Durante
mis recorridos en el metro veo muchas cosas. Unas son algo… inverosímiles,
piensas que eso no puede ocurrir pero las ves, entonces ocurren; otras tantas
quisieras que no ocurrieran y otras más dan risa que ocurran. Podría hablar
extensamente sobre el tema, contar aquella vez que se le quedó atorada la
mochila al sopas (un tipo del bachillerato que me caía mal), o la vez que una
señora aventó su zapato para apartar lugar, o la vez que milagrosamente un
anciano corrió y hasta cargo su bastón para llegar al asiento; pero ciertamente
nunca terminaría.
Hace
unas semanas una amiga y yo, en modo de broma, hacíamos la clasificación de los
vendedores ambulantes del metro, hay un sinfín de variedad. Los hay vendedores
de mercancía pirata, llámese música, libros, accesorios para tecnología, etc.
Los hay artistas: músicos, actores o que recitan pasajes de libros. Los hay
vendedores de cosas inútiles: artículos de ocio para niño y adulto. Entre
muchos otros. Ya regresaré a este tema más adelante.
Tenemos
sentimientos agridulces con el metro, es al menos la respuesta de la vox
populi, porque adoramos que sea más rápido que el autobús, micro o camión, pero
detestamos la cantidad de gente que lo aborda a diario. Por otro lado, creemos
ilusamente que el metro es el tren bala de Japón, y cuando se atrasa o se va
considerablemente lento por la lluvia, nuestra reacción es de odio al
transporte.
Dice
mi hermana, que ya ha viajado alrededor del mundo, o al menos ha asomado las
narices fuera de territorio telcel, que para mi sorpresa –aun tengo mis dudas
–el metro de la Ciudad de México no es el más sucio del mundo. Yo hasta no ver
no creer, pero según ella el metro más sucio que ha visto es en el que han
filmado miles de películas: el de Nueva York.
Yo
tengo mis dudas, porque el viernes me subí al metro, eran las nueve de la
mañana. Mi recorrido en metro comenzaba en la estación 18 de marzo. El tren
llegó y mujeres a mi alrededor esperaban ansiosas –por decirlo de forma
apropiada –abordar el tren. Gracias a mi hábito, logró subir al tren en su
mayoría de las veces, cuando me lo propongo. Al adentrarme en el vagón,
comienzo a percibir un fuerte olor a condimento, carne, especias, salsa y algo
de grasa. Cuando inspecciono a mi alrededor para averiguar de donde provenía,
de pronto encuentro el origen: ¡una señora estaba comiendo unos tacos de
suadero a las nueve de la mañana en pleno vagón del metro! Me revolvió el
estómago horrible, eso y su forma de masticar.
Por
su experiencia, me cuenta también, que el metro más confuso, es obviamente el
del Distrito Federal. Y en esa afirmación no podría estar más de acuerdo, ya
van cinco veces que me pierdo en el estúpido transborde de Pino Suárez,
intentando llegar de la línea azul a la rosa. Esto es a causa de que los
señalamientos en esta ciudad son de lo más contradictorios, y los del metro no
son la excepción. El mayor referente para llegar a tu destino en el metro, sin
morir en el intento es, en definitiva, seguir a la gente cual borregos en
parcela.
Lo
mejor de todo siempre es la tan buena educación de las personas. Por ejemplo,
hace tiempo me subí al metro en la terminal Universidad, iba a 18 de marzo que
es la penúltima estación de esa línea. A dos estaciones de Universidad se subió
una tipa, que ahora que lo pienso se veía algo extraña, se sentó en el lugar
reservado para personas discapacitadas. En la siguiente estación se subieron
muchas personas, entre ellas dos señoras de edad avanzada y una de ellas con
bastón. Una mujer le pidió a la tipa que le cediera el lugar a la señora con
bastón. La tipa en cuestión, levantó la cara y le dijo con voz firme: No, y se
hizo la dormida.
Yo
no daba crédito a lo que había escuchado, cómo se atrevía a decirle eso.
Entiendo que hay mujeres que con tal de que les cedan el lugar son capaces de
cargar a su hijo de doce años, pero eso era inaudito, era evidente que la
señora lo necesitaba y estaba en el derecho de reclamarlo. Además de eso la
facilidad con la que le dijo que no me sorprendió. Me levanté y le cedí mi
lugar a la señora, pero no podía creerlo. Son de ese tipo de cosas que no
quisieras ver en el metro.
Y mi
móvil para crear esta entrada, fue justamente de esas cosas que no me gusta ver
en el metro, además de la gente desgraciada y mal educada, y además de los
indígenas y personas lisiadas pidiendo limosa. Algo que por lo menos a mi me da
más escalofríos es ver a niños vendiendo en el metro. En serio es una situación
que cada día se me hace más insoportable cuando viajo en el transporte.
Por
eso les decía que regresaría al tema de los vendedores ambulantes, que
sospechamos checan igual que los trabajadores oficiales del metro. Una cosa es
que tengas que aguantar el escandalo y los gritos –que más bien parecen
chillidos –de los vendedores. Pero ver a niños de ocho a trece años vendiendo
como lo hacen sus padres, se me hace espantoso, me dan ganas de decirles “¿Qué
demonios haces aquí deberías estar en la escuela?”.
Ver
hoy a dos niñas vendiendo, haciendo el mismo tono de voz de sus padres,
hermanas o qué se yo, me recordó mucho a cuando fui a la ciudad de los niños.
Siempre quise ir a la ciudad de los niños, cuando fui ya era muy grande para
disfrutarlo, pero ahora me parece una atrocidad. Hacer que los niños ganen su
dinero y se dediquen a oficios de grandes no me parece una orientación
vocacional, me parece que les otorgan roles que aún no les corresponden.
Me
recordó eso porque era un mini mundo, pasaba la madre de la niña vendiendo
libros para colorear y enseguida le tocaba el turno a la niña vendiendo
chicles, era como una representación de lo que veía en la ciudad de los niños,
con la enorme diferencia de que esa niña estaba viviendo el mundo real y eso me
dio mucha tristeza.
En
fin hay tantas cosas del metro que me disgustan, y otras que no lo hacen, como
el hecho de atravesar la ciudad de norte a sur en veinte minutos, pero si
continuara escribiendo quizá no terminaría, así que hasta aquí lo dejo, no sin
antes decir que en serio si me indigna mucho esa situación.

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