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viernes, 13 de septiembre de 2013

Puente peatonal

Cada vez que voy a casa de mi hermana subo un puente peatonal. No me gustan en realidad. Está viejo, en medio del paso hay un hoyo y en los escalones para bajar hay dos o tres de aluminio. Detesto subir los puentes peatonales porque son peligrosos. Subo ese porque tengo más posibilidades de morir arrollada en la avenida.

Cuando estoy en medio del camino del puente peatonal, allá arriba puedo ver la ciudad. Esa es la única parte satisfactoria del martirio que significa para mí subir el puente. Veo la ciudad con toda claridad. Veo sus altos edificios, puedo ver los más representativos y hasta los que no lo son. Desde esa distancia nada parece lejos porque ahí está todo.

Ese pensamiento me llega a la mente cuando veo esa imagen y el viento me alborota el cabello. Esta ciudad, todo, todos están aquí y me pregunto cómo puede ser eso. Cómo se puede juntar todo aquí y cómo podemos vivir todos aquí. Arriba parece que todo marcha, no sé sabe si bien, pero se ve que marcha.

Hace poco en la clase de francés nos enseñaron cómo decir “me gustaría vivir en…”, la mayoría dijo otro país y otra ciudad, yo, dije: Ciudad de México. Siempre imagino que mi respuesta demuestra una cierta mediocridad, incluso yo pensaba que así era, pero no es así. Me gusta esta ciudad con todo lo que implica.

En este punto es cuando hablo de cosas de las que siempre me molesta hablar. Me siento incompetente al hablar de sociedad, política y justicia, siento que no tengo la información para opinar. La verdad es: hoy en día todos se sienten con la facultad de opinar sepan o no, así que lo haré.

Amo este país profundamente, como jamás lo había hecho. Tarde mucho en reaccionar e indignarme, pero lo hice. Después de leer tantos libros, de escribir tantas veces, de enojarme, de gritar, lo logré, logré que algunos miembros de mi familia se indignaran y me sentí satisfecha.

Empecé hablando de la ciudad porque sé que en estos días se ha vuelto caótico vivir y convivir aquí. No es por los maestros, ni los estudiantes, ni los vendedores ambulantes, ni los policías, es creo yo, por nuestra falta de solidaridad.

Aunque no tantas veces como la mayoría, también me tocó caminar entre calles cerradas, también llegué tarde a citas, también me bajaron del transporte, pero no me indigna eso. Me indigna que seamos una sociedad demasiado polarizada, demasiado intolerante.

Aquí estamos nosotros, los mestizos llamándole indios a la gente de provincia, llamándoles huevones mientras vemos el fútbol en lugar de practicar algún de deporte. Así es nuestra doble moral, así es este país de impuntuales quejándose de llegar tarde a algún lugar. Si gana la selección mexicana un mediocre partido está bien cerrar calles, si peregrinaciones (que dejan mucho dinero a la iglesia) bloquean calles, está bien.
Los demás son huevones que no quieren trabajar, porque si un reglamento, ley o reforma los pasa a perjudicar, pues que se aguanten: “son pobres porque quieren”. Esa frase que usan, me llama la atención “son pobres porque quieren”, pues entonces todos queremos ser pobres, porque aquí los ricos se cuentan con los dedos.

No estamos exentos, nadie nos garantiza que mañana no seremos nosotros los que queramos exigir que no se violen nuestros derechos. Cuando escucho a gente cercana a mí decir cosas como esas, espero que un día no necesiten protestar o si quiera alzar su voz por algo.

Este país es de lo absurdo, de lo ridículo, vaya esta como para no creerlo. Difícilmente puedo predecir qué va a pasar, si vamos a seguir indignándonos por cosas ridículas como símbolos que no nos representan: la independencia, la revolución ¿pasaron en verdad? Mientras la clase política y los ricos, ricos, se mofan de nosotros porque estamos como perros y gatos.

Estas fechas me purgan porque la gente se siente patriota y se siente muy mexicano el 15 y 16 de septiembre, el resto de los días detesta ser mexicano y además odia a sus compatriotas. Ya nadie sabe el significado de ser mexicano, yo tampoco lo sé porque no sé qué hacer para ayudar al país que me apasiona.

Entonces respondo: en México, quiero vivir en México porque no quiero huir, no quisiera huir, aunque la verdad, por muy trillado, cursi y hasta “patriótico” que suene, duele ver lo que pasa aquí todos los días. Allá arriba se ve que todo marcha, pero cuando bajo del puente y me meto al metrobús un hombre me empuja para alcanzar lugar.


lunes, 26 de noviembre de 2012

Coincidencias



Es un poco extraño que ponga la palabra “coincidencias” ya que, debo admitir, no creo en ellas. Normalmente provocamos las cosas, nuestras acciones, bueno la física ya lo dijo, tienen una reacción. Por tal razón, me cuesta trabajo creer en las coincidencias. Pero de vez en cuando se presentan.

Cuánto tiempo pasamos en el transporte público o en el auto. Cuántas veces al mes recorremos el mismo camino. Cuántas personas recorren el mismo camino que nosotros. No lo tomamos mucho en cuenta, las sencillas cosas son difíciles de percibir, sólo hay que prestar un poco más de atención.

Resulta, que hago un recorrido muy ordinario, lo es y lo ha sido estos últimos cuatro meses, que por cierto se han pasado rápido, es un recorrido normal. Después me percate de que si salía a una hora veía a las mismas personas todos los días. Y, evidentemente si salía a otra hora me encontraba con otras distintas pero al final… las mismas.

Yo estoy en completo desacuerdo con la frase “el mundo es muy pequeño”. Me parece que el mundo es enorme sólo que no lo conocemos. Nos cuesta salir y la verdad tenemos miedo. Son pocos los experimentados, los que tienen alma de viajero y han salido a una parte del planeta. El mundo no es pequeño, nuestro mundo, en el que vive cada uno es pequeño.

En mi mundo, en este recorrido diario me encuentro a las mismas personas que me acompañan. Nos conocemos sin conocernos realmente y, a veces hasta nos sonreímos o nos miramos más de la cuenta. Hay algunas personas que honestamente me llaman la atención.

Ya lo he dicho y no es un secreto. Reconozco cuando una mujer es bella, y de vez en cuando los demás lo hacen. En el sitio donde trabajo, por ejemplo, es muy común ver mujeres y hombres que en mi mundo no son muy vistos, me refiero al aspecto físico y también al de personalidad. Pero esas personas, las adineradas y que son rubios, altos, delgados, portan buena ropa y hablan extraño no son los que llaman mi atención. Últimamente… los ignoro, prestarles atención sería demasiado para su egocentrismo.

Hay una chica que toma el metro a la misma hora que yo. En varias ocasiones estamos una al lado de la otra esperando que abran las puertas del vagón. Ella es alta, delgada, no es rubia, es más bien algo pálida, tiene el cabello chino, pero se nota que se alacía el cabello, tiene una linda nariz con un pequeño piercing y se maquilla mucho, pero no se ve mal. No sé porque me llama la atención.

No sé si les ha pasado o probablemente yo esté más desquiciada de lo que creo. La gente, alguna, llama así tu atención. Te quedas mirando a las personas y no por morbo, simplemente tienen algo especial. Me ocurre frecuentemente a pesar de lo reacia que soy a las personas en general. Quizá soy más observadora de lo que pienso.

A veces creo que juzgo demasiado a las personas y algunas en verdad valen la pena. O, pienso, que tal vez se deba a que me gusta el misterio y cuando las veo me parecen personajes, con los cuales me imagino historias. En realidad no sé a qué se deba, pero bueno, en el mundo debe haber personas interesantes… las hay.

martes, 3 de julio de 2012

Supersticiones



Algunas veces creo que soy muy supersticiosa. No es que me de temor pasar debajo de una escalera, pasar donde hay un gato negro, romper un espejo, o ese tipo de cosas; creo que todos tenemos algunos rituales. Esta cosa esotérica sigue siendo absurda, algunas veces funciona y otras definitivamente no. Me llega mucho a la mente mi tonta superstición de los trimestres pares o impares, ahora ya no importa porque ya terminé.

Tengo otra ridícula superstición y tiene que ver con la ropa. No recuerdo cómo fue que instintivamente lo relacioné, pero es algo perturbador. La cuestión es que cuando algo me ocurre, algo malo, no vuelvo a usar la ropa que llevaba puesta en ese momento, la dejo de utilizar un tiempo o nunca más vuelvo a utilizar esa combinación.

Me sucedió por ejemplo, el primer día que me dieron mis náuseas de la gastritis, el día del regaño del profesor de televisión, el… bueno muchos acontecimientos desagradables. Supongo que es algo un poquito natural, hacer esa combinación de ropa me haría recordar “ese” día. Lo considero un mal presagio, de mala suerte, aunque más que nada es aquello del recuerdo.

Hoy he sido víctima, otra vez, de la delincuencia en la ciudad. La primera vez, no me quitaron nada, fui astuta o quizá tonta y arriesgada, y escondí el patético celular que tenía, hoy desafortunadamente no sucedió así. Qué triste subirte al transporte y esperar que aquel, aquella, esos que se subieron te asaltaran.

La cosa es que regresando a casa, sentí coraje, porque si las cosas materiales cuestan y las apegas tanto a tu estilo de vida que se convierten en una necesidad. Yo pienso que el celular no sería una necesidad si la gente llegara temprano en la vida. De lo demás poco a poco se puede llegar a prescindir, conforme paso la tarde se me fue olvidando un poco, y luego llegue a mi tonta superstición.

Sí, dije “diablos, no me pondré esta combinación”, cada quien pasa por sus extraños rituales, el mío si es ridículo, pero cuando vuelvo a ver esa combinación de tenis, jeans y playera/blusa, me llega a la mente ese horrible recuerdo y pienso que es posible que me vaya mal en el día. Así soy yo y mis manías extrañas y locas.

¡Diablos y los tenis son nuevos!