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lunes, 26 de noviembre de 2012

Coincidencias



Es un poco extraño que ponga la palabra “coincidencias” ya que, debo admitir, no creo en ellas. Normalmente provocamos las cosas, nuestras acciones, bueno la física ya lo dijo, tienen una reacción. Por tal razón, me cuesta trabajo creer en las coincidencias. Pero de vez en cuando se presentan.

Cuánto tiempo pasamos en el transporte público o en el auto. Cuántas veces al mes recorremos el mismo camino. Cuántas personas recorren el mismo camino que nosotros. No lo tomamos mucho en cuenta, las sencillas cosas son difíciles de percibir, sólo hay que prestar un poco más de atención.

Resulta, que hago un recorrido muy ordinario, lo es y lo ha sido estos últimos cuatro meses, que por cierto se han pasado rápido, es un recorrido normal. Después me percate de que si salía a una hora veía a las mismas personas todos los días. Y, evidentemente si salía a otra hora me encontraba con otras distintas pero al final… las mismas.

Yo estoy en completo desacuerdo con la frase “el mundo es muy pequeño”. Me parece que el mundo es enorme sólo que no lo conocemos. Nos cuesta salir y la verdad tenemos miedo. Son pocos los experimentados, los que tienen alma de viajero y han salido a una parte del planeta. El mundo no es pequeño, nuestro mundo, en el que vive cada uno es pequeño.

En mi mundo, en este recorrido diario me encuentro a las mismas personas que me acompañan. Nos conocemos sin conocernos realmente y, a veces hasta nos sonreímos o nos miramos más de la cuenta. Hay algunas personas que honestamente me llaman la atención.

Ya lo he dicho y no es un secreto. Reconozco cuando una mujer es bella, y de vez en cuando los demás lo hacen. En el sitio donde trabajo, por ejemplo, es muy común ver mujeres y hombres que en mi mundo no son muy vistos, me refiero al aspecto físico y también al de personalidad. Pero esas personas, las adineradas y que son rubios, altos, delgados, portan buena ropa y hablan extraño no son los que llaman mi atención. Últimamente… los ignoro, prestarles atención sería demasiado para su egocentrismo.

Hay una chica que toma el metro a la misma hora que yo. En varias ocasiones estamos una al lado de la otra esperando que abran las puertas del vagón. Ella es alta, delgada, no es rubia, es más bien algo pálida, tiene el cabello chino, pero se nota que se alacía el cabello, tiene una linda nariz con un pequeño piercing y se maquilla mucho, pero no se ve mal. No sé porque me llama la atención.

No sé si les ha pasado o probablemente yo esté más desquiciada de lo que creo. La gente, alguna, llama así tu atención. Te quedas mirando a las personas y no por morbo, simplemente tienen algo especial. Me ocurre frecuentemente a pesar de lo reacia que soy a las personas en general. Quizá soy más observadora de lo que pienso.

A veces creo que juzgo demasiado a las personas y algunas en verdad valen la pena. O, pienso, que tal vez se deba a que me gusta el misterio y cuando las veo me parecen personajes, con los cuales me imagino historias. En realidad no sé a qué se deba, pero bueno, en el mundo debe haber personas interesantes… las hay.

miércoles, 29 de agosto de 2012

Advert


Por hoy seré completa y ridículamente poética. Hago esto cuando no debería hacerlo.

Estas en un camino. Ese es el que elegiste. A temprana edad no sabías lo que querías; pero como no hay otra alternativa eliges un camino algo fantasioso. Sobre él eriges lo que eres y lo que, hasta ese momento crees que serás.

Los sueños y las ilusiones ayudan bastante a que ese camino se convierta en el ideal y sobre todo: el indicado. Eres joven y por lo tanto tienes la fuerza y la determinación de ir en contra de lo que los demás dicen.

De pronto se encuentra el tramo más largo, el más complicado; pero también el más emocionante y por el que esperaste. En realidad a la larga, el camino se vuelve turbio, más complicado de lo que imaginaste, los obstáculos se vuelven horribles, pesados y fastidiosos.

En ese punto del camino te preguntas si en realidad haces lo correcto, si ese es el camino que debías elegir. Desgraciadamente es también en ese punto del recorrido donde tus sueños y tus ilusiones han quedado eclipsadas por la amargura y la desesperanza.

Un día, llega el ansiado, el muy ansiado final de ese tramo, del que esperaste, pero el que sufriste también.

Ahora, ahora te encuentras en una cuchilla, donde hay dos caminos. 

Durante el trayecto turbio y fastidioso perdiste muchas cosas, a cambio te percataste de otras. No sabes lo que quieres, quizá nadie lo sepa, pero sabes lo que no quieres. Entre gritos, intolerancias, desvelos, enfermedades, problemas, entre todo eso supiste más que nunca qué es lo que no quieres en tu vida. De tal forma que te encuentras cansada, sin sueños y sin fuerza; y están dos caminos. 

En uno de ellos están las cosas que quisiste en algún momento de tu vida, que encuentras satisfactorias, relajantes, incluso, divertidas; pero en el que sin duda alguna serás juzgada, señalada, criticada y sobre todo en el que no encontrarás el grado de independencia que necesitas, porque recuérdalo, ya eres una persona adulta.

El otro camino se encuentra lleno de algunas cosas que no te gustan, que te enferman y te enloquecen. No es divertido, tampoco hay cosas que te satisfagan del todo; pero ese camino es el que los demás te dicen que es correcto, que es visto con buenos ojos, y muchas veces sientes que es el camino obligado, te dará independencia y te hará ser un poquito, sólo un poquito respetada y también odiada.

Todos pasamos por una fase de escepticismo, de indecisión, de arrepentimiento, las brechas, caminos, rutas que se te ponen enfrente no son siempre las ideales. El objetivo siempre cambia, eso lo sabemos todos.

Elegí el segundo camino, nadie me lo reprocha, la única que lo hace soy yo misma. elegí ese camino porque no tengo idea de qué hago. Ahora voy caminado por ahí y siento que todo está oscuro, tropiezo y voy por él  a tientas porque cuando siento que veo algo de claridad, ese camino es inestable y todo tiene que cambiar.

Estoy perdida, tan perdida qué no sé qué soy o quién soy, o lo que fui, o lo que quise o incluso lo que amé. Me ha vuelto insolente, malhumorada, tonta, agresiva. Pero todo, todos decían: es ese. Nunca aprendí a decir que no. Sigo sacrificando cosas por las personas como si en realidad valiera la pena.

Lo único que me ayuda es la música que no he olvidado, me ayuda a recordar qué era y por qué era como era, por qué decidí una cosa u otra, por qué amaba las cosas que amaba. A veces incluso me ayuda a recordar qué sueños tenía y me hacen preguntarme si aún vale la pena alcanzarlos. 

No sé, mientras todos me dicen "al menos tu…" me dan ganas de responder "al menos tu no te sientes vacío, perdido e infeliz".

miércoles, 14 de marzo de 2012

Envidia femenina



Las mujeres son muy así. Pasa una chica muy bonita y las demás comienzan a criticarle todo: la ropa, el peinado, el maquillaje y hasta su estructura ósea. Se dice que eso es causado por la envidia que genera una mujer bonita. Pero eso no sólo le sucede a las mujeres, en general, todos deseamos tener lo que el otro tiene. En las mujeres ese deseo es expuesto a modo de critica.

Quizá sea la menos indicada para hablar del tema. La razón número uno es por ser mujer o intentar entrar en algunos cánones de la femineidad. Eso me lleva a la segunda razón por la cual no puedo explicar este comportamiento colectivo entre las féminas, esto es el hecho de que me choca eso de las reglas implícitas del ser mujer y no soy así.

No es que no tenga envidia de las otras mujeres, creo que en algún punto deseo lo que las otras poseen, sólo que mi forma de expresarlo es totalmente diferente. He pensado mucho en eso esta semana en mis recorridos donde invariablemente me topo con diversas personas, diferentes mujeres y pongo atención.

Me ha tocado ver a chicas muy lindas, otras más que lindas bastante guapas, unas que no son tan guapas pero llaman la atención. No soy lesbiana. Las observo y también observo el comportamiento de las demás mujeres ante alguien que exige tu atención, es interesante. He pensando que se podría hacer un programa para National Geographic a partir de este comportamiento.

Por ejemplo, se sube una chava muy bonita al vagón del metro, llama la atención y enseguida las mujeres alrededor la barren con la mirada y no le quitan los ojos de encima, por supuesto la mirada es de odio total. A mi me pasa algo distinto, por supuesto las volteo a ver, y si me les quedo viendo, pero –ok no sé si sea bueno confesarlo, pero lo haré –tengo pensamientos internos como “ah se le ve bien esa blusa” o “tiene bonitas facciones”, o algo por el estilo.

Puede que se deba a mi baja autoestima, debo reconocer, eso o simplemente no me da la gana criticarlas, son bonitas y ya. Si también, puedo decir honestamente que les tengo envidia, si pienso “¿por qué yo no tengo el cabello así?” o “¿por qué los pantalones no se me ven así?”; pero esa es la esencia de la envidia, el deseo por lo ajeno.

Ya sé, soy algo excéntrica, pero… no sé. Mi excusa siempre optimista es, que yo a diferencia de las mujeres envidiosas, si puedo reconocer cuando una mujer es bella.

miércoles, 22 de febrero de 2012

Anécdotas uno y dos



Hoy volví a los días donde caminaba sin sentido y sin rumbo alguno por las calles. Me hace sentir bien, al menos puedo pensar mejor algunas cosas que me aturden. Lo hago sola porque creo que es importante, cómo si la mayoría de mi vida esa soledad no hubiera sido importante. Y hoy tengo dos anécdotas que compartir. Sin un motivo en especial.

Anécdota 1

La recordé mientras pasaba por lo que antes, mucho, mucho antes fue un río. Ahora sólo son aguas negras y casi ya no lo son. Recordaba cuando pasábamos por ahí todos los días para que yo llegará a la primaria. Hacía de recorrido quince minutos, veinte o veinticinco si había tráfico.

Ese día –no recuerdo la fecha exacta –mi mamá y yo íbamos en el automóvil. Se nos hizo un poco tarde y había mucho tráfico. Pasamos por ese río que en ese entonces estaba casi lleno de aguas negras. Vimos pasar a una mujer con su hija, por el uniforme de la niña, iba en la misma primaria que yo. Se puso el rojo en el semáforo.

Mi mamá abrió la puerta del copiloto –yo iba en los asientos traseros –le dijo a la mujer que se subiera, que la llevaría hasta la escuela. La mujer desconfió un minuto y luego abrió la puerta trasera, subió a su hija para posteriormente subirse en el asiento del copiloto. El semáforo se puso en verde.

Se me hizo rarísimo, fue un momento muy bizarro. De hecho también se me hizo muy incómodo. No conocíamos a la señora, tampoco a la niña y mi mamá de la nada las subía muy normal al auto y las llevaba hasta la escuela. Cuando llegamos, la señora y su hija se bajaron y la señora agradeció a mi mamá.

Yo me bajé muy extrañada, creo que también sentía un poco de molestia, porque ni siquiera me dio una explicación de por qué había hecho algo tan raro. Mi mamá se bajo, se despidió de mi en la puerta como si nada y se fue. Ahora lo entiendo y lo admiro: mi mamá jamás daba explicaciones para nada que hiciera. No le importaba lo qué pensaran o dijeran, lo hacía y punto. Como quisiera que esa cualidad también se pudiera heredar, entre muchas otras cosas que mi mamá tenía.

Anécdota 2

Al subir al camión que me llevaría al metro, me percaté que también lo había abordado un tipo que fue compañero mío en la secundaria. No sé si él me reconoció, lo dudo, soy de esas personas que no se quedan en la memoria colectiva del resto de la población y la verdad lo agradezco. Al principio me dio risa y luego sentí algo amargo.

El tipo en cuestión es hijo de una profesora que me impartió la tan bonita materia de “Formación Cívica y Ética” en la secundaria. Era algo estricta, a mi jamás me regaño, porque yo era muy ñoña y algo teta. Sobre todo se tomaba muy enserio ese papel de profesora de civismo y ética.

Siempre he pensando que ha de ser muy complicado ser hijo de un profesor. Aunque no se quiera, se les exige mucho más, por ejemplo, cuando yo iba en la secundaria, en mi generación había dos hijos de profesores, ambos compañeros de escolta –si, fui en la escolta –y uno de ellos el que me encontré en el camión.

Mientras recordaba lo anterior tenía en la mente también, el hecho de que antes de cumplir los dieciocho años, el hombre embarazó a una chica y tuvo que dejar la escuela por un tiempo. Todo el mundo se enteró. Para colmo vive cerca de mi casa. Y cuando me enteré quizá y sólo quizá me burlé un poco, porque  el tipo era muy sangrón en la secundaria.

Cuando lo vi en el camión, recordé cómo había dicho una sarta de injurias ante su estupidez de embarazar a la novia, y agradecí estar en la universidad. En aquél tiempo, recién había ingresado a la universidad y me sentía la nueva maravilla. Iba a regresar a criticarlo cuando vi que estaba leyendo unas copias y su mochila era muy escolar. Me puse seria, quizá no eran de la escuela o quizá si, y en tal caso, bien, él comenzaba a estudiar.

Quizá si, acabaría tres años después que yo, cuando a mi me faltaban seis meses para terminar “la carrera”. Después lo pensé bien, y me reservé todas las criticas mentales que pudieran surgir e incluso me arrepentí de las que hice en el pasado. Si él supiera mi situación actual, pensé, quien se burlaría y criticaría sería otra persona. Así son las grandes ironías de la vida.