Dicen
que la distancia hace que uno vea más claras las cosas. Hasta hace
relativamente poco yo creía en ese dicho; pero ahora no sé si es del todo
cierto. Uno necesita estar en la mayor disposición en muchos ámbitos para que
eso suceda, y a veces no, pero sucedía, de pronto esa distancia hacía cosas
mágicas.
Me
aleje un tiempo de esta ciudad, no muy lejos, pero pensé que logaría pensar y
despejar mi mente. No sucedió y al contrario, era muy raro. El frío, la
soledad, el vacío, el espacio, la gente, el fuego, el calor, la comodidad, la
incomunicación, la comunicación, todo fue raro, en realidad creo que no tuve la
disposición o nunca me alejé.
Entendí,
no, más bien reafirme aquello de que la única familia a la que eliges son a tus
amigos, es verdad. Pienso que eso de convertirla en tu familia es un error, tus
amigos nunca serán tu familia, tendrías que pelearte con ellos también, y
cometer ese error, insisto, llamarlos “míos” es algo grave. De hecho llamar a
cualquier cosa o peor aún, persona, como “mía” es muy grave.
Uno
no escoge a su familia, se te dice que los tienes que amar, respetar y esas
cosas, y tienes que otorgarles cariño a personas que son tan diferentes a ti.
El tiempo nos enseña a quererlos, a aprender, a veces, de ellos. Pero a veces
uno no tiene que refugiarse en la familia, a veces no son el mejor refugio.
Se
pasan las noches de navidad en compañía de familias, porque así dicen que tiene
que ser, porque así es como debe ser, realmente ¿así es como debe ser?
Hoy
mi refugio es un pequeño espacio de la ciudad, un árbol o una banca, el frío y
ese suéter mientras un nudo en la garganta contenido me embarga, mientras
observo pasar a muchas personas que quizá no volveré a ver jamás.

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