A
veces creo que jamás voy a regresar a la casa. Me sucede frecuentemente en mis
largos, largos recorridos de un lugar a otro. Muchos me han dicho, hasta
extranjeros, que estoy completamente demente por recorrer las distancias que
recorro. Pues realmente si estoy demente, pero no creo que sea directamente
proporcional a mis recorridos. Se requiere de mucha paciencia, créanme de
mucha.
Hoy
fue casi imposible llegar a tiempo a la escuela, hice dos horas y media, sí,
dos horas y media de camino. Cuando subí a los andenes en la estación 18 de marzo y vi que con toda seguridad tendría que esperar por lo menos cinco
trenes para subir, y cuando lo logrará sería seriamente asfixiada, desistí. No
es que sea muy nena, pero cuando el metro llega así descubro que puedo tener
interacción muy cercana con gente desconocida, da miedo.
Y
empezó la travesía. Caminé el trasborde de 18 de marzo (línea verde) al Rosario
(línea roja), de ahí hice otro trasborde dirección Barranca del Muerto (línea
naranja) para finalmente en Tacuba hacer el trasborde dirección Taxqueña (línea
azul). Tiene todo el sentido del mundo que me marque mi hermana y me diga “oye
es que no sirve el GPS de mi celular, cómo llego al metro allende”.
Aún
me faltan muchas rutas por descubrir. Y sí admito ser de esas personas
enfermitas que se han subido al metro a recorrer línea tras línea simplemente
por que sí. No tengo la menor idea de cómo sucedió, supongo, las circunstancias
me llevaron a eso. Si mi yo de quince años se viera a los veintiuno, no lo
creería. A esa edad necesitaba instrucciones cinco veces para llegar a la
tiendita de la esquina.
Algo
que, quizá ya haya mencionado antes: los caminos largos sirven para algunas
cosas, por ejemplo, leer tarea, leer un libro por gusto, leer un libro por
obligación, escuchar música y la peor: pensar. ¡Rayos! Porque no dormir y ya.
No, no eso del camino siempre da mucho, mucho en que pensar. Muchas veces no
deja nada positivo pero hoy recordé algo.
De
pronto con eso de la impresión de mi misma por el hecho de conocer de algún
modo esta caótica ciudad. Recordé mis tiempos de bachillerato, todo era
desconocido, inocente de algún modo y mucho más fácil. Las amistades, los
trabajos, las tareas, la escuela, las relaciones familiares y sí, hasta los amores
y enamoramientos. Eso me llevo a recorrer muchas caras mentalmente. Y caí en
cuenta de una anécdota extrañísima.
Hace,
serán unos dos años, fui al concierto de Coldplay, hacía aquellas pubertadas de
irme a formar mil horas antes, inútilmente debo agregar. Platicaba con uno de
mis amigos, esperábamos formados para entrar al acceso de General A en el Foro
Sol. De pronto veo a un tipo alto, moreno, chino, muy chino de esos con cabello
de micrófono. Me vio y yo lo vi, nos reconocimos.
Él
se acerca y me saluda de beso y toda la cosa –le falto abrazarme – me
dice: “Hola, ¿cómo estás? ¿lista para el concierto?”, yo lo saludo y contesto:
“Bien, pues si ya lista”. Él continua la “charla” diciendo: “y qué onda… ¿estás
en general A?” a lo que respondo afirmativamente y hago lo propio preguntado:
“¿y tú?”, el hombre dice decepcionado: “no pues general B, uno que es jodido,
pero bueno me voy para formarme y alcanzar buen lugar, pásala chido”; yo sonrió
y le digo: “gracias, igual”. Finalmente el hombre me dice “oye… ¿y de dónde te
conozco?”.
Muy
bizarro, y sí, si lo conocía no crean que por hacérmelas de muy sociable hablo
con cualquier persona. De hecho mi amigo comenzó a reírse cuando el hombrecito
dijo eso, después claro de burlarse de mí un rato.
Entonces
mal sentada en el asiento de un autobús, recordé aquello. No han pasado tantos
años, pero siento que fue hace milenios de eso, y ni decir de cuándo conocí a
ese hombre, han pasado siglos. Por lo que mi reacción al recordar fue sonreír
mientras sentía una mirada de la persona sentada al lado de mi.

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