martes, 23 de abril de 2013
Broken
domingo, 4 de noviembre de 2012
Perfect Match
domingo, 9 de octubre de 2011
Días lluviosos

No es la primera vez que lo digo, tampoco será la última: me encantan los días lluviosos. Incluso enferma como estoy ahora, escuchar el sonido de la lluvia es reconfortante; incluso si fue ese cambio de clima el que me hizo enfermarme; incluso si es por mojarme en la lluvia, aún con esas cosas el sonido de las gotas golpeando en los cristales, los cristales empañados, el frío del ambiente, eso me reconforta de algún modo extraño y triste.
Hoy vi una película que se llama Blue Valentine, había visto poco más de la mitad hace tiempo y hoy por fin la vi completa, no porque tuviera tiempo, sino porque mis actividades escolares no son primordiales cuando estoy enferma, qué otra cosa podría enfermarte más si no es la tarea.
Me gustan ese tipo de películas por alguna extraña razón, por qué digo “ese tipo” de películas. Son como 500 días con ella, o como Atrévete a amar, o quizá como el Eterno Resplandor de una Mente sin Recuerdos. Esas que retratan perfectamente en forma de drama o de comedia, quizá ambas, las relaciones interpersonales, las parejas.
He llegado a pensar que es bastante ridículo que me gusten esas películas, jamás he pasado por una situación similar en mi corta o larga vida, como lo quieran ver. Mi consciente o inconsciente, honestamente no sé cuál, piensa que debo vivirlo a través de estas películas para no sufrirlo en carne propia, patético, el cine no refleja la realidad, al menos no en su totalidad. Supongo que me ayuda como catarsis, pero de qué.
Últimamente que ha habido días lluviosos, pero sobre todo han llegado cosas a la mente, que antes no pensaba o dejaba en último término porque había problemas más inmediatos, pienso aún más y trato de llegar a resoluciones optimas; pero no tengo idea de qué o cuál es una resolución óptima.
El viernes pasó algo extraño, vi algunas fotos. Había tomado una decisión respecto a un problema que tengo, estaba realmente decidida, incluso la opinión de varias personas a mi alrededor era positiva acerca de mi decisión. Me sentía más valiente de lo que podía imaginar, más honesta conmigo misma y con los demás, casi encontraba las palabras para expresarlo, el momento, la circunstancia, todo estaba puesto. La verdad también llegue a pensar en las posibles soluciones, y puede ser que todas me agradaban aunque algunas de ellas no fueran tan positivas. Pero vi esas fotos.
No puedo hacerlo, no soy esa clase de personas, no soy así. Nuevamente Juno tiene razón “lidiamos con cosas que van más allá de nuestro grado de madurez” o más bien, yo descubrí que sigo sin la valentía necesaria, y por supuesto que la peor o la mejor resolución no me llevará a nada. Sigo con el pensamiento de vivir a través de esas películas cosas que por muy intensas que sean, no quiero que me sucedan.
Lo mejor es olvidar las cosas que nos perjudican, al menos intentarlo. Y continuar con la vida.
domingo, 14 de agosto de 2011
El problema cuando se pone el sol
Vi dos películas que iluminaron mis pensamientos de algún modo y que por otra parte, en la forma más llana y simple están altamente recomendadas por mi.
Las cosas simples de la vida se pierden entre tanta espectacularidad del planeta, todo es tan prefabricado, tan espectacularizado y a la vez tan banal; que ahora las pequeñas cosas no importan. Cuando uno se encuentra solo, a menudo hacemos menos este acto, nos aburrimos con facilidad porque así como es difícil convivir con los otros, es más difícil convivir con uno mismo. Al tratarse de dos personas cuyos lazos son tan apegados, la cosa cambia ¿cómo ver tal relación?
Sofía Coppola es una experta en este rubro, lo vi en Lost in translation. Como directora debo decir que es casi imperceptible a primer vistazo un sello característico de la Coppola. Pero después de ver sus películas, más aún las que ella escribe, es inevitable ver la forma en que es imprescindible de los actos solitarios, del encuentro con uno mismo, para encontrarse con el otro y acabar con uno mismo.

Somewhere trata de algo… “simple”, lo digo por la espectacularidad que decía antes, no, no es un tipo que entra en el sueño de otro tipo para robarle una idea y no sé qué otra cosa jalada de los pelos. Las historias de Sofía Coppola son tan cotidianas como tomar un vaso de leche por las mañanas.
Un joven actor con su vida desenfrenada y un tanto irresponsable se reencuentra con su hija. Muy significativo de forma personal. Debo mencionar que ese tipo de relaciones humanas son más complicadas. Y expresar sin mucho diálogo este tipo de relación, me parece una forma bella y nada pretenciosa de plasmarlo. Hay una secuencia hermosa entre padre e hija dentro de una piscina, que no pueden perderse.
Por otro lado, tenemos otro conflicto, bueno, a decir verdad varios. Cuando uno es muy joven y me refiero, a MUY joven, no nos damos cuenta de cuánto nos afectan las cosas a nuestro alrededor. Las sentimos, es inevitable, en esa etapa pre adolescencia, adolescencia y post adolescencia somos más viscerales, o eso dirían algunos psicólogos o empedernidos por el asunto psicológico.
Cuando comienza la etapa adulta y durante la edad adulta comenzamos a darnos cuenta que aquello que más nos afecta proviene de esa edad joven, de los conflictos, traumas y situaciones en la adolescencia. Insisto en mi pensamiento de, que a pesar de encontrarse en la educación secundaria, es cuando uno comienza a ser un poquito más observador e innegablemente a diferenciarse de los demás.
Submarine trata de eso en el estilo único del humor inglés y de un toque especial por parte del director Richard Ayoade. Además del tema de la relación humana: padres e hijos, trata el tema de los amores adolescentes, qué tan pasajero es un amor de juventud, qué tan marcados nos puede dejar y la pregunta que constantemente me hago al ver a una pareja de adolescentes ¿se vale enamorarse a dicha edad?

En número dos de las relaciones humanas más complicadas después de padres e hijos, pondría relaciones de pareja. Insisto cuando uno es tan joven no se percata de qué tanto daño nos hace las situaciones y sobre todo las personas a nuestra vida. Imagino que cuando uno conoce a una persona, se enamora y mantiene una relación tan joven quedan secuelas que generan inseguridades reflejadas en nuestras relaciones actuales.
Cuando una chavita, de esas que escasean y agradezco que a su edad tenga esa capacidad de discernir, puso el tráiler de la película en Facebook, puso algo muy interesante, algo así como “esto le pasa a la gente que se enamora”. Hablar del amor en esos términos me resulta por demás complicado, temo banalizarlo o darle demasiada importancia, ser cursi o demasiado pesimista, pero imagino que tendrá razón esa chavita. Enamorarse es algo complicado, sobre todo porque se pierde el equilibrio, diría un muy buen amigo mío “alguien siempre da más que el otro”.
Tal vez sea buena idea lo que Oliver Tate les decía a sus padres en su depresión ante la ruptura “me va a importar cuando tenga 38”, deseo que pueda ser de esa forma. Mientras tanto vean las películas.
lunes, 8 de agosto de 2011
La risa en vacaciones I
Oficialmente estoy de vacaciones. Para bien o para mal, digamos que una de mis preocupaciones constantes ha desaparecido momentáneamente, me deja contenta, pero también me dejo una enfermedad horrible que no ha desaparecido y no me ha permitido disfrutar, como se merece, las vacaciones; entre otras varias cosas.
A pesar de mi enfermedad, he intentado salir a distraerme un rato y pasarla bien en compañía de mi misma. Las consecuencias a veces son malas, por ejemplo esta el hecho número uno, acompañado de la gastritis se encuentran los ascos, por eso siempre que te diagnostican la gastritis hacen la asociación al embarazo, el metro, en este sentido, se ha vuelto mi peor enemigo.
No sé a quién rayos se le ocurrió la magnifica idea de colocar puestos de comida, deliciosa y nutritiva cabe señalar, dentro del metro. No imaginan el martirio que es pasar al lado de dichos locales con un asco tremendo, o en su defecto ver a los niños pasar frente a los ventiladores que rocían agua con la boca abierta. Entre esas dos cosas no sé cuál es más asquerosa.
La semana pasada decidí ir a un museo, pensé “hey, que mejor idea de diversión solitaria que ir a ver una exposición en un museo”. Fue buena idea, salvo la segunda consecuencia de mi convalecencia: el dolor de la patita mala. Y debo mencionar que eso no fue lo peor del asunto. Una vez dentro del museo, estaba yo, tranquilamente observando aquellas piezas de arte y escucho voces estridentes y con una evidente incapacidad de articular bien las palabras. De pronto se acercan y… era unos hipsters.
No sé qué sucede con esa gente, están mal de su cabeza o algo, quizá sus madres los tiraron de pequeños, pues no encuentro otra razón de su estupidez, quería alejarme de ellos, pero eran demasiado escandalosos, ni siquiera sé lo que decían porque no tenía sentido lo que salía de su boca. En pocas palabras se quejaban de la exposición, cosa que molesto a más de un presente en el lugar. Tal vez fue mi ignorancia, a lo mejor me estaba alejando de la próxima curadora del Louvre y no lo sabía. Pero ciertamente… no lo creo.
Los siguientes días, después del museo, salí con amigos, me di un descanso a mi misma, sin contar la tontería que hice de comer unos tacos al pastor estando enferma de gastritis, pasó bien. Resulta ser que me suceden las cosas más extrañas y ridículas cuando me encuentro sola, a excepción de otra amiga que le pasan las mismas o quizá cosas aún más extrañas.
Soy de esas personas a las que detiene un vendedor y jode y jode hasta que se da cuenta que soy pobre y por lo tanto no le compraré nada. Soy de esas personas que caminan por la calle y algo la distrae, y choca con las personas. Soy la que se atora en los torniquetes del metro; la última en bajar en las estaciones terminales; la que da miles de vueltas para encontrar el transborde correcto; la última en atravesar la calle cuando miles de transeúntes ya pasaron, y soy definitivamente a la persona que más golpean en la calle “sin querer”.
Hoy fue memorable. Subí al microbús, destino: el metro. Me alegre que hubiera pocas, pero amables (lo digo por su aspecto) personas en el microbús, siempre es bueno eso, porque luego va llenísimo o en su defecto casi vacío con dos o tres personajes adoradores de San Judas Tadeo. Iba tranquilamente, sin molestar a nadie, trato de mantener mi bajo perfil en todo momento, escuchando música. Veía por la ventana y sentí al lado mío la presencia de un ser extraño, de pelaje grueso, ojos rojos y grandes, le salía un cosa extraña por lo labios, con garras y… no, no es cierto, era sólo una señora, de unos cincuenta y algo, le calculé.
La verdad estaba escuchando música bastante deprimente e iba a hacerme unos estudios –menciono esto para contextualizar –no sé pues, cómo me vería ante los ojos de esa señora. Me tocó el hombro, yo como educadamente sé hacer, me quite inmediatamente los audífonos y le cuestioné qué necesitaba. Sigo sin poder creerlo, pensé que me preguntaría por alguna calle que con seguridad desconocía a pesar de vivir ahí por 21 años, pero no. Me dio un papelito y me invitó a una iglesia cristiana. Pueden imaginar mi cara ya que, gracias a Dios soy atea.
Además de eso, percibí algún mensaje subliminal en sus palabras, ya que dijo cosas como: “en este lugar vas a poder hacer amistades, de tu edad”; “hay mucho jovencito, mucho joven, muchas parejas, matrimonios”; “vas a hacer amigos sinceros, porque bueno, a veces uno se equivoca”, soy yo o me estaba ofreciendo amistades, pues soy una persona solitaria y… ¡además pareja!, qué ganga. Ya saben saco otras frases cristianas del tipo el señor te habla, dios y la biblia, acercase a dios, dios y su bondad, etc., etc.
Además de invitarme a hacer amigos, obtener pareja y posteriormente casarme, me orilló a decirle qué día podía ir a una plática. Además me preguntaba qué pensaba, tenía muchísimas ganas de reírme y decirle que ni en dios creo, pero como estaban las cosas me iba a exorcizar en ese instante, y bueno también por respeto. Tengo una opinión muy distinta de la religión y dios, pero como aparentemente buena persona, escuché con atención todo lo que me decía la señora.
Después de realizarme mis estudios, de casi desmayarme al ver mi sangre y nuevamente gracias a esta enfermedad, mereciera que me preguntaran por vigésimo tercera vez si estaba embarazada, decidí ir al cine solita.
Sigo pensando si eso de ir al cine sola no será algo muy deprimente, me di cuenta que sólo sucede en los cines comerciales, obvio va más gente, acompañada de otra gente, bueno pues lo normal, con toda razón a pesar de decirle a la amable señorita de la caja que requería sólo un boleto, me preguntó "¿cuántos?", le sonreí y le dije “uno por favor”.
Me metí a la sala lo más pronto posible para encontrar un buen lugar, me senté hasta arriba, pensé de forma ilusa no toparme con personajes inverosímiles o escuchar algún tipo de conversación irritante y molesta. Me alegró ver que no era la única sola y sin amigos en la sala, y de hecho la sala estaba casi vacía –gracias Capitán América –pero como mi mala suerte me persigue, deje a un lado la pareja chaca a siete butacas de mi, ya saben de esos que no alcanzaron a ver Capitán América y pues se les hizo como que el título estaba pasadon. Pero la pareja sentada justo enfrente de mi, la odie.
No sé cómo no se les acalambraron los labios, porque no dejaron de besarse durante toda la película, los avances y comerciales, era realmente incómodo, escuchar los besos y aunque no lo crean, lo sé, estoy demente, me dio muchísimo asco. Luego sólo veía danzar sus brazos prosaicamente y estaba a punto de patear sus butacas, pero me contuve porque intento ser una persona civilizada. Al final estaba tan entrada en la película que les reste importancia, aunque ganas no me faltaron de levantarme de mi asiento y escupirles.
En fin estas han sido parte de mis vacaciones, ¡quiero regresar a Amnistía! Pero mi enfermedad no me deja recorrer grandes distancias.
Por cierto Ebrard se vuelve a casar, no sé por qué lo mencionó, me acordé. Eso del matrimonio es una epidemia… mató al siguiente que me diga que se va a casar.

