música.

Y algo pasa, lo dejas, lo olvidas y a veces hasta lo odias. Te parece ridículo. Todo lo que hiciste anteriormente te parece ridículo. Hasta ellos te parecen ridículos. Y entonces se convierten en una cosa ridícula. Es algo extraño pero al menos lo que he visto, todas aquellas bandas a las que amaba, a las que amábamos se convirtieron en algo ridículo. En un sin sentido.

Recordé todo esto después de escuchar ese single de Muse, Madness y me pregunté durante toda la canción dónde había quedado Muse, si se les había olvidado algo o incluso peor, si de hecho, se habían equivocado de banda. Pero aún ahora seguimos aferrándonos porque al menos a mí no me queda nada más qué hacer.

viernes, 17 de agosto de 2012

Sé amable



Detesto a las personas. En serio, hay algo muy desagradable en ellas, no en todas, aunque con todo y sus defectos las pocas personas que valen la pena, tienen ese algo desagradable que a todos nos hace seres humanos. La raza humana sigue siendo la peor criatura que habita el planeta. Pero he descubierto algo.

Yo pensé que era de las peores personas que hay: criticona, malhumorada, sarcástica, cuando tengo la inteligencia para eso, irónica algunas veces, burlona entre otras tantas cosas. Es cierto, en este tiempo he aprendido más sobre mi misma que en todo el tiempo atrás que desperdicie. Descubrí que a pesar de todo no soy tan mala persona, incluso, soy amable con los otros, aunque no lo merezcan.

Ya lo hacía, pero esta semana me he descubierto cediéndole el lugar a quien se me ponga enfrente, pienso: voy a estar ocho horas sentada (atada) a un escritorio. A veces, no muchas, cuando una persona me dedica esa mirada amable y algo condescendiente le dedico una ligera y tímida sonrisa.

El martes de esta semana me levanté más temprano de lo habitual. Iba hacia el trabajo, no sin antes pasar por un pastel y una rosa para mi hermana (era su cumpleaños). Me veía ridícula caminando con un pastel y una rosa, todo el mundo se me quedaba viendo y aunque es mi hermana, pensé que son de esas cosas que… ¡qué diablos pasa conmigo!

La gente ya no es amable y tampoco le tiene confianza al prójimo, es totalmente razonable, pero a veces lo totalmente razonable pasa a convertirse en lo ridículamente irracional. Ayer tuve una pésima experiencia con un taxista por falta de confianza y amabilidad. Odio a las personas, pero no puedo no ser amable. Pude ser muy grosera con el señor taxista-chaca, pude decirle todas las groserías que recordara, las que se han inventado y hasta las que no. Puede ser una de dos: o soy muy amable o soy muy tonta.

Aún así creo que es importante. No ir por la vida sonriéndoles a todos, muchos son insolentes, tiranos, engreídos y la mayoría estúpidos. Pero para que ellos fueran así, pienso, tuvo que haber un proceso donde nadie les enseño a ser amables. Sólo hay que rescatar, rescatarnos un poquito.

Ese mismo martes del pastel y la rosa, regresé a casa. Iba en el transporte, que iba muy lleno, se subió un niño, le calculé unos 11 u 12 años. Llevaba su mochila y un par de libros algo gruesos. Le costaba trabajo sostenerse del tubo con los libros. Me tardé dos minutos en deliberar, le toque el hombro y le dije: “te los sostengo para que te puedas agarrar”. La gente se me quedo viendo raro, él también, dudo un poco, pero me los entrego, supongo que no creyó que me los fuera a robar ya que yo estaba leyendo un libro. Cuando se bajo, me los pidió y me dio las gracias.

Quizá antes no lo hubiera hecho o simplemente no lo hubiera hecho. Conozco y conocí a niños de su edad, a mis sobrinos incluso. Pensé que él pudo haber metido sus libros a su mochila, aunque no cupieran, hoy en día a ellos les vale si cuidan o no las cosas. Pero los cargaba con orgullo. Me recordó mucho a cómo trataba yo mis libros, me recordó mucho lo ñoña que era, me recordó que así cargaba mis libros con orgullo. Pude haberme equivocado, pudo ser que no le dio tiempo de guardarlos, que le dio flojera; pero cuando bajo lo vi por la ventana y abrazo sus libros. No me equivoqué.

No voy a cambiar el mundo, ni a las personas que ya son una mierda. Cuando me asaltaron y me quitaron el celular, le di dinero a la señora que hasta su comida le robaron. Pensé que si a mi me pasara lo mismo, quisiera que alguien fuera amable conmigo. Tal vez, entonces lo hago por egoísmo o por culpa, pero son esos detalles que la gente ya no tiene. Sólo basta caminar tres cuadras de Polanco para darse cuenta que la gente está muy hueca y que de amabilidad, ni la palabra les suena.

viernes, 10 de agosto de 2012

Vida Laboral



Escribir los viernes quizá se convierta en el nuevo hábito adquirido y tristemente en el único tiempo libre en el que puedo escribir aquí. Quizá hasta este momento no había reparado demasiado en  la enorme necesidad de escribir todo el tiempo. No poder hacerlo es, perdón por ser algo escatológica, es como aguantarte las ganas de ir al baño.

No tengo idea de qué tan ético sea escribir esto o si en un futuro -muy cercano- me acarreara sermones o miles de tantas cosas más. Soy tan aburrida que esta vez: me arriesgo. Mi vida laboral comenzó, llevó una semana y fracción con esta “nueva” vida. A veces hay que tomar el gusto por las cosas. Sigue siendo muy extraño.

Al comienzo, en realidad aún ahora, me siento como una especie de intrusa, como una espía en esa empresa. En general, hasta ahora ha sido muy parecido a la escuela, excepto claro, por la única parte divertida que tiene la escuela. Me levanto todos los días, a cierta hora, tomo una ruta para llegar a la oficina, tráfico y personas. Me siento en un escritorio algo desacostumbrada a la desmañanada y si, con algo de sueño.

Me dirán, como he escuchado mucho últimamente y sigue siendo irritante, que soy muy joven; tal vez aún no conozco demasiado las mieles o la amargura de la vida laboral, al menos, no del todo.

Saludo tímidamente a todos, continuo sintiéndome una extraña. Saludo con aún mayor timidez a los jefes. A esos jefes que no siento míos –¿míos? –más bien los de ellos. Cuando iba en la escuela siempre imaginé que la personalidad de los profesores era una simulación a la de los jefes en la vida real.

Los hay así como en la escuela: los que gritan por todo, los distraídos, los buena onda, los fríos y los que nunca aparecen. Hay en la oficina un jefe al que le dicen: “el licenciado”. Al archivar los expedientes de los empleados, vi toda su información. Soy una criticona, si no lo hago no sería yo; pero me pareció absurdo enaltecer la figura del jefe diciéndole “el licenciado” cuando hay por lo menos cinco personas en esa oficina –ellos con rango de empleado y no me incluyo –cuyo grado es el de licenciatura.

Luego esta el ambiente oficinal. Me recuerda tanto a mi infancia cuando mis papás trabajaban en oficinas del gobierno. El ruido de los papeles, teclados, clics, engrapadoras, pasos, murmullos, estornudos de vez en cuando es, la verdad, algo perturbador.

En cuanto a empleados, hay variedad, no he visto todo, observo, callo y escucho. Los hay bastante responsables y los hay no tan responsables. Al menos en el área en la que me encuentro la gente es muy trabajadora. Es como los equipos que hacíamos en la UAM, unos trabajan y otros apestan.

En este poquitísimo tiempo he aprendido algo al respecto. Cualquiera puede hacer cualquier trabajo, la verdadera diferencia es la forma en la que se realiza el trabajo. Tal cosa hace a las personas ser indispensables en las empresas. Sólo, claro, algunas.

Y me encuentro en un escritorio con folders y archivos que no entiendo en un cien por ciento. Esperando que alguien llegue a asignarme una tarea o tareas que, dicho sea de paso, significan todas ellas un gran esfuerzo para mí.

Cuando tenía doce o trece años decidí alejar mi vida de las cosas como las matemáticas, la contabilidad y la administración. No imaginaba que en algún punto de mi vida regresaría a ellas. Y si, tienen razón esas cosas son necesariamente insoportables en tu vida, pero necesarias.

Clasificar archivos, acomodar el archivo muerto resulta ser, a veces, algo entretenido (agradezco mis clases de taquimecanografía). Pero cuando llegan los números es un verdadero desafío. Pase cuatro años sin ver un solo número, sin siquiera usarlos más que para lo esencial o, lo que yo creía esencial.

La cereza del pastel llega en el momento de hablar sobre el contacto que debo tener con algo que en serio detesto. De todos, de todos los inventos del hombre, para mí el peor, son los bancos. Detesto todo sobre ellos, sus papeleos, sus trabas, sus asuntos corporativos imposibles, sus instalaciones sosas y aburridas y sobre todo el trato idiota que tienen hacía las personas. Pero son, tristemente, necesarios.

Tengo un serio problema con las empresas, clasificaría en la que estoy como mediana empresa, si supiera en realidad lo que eso significa. Unas amigas se referían a mi empleo como “mi vida empresarial”, una hasta lo dijo con un tono despectivo. Odiaba que me dijeran que iba a tener vida empresarial. Quizá decidí ser anárquica demasiado tarde y después de tantas cosas hippies en las que me involucre y me agradaron, la vida empresarial me irrita. Era joven, muy joven al fin ¿no es cierto?

Creo que ha visto demasiadas películas donde mandan todo al carajo, ya lo he confesado. Me creía un espíritu libre y aunque pocas, con ciertas convicciones que fui adquiriendo en este paso a la edad adulta. Pero creo que hay cosas en la vida en sociedad y cotidiana de las que es imposible escapar. Y con esto decepcionaré a muchas personas que también me creían un espíritu libre.

Esto es un poco de la vida laboral, es como todo el mundo decía que era. De hecho más bien parece que en este auto no hay reversa. Y para ser honesta me sigue dando nauseas tener que tratar con empresas que han jodido al país. Quizá ya no tenga mis convicciones tan claras y he perdido total sentido de lo que está bien y está mal. El cochino dinero que necesitas pero que te nubla la mente. 

sábado, 4 de agosto de 2012

Las obligaciones



Dice mi hermana que todos los días se aprende algo nuevo, esta vez tiene razón. En los últimos tres días he aprendido mucho acerca de mi misma. Quizá el proceso fuere un poco más largo de tres días. Soy una maldita miedosa, eso es muy sabido y alardeado por su servidora. Y descubrí algo mucho más triste que eso: las cosas que he hecho, las hice no por pasión en lo que hago, más bien por obligación.

El futuro sigue siendo incierto, quiero creer en esa canción de los Gorillaz, pero me parece todavía lejano aunque hubiere tomado una decisión. Qué tontería que te importe tanto lo que los otros piensen cuando son los últimos en pensar qué es lo mejor para ti, porque siempre piensan en lo qué es lo mejor para ellos. Uno debería ser libre y ya. O quizá he visto demasiadas películas donde mandan todo al carajo.

Pero sobre todo pienso en aquellos que me felicitaban, se alegraban por una falsa, muy falsa y delgada zona de confort. Sólo puedo decir que no puedo estar segura de nada. Porque las personas siguen opinando al respecto, mientras no sean sus problemas todo asunto es sencillo de resolver, así somos los seres humanos de egoístas. Una maraña de cosas, de indecisiones, de constantemente estar pensando en el qué dirán, de toda esa porquería esta llena mi cabeza.

Decidir entre lo que te guste hacer –por muy patético y sueño adolescente que parezca –entre eso y lo que te hace bien o lo que socialmente es lo mejor. Sigue siendo complicado. Y conforme pasan los días compruebo que esos otros, los que dicen interesarse, son los que menos te conocen. ¡Qué monótona he permitido que sea mi vida! Sólo, quizá sólo una decisión cambie ese deseo inalcanzable de querer complacer a los demás sin importar lo que yo quiero.

viernes, 3 de agosto de 2012

Un día en el Chopo



Tenía dieciséis o tal vez diecisiete. Ella me dio algunas, pocas, indicaciones para sobrevivir. Yo usaba unos jeans claros y rectos, que obviamente me quedaban grandes y tenía que doblarlos. No quería ir con ropa demasiado clara como para ser pasada por una tonta y tampoco quería ir con un atuendo estilo emo, que créanme, vergonzosamente lo tenía.

Sólo tomábamos un camión para llegar al lugar. Antes de adentrarnos a tierras aún desconocidas para mí, ella me dijo: “tienes que tomar todo lo que te den”, le dije que sí y seguimos caminando. Parecía turista en un lugar nuevo, no quería, pero veía a todos los personajes que pasaban junto a nosotras.

Como siempre lo hacía, ella caminaba rápido, mientras yo me rezagaba tomando propaganda, mientras observaba, sin querer, a un dark, mientras veía las cosas que vendían. Llegamos a un puesto donde vendían todo tipo de box set, de cualquier banda que pudiéramos imaginar, sólo las observábamos.

Por esos tiempos, contar con cien pesos en nuestros bolsillos era ser realmente ricas. Ella usaba la mitad de esos cien pesos en comprar pines, posters y artículos parecidos. Yo la acompañaba regularmente y esos sitios, el de los box set y el de vídeos clonados se convirtieron en los favoritos.

Ese primer día en el que llaman con tanto caché tianguis cultural el chopo, fuimos a la casi recién  -por ese entonces- inaugurada biblioteca Vasconcelos. Entramos y, como casi todos los jóvenes ahí, lo hicimos por curiosidad y por encontrar refugio del sol. Ese día recorríamos los enormes estantes, que para ser franca me impresionaron, sólo los estantes.

En ese recorrido por los estantes, me entretuve, al menos yo. De pronto sentí un jaloneo en mi brazo por parte de ella y me dijo: “¡amiga!, ¡amiga!”. Con cara da alguien que no entiende la cosa le dije: "¿Qué?", mientras seguía caminando. Como siempre lo hacía cuando no entendía de lo que hablaba, puso los ojos en blanco y me dijo: “esos chavos decía: amiga, amiga”. "¿Y?", fue mi respuesta, al verlos le dije: “bueno, si están guapos, la verdad”, ella se rió y me contestó: “pues sí, y decían: amiga, amiga”; “¿qué tal que era para ti?” le repliqué. Como era su costumbre, resolvía todo con un comentario épico final: “no, porque yo voltee y seguían gritando, por eso te dije: ¡amiga, amiga!, para que voltearas”.

Regresamos unas cuatro o cinco veces. Hacíamos casi lo mismo, variábamos entre comer unas papas con mucha salsa y si teníamos más presupuesto atascarnos con un pastel de ese lugar tan delicioso. Muchos chistes salieron de esas visitas al Chopo. Ella me decía que no era como antes, que los emos lo habían invadido –ciertamente, no estaba equivocada –pero que ahí encontraba cosas de Muse, cuando quizá no es que fueran menos populares como lo son ahora, más bien aún se manejaban en la escena underground. Tanto que vimos un poster que decía “The Muse”. Recuerdo lo molesta que estaba ella por el “The”.

Estos días, estos meses, deseo como nunca regresar a esos tiempos. Volver a tener dieciséis años o diecisiete. Lucir como adolescente no conlleva que pueda actuar como una. Eso lo he descubierto de una forma extraña.