Sucede,
es como cuando dejas las muñecas o los cochecitos. Una etapa es dejada atrás,
un momento, de pronto algo concluye. Con su termino, se terminan muchísimas
cosas: deseos, sueños, ilusiones y definitivamente gustos.
A lo
largo de nuestra vida creamos símbolos, lo hacemos porque lo necesitamos. Los jóvenes,
los buenos jóvenes (no es así, sólo estoy siendo poética) lo hacemos con la
música, la convertimos en nuestro símbolo, en nuestra bandera y hasta en
nuestra voz.
Así
ocurrió en esos años mozos de bachillerato, así ocurrió en los dulces
dieciséis. Convertías la música en tu pasión, en tu estilo de vida e
irremediablemente a los vocalistas de bandas en un semi dioses, mitad mortal porque cantaban cosas
que conocías, mitad dioses porque obviamente eran inalcanzables.
Luego
pasa la vida, te arrolla, te controla, te aburre, te fastidia y acaba sofocándote
y entonces nada tiene sentido. Nada de lo anterior que regía tu vida tiene
sentido. Por más que queramos aferrarnos, hay demasiada debilidad en esas
etapas que terminas olvidando la llama que te hacía emocionarte con aquella música.
Y algo
pasa, lo dejas, lo olvidas y a veces hasta lo odias. Te parece ridículo. Todo lo
que hiciste anteriormente te parece ridículo. Hasta ellos te parecen ridículos.
Y entonces se convierten en una cosa ridícula. Es algo extraño pero al menos lo
que he visto, todas aquellas bandas a las que amaba, a las que amábamos se
convirtieron en algo ridículo. En un sin sentido.
Recordé
todo esto después de escuchar ese single de Muse, Madness y me pregunté durante
toda la canción dónde había quedado Muse, si se les había olvidado algo o
incluso peor, si de hecho, se habían equivocado de banda. Pero aún ahora
seguimos aferrándonos porque al menos a mí no me queda nada más qué hacer.

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