Cada
vez que voy a casa de mi hermana subo un puente peatonal. No me gustan en
realidad. Está viejo, en medio del paso hay un hoyo y en los escalones para
bajar hay dos o tres de aluminio. Detesto subir los puentes peatonales porque
son peligrosos. Subo ese porque tengo más posibilidades de morir arrollada en
la avenida.
Cuando
estoy en medio del camino del puente peatonal, allá arriba puedo ver la ciudad.
Esa es la única parte satisfactoria del martirio que significa para mí subir el
puente. Veo la ciudad con toda claridad. Veo sus altos edificios, puedo ver los
más representativos y hasta los que no lo son. Desde esa distancia nada parece
lejos porque ahí está todo.
Ese
pensamiento me llega a la mente cuando veo esa imagen y el viento me alborota
el cabello. Esta ciudad, todo, todos están aquí y me pregunto cómo puede ser
eso. Cómo se puede juntar todo aquí y cómo podemos vivir todos aquí. Arriba
parece que todo marcha, no sé sabe si bien, pero se ve que marcha.
Hace
poco en la clase de francés nos enseñaron cómo decir “me gustaría vivir en…”,
la mayoría dijo otro país y otra ciudad, yo, dije: Ciudad de México. Siempre
imagino que mi respuesta demuestra una cierta mediocridad, incluso yo pensaba
que así era, pero no es así. Me gusta esta ciudad con todo lo que implica.
En
este punto es cuando hablo de cosas de las que siempre me molesta hablar. Me
siento incompetente al hablar de sociedad, política y justicia, siento que no
tengo la información para opinar. La verdad es: hoy en día todos se sienten con
la facultad de opinar sepan o no, así que lo haré.
Amo
este país profundamente, como jamás lo había hecho. Tarde mucho en reaccionar e
indignarme, pero lo hice. Después de leer tantos libros, de escribir tantas
veces, de enojarme, de gritar, lo logré, logré que algunos miembros de mi
familia se indignaran y me sentí satisfecha.
Empecé
hablando de la ciudad porque sé que en estos días se ha vuelto caótico vivir y
convivir aquí. No es por los maestros, ni los estudiantes, ni los vendedores
ambulantes, ni los policías, es creo yo, por nuestra falta de solidaridad.
Aunque
no tantas veces como la mayoría, también me tocó caminar entre calles cerradas,
también llegué tarde a citas, también me bajaron del transporte, pero no me
indigna eso. Me indigna que seamos una sociedad demasiado polarizada, demasiado
intolerante.
Aquí
estamos nosotros, los mestizos llamándole indios a la gente de provincia,
llamándoles huevones mientras vemos el fútbol en lugar de practicar algún de
deporte. Así es nuestra doble moral, así es este país de impuntuales quejándose
de llegar tarde a algún lugar. Si gana la selección mexicana un mediocre
partido está bien cerrar calles, si peregrinaciones (que dejan mucho dinero a
la iglesia) bloquean calles, está bien.
Los
demás son huevones que no quieren trabajar, porque si un reglamento, ley o
reforma los pasa a perjudicar, pues que se aguanten: “son pobres porque
quieren”. Esa frase que usan, me llama la atención “son pobres porque quieren”,
pues entonces todos queremos ser pobres, porque aquí los ricos se cuentan con
los dedos.
No
estamos exentos, nadie nos garantiza que mañana no seremos nosotros los que
queramos exigir que no se violen nuestros derechos. Cuando escucho a gente
cercana a mí decir cosas como esas, espero que un día no necesiten protestar o
si quiera alzar su voz por algo.
Este
país es de lo absurdo, de lo ridículo, vaya esta como para no creerlo. Difícilmente
puedo predecir qué va a pasar, si vamos a seguir indignándonos por cosas
ridículas como símbolos que no nos representan: la independencia, la revolución
¿pasaron en verdad? Mientras la clase política y los ricos, ricos, se mofan de
nosotros porque estamos como perros y gatos.
Estas
fechas me purgan porque la gente se siente patriota y se siente muy mexicano el
15 y 16 de septiembre, el resto de los días detesta ser mexicano y además odia
a sus compatriotas. Ya nadie sabe el significado de ser mexicano, yo tampoco lo
sé porque no sé qué hacer para ayudar al país que me apasiona.
Entonces
respondo: en México, quiero vivir en México porque no quiero huir, no quisiera
huir, aunque la verdad, por muy trillado, cursi y hasta “patriótico” que suene,
duele ver lo que pasa aquí todos los días. Allá arriba se ve que todo marcha,
pero cuando bajo del puente y me meto al metrobús un hombre me empuja para
alcanzar lugar.
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