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domingo, 25 de agosto de 2013

Es tan bueno que te cagas


Qué tal que la vida de los seres humanos sufre un destino que se ha predicho desde su nacimiento. Qué tal que la escoria es realmente hereditaria, los problemas mentales y las decisiones erráticas. Puede ser o puede no serlo.

Irvine Welsh tiene una particularidad en sus novelas, es tan bueno que te cagas, más o menos así lo dirían sus personajes. Tiene algo de grotesco, de prosaico, de injusto y despreciable. Realmente es como el ser humano en todas sus etapas, cuando llega el momento donde decides caer porque eres mejor que el resto. Y no lo eres.

Este mes leí Filth o traducido al español: Escoria. Pensaba que después de Trainspotting ningún otro personaje podría ser tan estúpido y esquizofrénico como Renton, Begbie, Sick Boy o Spud. Me equivoqué. Bruce Robertson representa todo lo bajo y malo que puede ser una persona.

El sargento Bruce Robertson, un ser racista, misógino, egocéntrico, megalómano, calumnioso, asqueroso y corrupto. La vida a su alrededor es un juego y se considera el mejor jugador ¿por qué? Porque en este juego sólo hay una regla: joder a los demás. Pero, ¿será el mejor jugador Bruce Robertson?

Conforme avanzamos en la serie vivencias del sargento Bruce nos damos cuenta que todo a su alrededor se desmorona: solo, sin familia (su esposa e hija lo abandonaron), sin amigos y con el único objetivo de ascender a un mejor puesto en su división policial, sin importar pasar sobre los demás. “Todas son las mismas reglas”.

El vacío que una persona como Bruss tiene se puede “llenar” a través de sexo, drogas, comida chatarra, maldecir y joder a los demás todo el tiempo. Si nuestras vidas están mal entonces tenemos que hacerle daño a los demás. No, Bruce Robertson no está bien y el cuerpo lo reclama.

Sin perder su estilo, Welsh introduce un extraño elemento a la historia: una solitaria. Este organismo se encarga de recordarle al sargento que su vida es miserable y que no puede huir de su pasado porque cada cosa que ha hecho es simplemente un reflejo de los miles de recuerdos del pasado. Está destinado a ser como es.

Es una lástima no poder conocer Escocia, no poder conocer Leith Walk, no poder conocer Glasgow o Edimburgo. Sin embargo ahí está, en la novela de Irvine Welsh, más que pasar por lugares en el mapa, convierte a Escocia en un personaje fundamental para la historia ¿dónde más si no es en Escocia se podría desarrollar?

En Guanajuato Danny Boyle mencionó que al hacer Trainspotting  lo que más le llamaba la atención es esa relación de animadversión de los escoceses con los ingleses y que dicho sea de paso, es lo que precisamente Irvine Welsh sabe retratar con las justas palabras.

No es gratuito, todas esas bromas sobre acentos, sobrenombres despectivos y groserías es una largo, largo conocimiento de las calles escocesas y del sentimiento profundo de sus habitantes. Porque no todo es “buenito”, porque más bien todo es realista y surrealista a la vez.

En medio de todo este paisaje, de ese argot escoces-inglés que quizá se pueda perder en la traducción, en medio está una naturaleza humana de autodestrucción que no es ajena para ninguna parte del mundo, y eso, justo eso es lo que mejor sabe hacer Irvine Welsh.

No se engañen, todos tenemos algo de Bruce Robertson y en esta contemporaneidad nuestra depresión, manías, obsesiones y deseos salen en forma de pura y auténtica escoria. “¿Cómo te ha hecho sentirte?”.

Lo leí antes de que salga la adaptación al cine y debo decir que promete mucho, mucho la actuación de James McAvoy. Dejo uno de los avances, sobra decir, cine que por supuesto no llegara a nuestras salas.

lunes, 25 de marzo de 2013

Elijo no elegir la vida



Esperaba a que empezara la clase. No me gusta presumir lo que leo porque revela mucho quién eres. Olvidé guardarlo antes de que él se acercara. Lo vio y me preguntó si lo estaba leyendo. La irritación me invadió porque a menos que él conociera a gente que lleva cargando un libro como muestra de su egocentrismo o por estupidez, me parecía difícil cargar un libro nada más por que sí.

Contesté afirmativamente y él remato diciendo: “es mejor la película ¿ya la viste? ¿Primero viste la película? Sí, verdad”. Tuve ganas de responderle si él había leído algo en su vida, pero me contuve. Aunque ahora esa experiencia fue reveladora en dos sentidos, uno en el más superficial de demostrarme que aquél hombre es un imbécil; y el otro en cuestióname a mi misma la afirmación que él hizo ¿qué era mejor, el libro o la película?

Mientras leía Trainspotting veía muchas imágenes de la película que hizo Danny Boyle. Llegó un punto donde imagine que alejarme de la película resultaría complicado. Después la historia o más bien las historias de Irvine Welsh tomaron otro camino. Al final…

Trainspotting es de esos libros que te cambian la vida. De esos libros que, a veces, prefieres no haber leído. De esos libros que más bien agradeces haber leído y esperas que jamás olvides la sensación que al leerlo te causó.

En ocasiones lo único que le faltaba era que sonara música de fondo. En realidad faltaba que sonara una canción de fondo que viene mucho al caso en estos momentos. Me sentía todos y me sentía nadie. Era todos, éramos todos y éramos nadie. Parece complicado identificarte con una país y una cultura tan lejana. Parece aún más complicado identificarte con las drogas y las adicciones.

Al final, eran historias diferentes. No podía decir que era mejor el libro que la película o viceversa. Son historias completamente diferentes en mi opinión. Me llama la atención cómo decidieron que un personaje o tal hiciera lo que hiciera, cómo escogieron qué personajes saldrían en la película. Al final fue diferente. Cuenta la misma historia de forma tan diferente.

Renton, el joven yonki de converse blancos y pantalones ajustados era un personaje que al final de la película se redimía ante sus errores. En la anteportada del dvd dice que es una héroe de nuestros tiempos. Bien, en el libro lo amé, lo odié, me pareció brillante y me pareció un imbécil, era inteligente y luego era una escoria. Me parece que de pronto era como todos nosotros.

Puedo asegura ahora que Trainspotting es mi película favorita. No sé si fue la historia, si fue la forma de ser contada, las increíbles actuaciones, la música o ese sello extraño melancólico-inglés pero esperanzador de Danny Boyle. Quizá fue todo en su conjunto.

Lo que más me gusta de la película es la forma en que Renton camina por Londres, mientras Underworld se escucha de fondo y enlista las normales y absurdas cosas que hará para redimirse. Me hace pensar que siempre podemos cambiar por muy mierda que seamos y estemos.

Es en ese punto donde se cuentan historias diferentes. En el libro no parece haber una redención ante la sociedad y sus reglas. Es más no hay nada, después ya no hay nada. Termina y ya. No sé si termina para dar paso a Porno, la novela que sigue. Pero no, más bien parece que no hay nada. No hay esperanza, ni arrepentimiento, ni sueños, ni mucho menos redención.

Las épicas palabras que Ewan McGregor dice al principio de la película, son dichas por su personaje más bien a la mitad del libro. Elijo no elegir la vida y si no pueden aceptarlo entonces no me importa, es lo que más o menos dice Renton.

Hay muchos personajes impresionantes. Me descubrí amando al despreciable Sick Boy, quizá porque tiene siempre un encanto natural que a cualquier mujer llamaría la atención. Descubrí que Spud era más noble y más inteligente de lo que esperaba. Que Tommy realmente fue más bien mediocre. Que Begbie fue de todos modos una horrible persona y que había un personaje más, Davie que merecía ser mencionado porque fue sublime.

A pesar de esto, me quedé con Renton. No sé si porque de todos esos adictos o inmorales personajes era el más consciente de ello o porque terriblemente me identifiqué con él. El chiste es que me encontraba en la misma habitación con Renton, me desintoxiqué con él de la heroína y escuchaba las mismas mierdas de terapia con él.

Fue eso, fue exactamente eso lo que sucedió. En ese capítulo, dónde se da cuenta lo miserable y estúpida que es la vida. Las terapias, psicólogos y psiquiatras decían lo que él ya sabía: nunca se había sentido más solo, pero nada realmente significaba algo para él.

Cuando leí aquello, me entró una angustia indescriptible y leí unas diez veces: “Pues bien, yo elijo no elegir la vida. Si los muy cabrones no pueden soportarlo, ése es su puto problema. Como lo dijo Harry Lauder, sólo pretendo continuar así hasta el final del camino…”1

Y ya no hubo un Underworld, ni un ápice de esperanza. Más bien sonaba Sing continuamente, pero a pesar de todo fue bueno.

1.Extracto tomado de Trainspotting (1993), Irvine Welsh, España, 9na. ed. Anagrama pp.191

domingo, 3 de marzo de 2013

Vocación de escritor. Lo que salió mal


Hay otro tema acerca de la Feria del libro que me perturbo. Ni siquiera mi inutilidad acerca de ser una reportera de medio pelo pudo superarlo. Creo que la razón es porque es algo que me gusta y porque me hizo pensar mucho acerca de mi futuro. Incluso acerca del futuro de este muy humilde blog.

Los escritores son personas extrañas. Tengo la fortuna o la desfortuna de entender un poco ese asunto del ser famoso. No porque yo lo sea, no se confundan. Lo entiendo por las bandas que he podido conocer. Lo entiendo por mi fase fan. Los escritores son muy parecidos a esas bandas de rock.

Una vez me dije a mi misma que los escritores suelen tener vidas esencialmente trágicas, el resto de nosotros sólo puede simular que su vida es trágica. Creo que eso los dota de esa pose de súper estrella que necesitan para eventos como la feria del libro. En mi lenguaje podría compararlo con los conciertos o festivales.

Un día al regresar de la feria del libro, platicaba con mi papá. Le comenté acerca de la imposibilidad de sacarle unas palabras y de pronto escupí: “yo no podría hacer eso… no podría darme mi taco así como ellos, es ridículo”. Mi comentario, de por si estúpido fue eclipsado por la respuesta de mi papá: “pero si ya te lo das”.

Podría interpretarlo como una forma de molestar de parte de mi progenitor, pero me dio mucho miedo. Pensar que una afirmación como esa fuera cierta me dio pánico. Yo simplemente escribo tras el ordenador ideas que están en mi mente. No soy sangrona por gusto, supongo que algún psicólogo dirá que es mi forma de defenderme.

Como sea pase los días encontrando a otros escritores. Unos más accesibles que otros. Los escuché con atención, no precisamente sobre la conferencia. Ponía atención en su forma de expresarse y sus ademanes, sobre todo después de la conferencia.

Ellos parecen actores. Llegan con una actitud, varios de ellos siempre son diferentes tras el micrófono y el templete que fuera de él. Algunos son más serios, otros parecen ser más informales. Yo sólo pensaba una y otra vez que no podría hacer una oración inteligente si estuviera en su lugar.

Me han dicho en dos o tres ocasiones, no voy a exagerar diciendo que todo el mundo me ha dicho sólo han sido dos o tres ocasiones, que venda lo que escribo. Estar metida ahí diez días no hizo más que reforzar mi idea de que vender lo que escribo sería un grave error. Mi trabajo no vale para mi y nunca, nunca me vería detrás de una mesa con un micrófono (a los cuales por cierto les temo, mucho les temo).

Hace unos días estuve pensando que cuando no estaba consciente de que alguien me leía se sentía bien. No los estoy menospreciando, siempre agradezco que lean esto porque podrían hacer cualquier otra cosa infinitamente más productiva. Es sólo que no quiero caer en clichés, en gremios, en lugares comunes.

No pretendo ser escritora. Estoy muy lejos de ese adjetivo, ya lo he explicado muchas veces. Pienso que llegué aquí por error, como por error estoy segura llegaron ustedes aquí. No quiero ser como ellos. Pero no sé qué quiero ser, ni lo que quiero hacer.

viernes, 4 de enero de 2013

Escribo mal a propósito



Qué suene el silbido y que caiga el confeti porque el día de hoy he llegado a la entrada número 200 de este blog. No hay nada extraordinario en ello, puede ser algo insignificante. Estuve pensando en qué escribiría para este momento y después de hablar conmigo misma un rato, decidí hacer lo mismo de siempre:

Era 2004 o quizá 2005 cuando abrí una cuenta en el obsoleto y ahora triste Myspace. Había una parte de la página donde podías escribir un blog, lo utilice para copiar algunos escritos que me parecían interesantes. Un día escribí en el, me parece que aún guardo eso que escribí, eran algo así como dieciséis cosas que decir.

Luego vinieron otras entradas de temas que no recuerdo. Una de mis hermanas comenzó a leerme y pensó que era bueno. Después cuando me obligaron, sí me obligaron, a abrir una cuenta en el mediocre Hi5 también escribí pequeñas notas en un tono más burlón y familiar. De hecho esas pequeñas notas las leían sólo familiares.

Abrí un día, en esos años una cuenta en blogspot. Me parecía divertido, todo el antecedente: Myspace, Hi5 y ahora blogspot me parecía divertido, sin seriedad, sólo escribía lo que me venía a la mente. Nunca pensé en lectores, llámense familia o amigos y mucho menos lo que no conocía.

Nadie leía mi blog, que empezó con este mítico nombre de la canción de Amy Winehouse. Tenía la pésima costumbre, y aún la conservo, de hacer entradas enormes. Recuerdo una en especial: eran como diez cuartillas de las mil y un razones por las cuales, en ese momento, Coldplay era mi banda favorita.

No escribía a menudo y tampoco me sentía presionada por ello. Antes de entrar a la universidad dejé de escribir y sólo entraba esporádicamente, pero debo decir, me sentía algo así como orgullosa del espacio que había creado. A veces incluso, tenía la desfachatez de decir que tenía un blog. Supongo que antes era cool.

Después de un año en la universidad decidí cerrar el blog. No fue por dramática, porque lo soy, fue por inseguridad. Inseguridad que se afianzo en ese año en la universidad. Lo más honesto para mí fue cerrar, porque además lo tenía abandonado y con pensamientos infantiles y muy antiguos.

Cuando llegó ese curso de escritura en la escuela, no me dio confianza, pero recupere el gusto por escribir. Volvió a ser divertido. Lo reabrí y como siempre contaba lo que me sucedía en una especie de diario. Me divertí escribiendo esas instrucciones para los conciertos y entonces aunque poco, regresé a escribir.

Fue un ejercicio que nos pidió la profesora. Se trataba de escribir algo a partir del título de una canción. Lo hice y pensé que era raro, hice dos porque el primero me parecía extraño, no confiaba en él, y el segundo era bastante cursi y soso. Leí el primero en clase y no recuerdo por qué hice eso.

La reacción de mis compañeros ante mi escrito me resultó divertida. Debo confesar que escribir ficción no se me da en lo absoluto y para ser aún más franca me parece que se requiere de mucha imaginación para hacerlo, cualidad de la que carezco. Me da miedo también. Es engañoso. Para escribir ficciones debes leer un montón, copiarle a los demás pero sin plagiar a los otros.

Resultó que copié una canción de Radiohead pero no la plagié. Salió algo de mi mente muy extraño y puede ser que haya perturbado a algunos compañeros o que les pareció absurdo a otros tantos. Gracias a esa experiencia pude mal lograr algunas ficciones, todas ellas, con base en canciones porque eran la única fuente de inspiración.

Posteriormente regresé a escribir cosas ordinarias y otro día no estuve de humor y volví a cerrar el blog. Mi berrinche no duro mucho y lo reabrí escribiendo sobre mi tema favorito: los conciertos. En mi regresó hubo influencias, sobre todo de un blog del que aprendí muchas cosas y espero no plagiar otras. La buena noticia era que mis entradas ya no eran tan largas.

Y así ha sido estos casi tres años y fracción. Sólo el último año ha sido diferente. Fue durante este último año en el que fui consciente de que tenía lectores, muchos o pocos, pero los tenía. Se siente una ligera presión, intentas darle calidad a lo que escribes, entretener y no enseñar, esa no es mi intención, pero a veces parece que doy moralejas.

He aprendido mucho en el camino. Parece fácil retroceder en el tiempo con espacios como este. Puede ser que mi escritura sea diferente, tiene que serlo. No escribo mejor, la verdad, cada día me doy cuenta de otro error que tengo, sin embargo, después de presionarme a mi misma, decidí que así sale de pronto.

Orgullosa no lo sé, por una parte si. Volviendo a la franqueza nunca imagine pasar de las diez entradas porque soy muy inconsistente y porque tengo ataques de pánico, inseguridad e innumerables berrinches. Así que llegar a las doscientas entradas es un logro para una persona que deja muchas cosas a medias.

Es sorprendente cómo ha llegado aquí, no yo, ni mis pensamientos, es sorprendente cómo paso de ser un escrito sobre dieciséis cosas aleatorias y ridículas a esta entrada. Una veces hubo entradas más espontaneas, otras más forzadas. Unas veces más inteligente, otras muy pobremente ejecutadas.

He escuchado muchas veces la parte de vender esto, vender las palabras, las letras. Eso se vende, pero en realidad vendes tus pensamientos e ideas. No pretendo ser una escritora frustrada, ya lo dije, el hecho del gusto por la lectura trae en consecuencia el gusto por la escritura, pero no soy buena con las ficciones y no pretendo ser predicadora o algo así.

Hoy, en esta entrada quería contar un poco esa historia del cómo llegó todo esto aquí. Me siento aburrida y en ocasiones parece monótono, es triste. No voy a cerrarlo y no haré un berrinche más, pero me da miedo que se vuelva rutinario porque escribir es un acto realmente… no sé cómo decirlo sin sonar cursi, pero escribir es bello.

Como persona necesito hacer otra cosa u otras cosas. No sé si soy buena para esas otras cosas, tampoco estaba segura de la escritura y para mí esto de la entrada número doscientos es llegar muy lejos, pero es necesario. No dejaré de escribir, estoy segura de que encontraré cómo me fue en el concierto de Blur, por ejemplo.

Necesitamos como personas, otras cosas que alimenten nuestras mentes. Eso quiero yo, esto me ha dado insatisfacciones y satisfacciones, pero lo he hecho mucho tiempo y se ha tornado algo aburrido.

Les agradezco muchísimo a los que fielmente continúan leyendo cada cosa que escribo. Agradezco sus comentarios, todavía es extraño que lo digan, a veces no escucho mucho lo que dicen, no por descortés, más bien porque todavía no me lo creo yo. No sé si tenga un estilo, si tengo uno creo, que el error es mi estilo. Por esa razón es probable que escriba mal a propósito.

Debería insertar un pastel aquí, más que para celebrar, porque se me antoja uno.


jueves, 1 de noviembre de 2012

La última letra


 El dolor no me es ajeno. No puede serlo.

He leído otra vez, lo que nadie quiere leer, lo que nadie se atreve a leer. Puedo sentirlo, puede angustiarme y hacer que me pregunte miles de cosas. Lo quiero saber todo. Yo quiero saberlo todo. No me es indiferente. Me afecta porque este país, en el cual nací, me duele profundamente.

Tengo tantas cosas que decir, por lo cual es, siempre difícil empezar. Bien, empezaré diciendo que terminé hace unos días de leer el libro de Diego Enrique Osorno: “La guerra de los Zetas”. Agradezco infinitamente la valentía de periodistas como él, entre muchos otros, por escribir lo que sucede.

Hay algo que escribió y me dejo irremediablemente marcada, es acerca de la falsa paz que se vive en el Distrito Federal. ¡Qué falsa paz vivimos los citadinos de esta urbe! Qué indiferentes somos, qué egoístas, qué deshumanos somos. Pasamos los días quejándonos del tráfico, de las manifestaciones, de los puestos ambulantes. Qué lejos nos encontramos de los verdaderos problemas.

Después de leer el libro de Diego Osorno, pase días reflexionando, tratando de entender lo que parece imposible entender: cómo un ser humano es capaz de hacerle tales atrocidades a otro ser humano.

En mi mente Nuevo León, Tamaulipas o Coahuila eran estados de la república que encontrabas en el mapa de una papelería. Monterrey era la ciudad del cabrito, el cerro de la silla y el parque fundidora; era la ciudad donde reside una conocida que jamás habla en sus estados de Facebook de algo “malo”.

Hace unos días en el trabajo, fueron unos clientes provenientes de Monterrey. Podría tener un montón de preguntas y aún ahora, no sé por qué me las reservé. Mi hermana les hizo la pregunta clave: ¿es verdad que está bien feo allá?. Uno de los aludidos respondió: “Uy, lo que ves en las noticias, pues es peor, lo que pasa en las noticias o en el periódico es la versión light”. Nosotros, en esa oficina, después de tal declaración, continuamos trabajando. Ellos regresaron a Monterrey.

Los pensamientos nocturnos me siguen atacando: cuántos, cómo, quiénes, qué pasa allá. Intentaba imaginarme los escenarios, los terribles escenarios que el autor describía y a pesar de hacerlo con la mayor precisión, pensé que aún estaba muy lejos de poder ver mentalmente cómo era San Fernando o Cadereyta, o incluso Monterrey.

Hoy abrí la página de internet de La Jornada. Había una imagen, se mostraba una camioneta, usada por contrabandistas, atorada en el muro de la frontera con Arizona, usaban unas rampas. Mis compañeros del trabajo vieron la imagen, para ellos era inverosímil. “No es verdad” escuché a alguien decir.

Y ahí comenzó un debate que rompió mi corazón. Mi hermana hizo un comentario que me dejó inquieta todo el día. Me preocupa y por más que uso todas mis fuerzas, es extraño el efecto que tiene en las demás personas mi esfuerzo por hacerles entender.

Ella dijo: “Por mi casa, cerca de X lado, hay una esquina donde se pone puro centroamericano a pedir dinero, qué horror, que se pongan a trabajar o mejor que se regresen a su país”. Pienso en si mi familia cree que mi voluntariado en Amnistía Internacional era un pasatiempo.

Me voltee a verla, algo indignada. Le mencioné que no tenía ni idea de lo que pasaban los migrantes centroamericanos, de las torturas, peligros, vejaciones y contratiempos a los que se enfrentan y ella respondió: “¿para qué se van de su país, por qué no buscan algo en su país, como van a estar mejor acá, si les pasa todo eso, que en su país con su familia?”.

Ella es una de las tantas personas que piensa, erróneamente, que la gente pobre es pobre porque quiere. En ese oasis de paz, tranquilidad y falsa prosperidad que es el Distrito Federal, cree imposible la escasez de posibilidades. Me parece también que eso es consecuencia de una grave, grave falta de información y, por supuesto, lo peor: falta de humanidad.

Me puse a pensar cómo era posible que no creyera realmente la falta de posibilidades de salir adelante en este país. Cuando leí las descripciones de los pueblos del libro de Diego Enrique Osorno, pueblos que no sólo han sido olvidados por el gobierno, pueblos que han sido olvidados por nosotros, me pregunté: ellos, ¿qué posibilidad tienen en medio de una guerra? Sí, de una guerra.

En la ciudad vemos como exageración decir que es una guerra. Guerra. No es una exageración, sólo que los citadinos creen que las balas aún están muy lejos de alcanzarnos.

Por esas personas, por las que les es indiferente, por la forma de pensar, incluso de mi familia, es la razón por la que no me es indiferente a mi. Cuando les platico todo lo que leo, espero una reacción, no de sorpresa, ni de horror, espero que les de el suficiente coraje para dejar de ser indiferentes, para reclamar.

Otra de mis hermanas dice que no puedo cambiar el mundo. No hay sentido en eso. Todos los días, nuestras acciones cambian al mundo. ¿Si no venimos a cambiar el mundo, entonces a qué?, dije alguna vez. No pretendo ser Gandhi o Mandela. Quiero que entiendan, entiendan que ELLOS podríamos ser NOSOTROS como dijo Juan Villoro.

Esta misma semana conocí a un abogado. Me dijo que viajaba mucho y le pregunté si no le daba miedo, me respondió que sólo una vez en Monterrey los encañonaron “no me dio miedo, ni los pelé, ya cuando nos sacaron la pistola, pues nada más tomamos nuestras cosas y nos fuimos” me contó con aires de no darle importancia.

Después me relató otra experiencia: “Un día me habló un tipo, que según de los zetas, que yo había metido a su papá a la cárcel y que no sabía con quién me estaba metiendo. Yo me reí, le dije que hiciera lo que quisiera. Después otro abogado le contestó y se dijeron groserías, el chiste es que ni hizo nada, es puro cuento”. Me pregunté cuán real es para la gente que vive en el noreste una experiencia como esa o, más grave, cuán cotidiana.

Nos han dejado un enorme cementerio. Han dejado mucho dolor y sufrimiento. Y lo peor que podemos hacer es ignorarlo o mitificarlo. Por eso valoro libros como el de Diego Enrique Osorno y muchos reportajes, crónicas, entrevistas, análisis de personas que escriben esto para no olvidarlo después, pero sobre todo, para  no lo olvidarlo ahora.

Cuando leí el libro “La guerra de los zetas”, estaba leyendo al autor si, pero no sólo lo leo a él, leo a todas esas personas que han sido golpeadas por una guerra, una guerra cuya magnitud, en la Ciudad de México, parece incapaz de ser percibida. Esas personas son reales, no son un mito, ni un hecho noticioso solamente. Son heridas que le aquejan a este país “que aún se dice llamar México”.