Hoy
fue uno de esos días en donde la cama te escupe, donde tienes muchísimo sueño y
al principio te rehúsas a levantarte, pero en cuanto uno de tus ojos se
entreabre sabes que abres en realidad la puerta a las cosas qué hacer, decir y
pensar en el día, por lo tanto, despiertas.
El
día va normal dentro de lo que cabe. El incidente aquél navideño y las
adoraciones a los santos y demás fetiches te aburre, te fastidia, sobre todo
cuando encuentras los bancos cerrados. Ajá. Como si toda la ciudad fuera
creyente y tal evento mereciera que nuestras actividades se paralicen. Error.
Cruzas
la calle y lo ves a lo lejos, no lo distingues muy bien. Él te mira tampoco te
distingue bien. Oh sí, lo sabes, sabes que es él. Oh sí, él sabe que eres tú.
Muy diferentes, tantos años recorridos, te conoció cuando tu inocencia estaba
en un punto casi terminado. Lo odiaste, quizá él no lo hizo pero disfrutaba
verte sufrir. Oh sí, te encuentras con tu antiguo profesor de física en la
secundaria.
De
la Vega, y sin albur aunque bien podría quedar con el sentimiento que emanaba
de mí cuando lo topaba, fue uno de los profesores más estrictos que tuve, para
ser honesta le temía y lo odié en un periodo largo de tiempo. Mi rencor hizo
que su presencia no fuera de mi agrado.
El colmo, vive casi al lado mío.
Me
lo encontré veces anteriores a estas, cuando iba en tercero de secundaria –él
en ese tiempo, se había salido de la secundaria donde yo iba –y unas dos veces
en el bachillerato, donde por cierto, no dejo de sermonear por mi pobre y
triste bachillerato.
En
ese momento pensé “qué me cuesta saludarlo, después de un profesor como Roy
Meza –antiguo profesor del módulo de tele el trimestre pasado, sobra decir, un
maldito tirano desgraciado –él simplemente hasta da ternura”. Caminaba con
tranquilidad y soltura, después de todo ya no era la Daniela de trece años que
él conoció y sí, que algunas veces –varias- humilló. Me pase de largo y lo
ignoré.
Eso
de los encuentros con profesores, por lo regular jamás acaban en una sensación
linda y placentera. Son situaciones raras e incómodas. Para mí en especial es
que un profesor es un profesor y jamás he tratado a uno como mi amigo, me
parece poco ético y… extraño. De lejos siempre es mejor, delimitar bien esa línea
profesor/alumno siempre es la opción, sino luego se toman atribuciones que no
les corresponden.
Me
pase de largo, no porque le tuviera miedo, no porque fuera raro, aunque si lo
hubiera sido. Fue porque la última vez que me lo encontré fue, cuando recién
entré a la universidad ¿Qué se encontró él? A una Daniela muy feliz con haber
entrado a la universidad que quería, a la carrera que quería y ese día que lo
vi, le demostré lo orgullosa y feliz que estaba.
Él no podía quedarse atrás, cuando escuchó la carrera que elegí, hizo una mueca y se limitó a decirme "Daniela, esa carrera no te va a dar de comer", ese día me molesté, mi papá presenció el hecho y no dijo nada (ahora creo que pensaba lo mismo), lo que me hizo enojar más. Me pase de largo porque no quería que se diera cuenta que ahora Daniela cree que el profesor De la Vega tenía toda la razón, y que cada vez que mencionó la carrera que estudió hago la misma mueca que él hizo y que jamás olvidé.

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