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jueves, 31 de mayo de 2012

Graduación



Ya casi termino, ya casi termino, es el pensamiento que quiero, me embargue todos los días últimamente, quiero que me llene para no estar pensando en el martirio que ha significado levantarme todas las mañanas, abrir la tesina y ver las correcciones que aún nos faltan por hacer, tomar el camión, soportar el tremendo calor y aguantarme las ganas de vomitar, tratando de pensar en otras cosas.

Todo con respecto a la graduación me genera nauseas, el término de trabajo que aunque ya es poco irónicamente siempre se convierte en lo más pesado; la réplica en la que me pondré nerviosa y nauseabunda, y finalmente todo ese ritual absurdo de la graduación.

No necesito algo simbólico que me recuerde que he concluido una etapa de mi vida que no volverá. No necesito una foto donde recuerde a esas personas a las que con el tiempo olvidaré, incluso borraré sus rostros de mi mente y su nombres. Ese ritual: la toga, el birrete, la fotografía, los agradecimientos y el anillo se me hacen cosas que sólo vi en las películas americanas adolescentes.

El miércoles que me costó tanto trabajo llegar a la universidad, comencé a pensar si la extrañaría. Cemento y arcilla, me dije a mi misma, cemento y arcilla. Cada vez que alguien pregunta si extrañaré contesto con absoluta firmeza que no; pero si me remonto a mis salidas de primaria, secundaria y bachillerato, no es que hubiera concluido tajantemente olvidarla, salvo la secundaria, pero siempre extrañas algo sobre esas etapas de tu vida.

Pase muchas, muchísimas cosas ahí, conocí a muchas personas ahí, aprendí de otro modo que no fue el estrictamente académico. No sé si a la larga ese tipo de aprendizaje sea más valioso que el académico, es un tipo de aprendizaje que seguro no me dará de comer. Quizá no extrañe la universidad con inmediatez, pero siempre he pensando que la vida estudiantil, no, me equivoco, no lo he pensando, todos me han dicho que la vida estudiantil es muy cómoda, imagino que eso extrañaré.

Mi familia quizá si necesite algo que recuerde que dentro de la familia, sería la segunda persona en terminar una carrera, yo no lo necesito. Honestamente todavía no encuentro algo en esto de finalizar la universidad que merezca un reconocimiento y de lo que verdaderamente me sienta orgullosa.

He pensado que dentro de unos cinco o diez años tal vez me arrepienta de no tener esa parafernalia que significa la graduación. Luego recordé lo terca que soy y orgullosa. Han pasado seis años y el día de hoy no me arrepiento de haber tenido quince años como toda mi familia se encargo de recriminarme. Por lo general no me arrepiento, asumo la responsabilidad y cuando me arrepiento trato de no externarlo. No creo que esta sea una excepción.

No juzgo en ningún sentido quienes deciden hacer todo ese ritual, supongo que ellos si necesitan aferrarse al pasado cómodo que tuvieron. Y también creo que ellos si están orgullosos de lo que significó su carrera y su esfuerzo en la universidad. Yo sinceramente no.

lunes, 12 de diciembre de 2011

Encuentros cercanos del tercer tipo



Hoy fue uno de esos días en donde la cama te escupe, donde tienes muchísimo sueño y al principio te rehúsas a levantarte, pero en cuanto uno de tus ojos se entreabre sabes que abres en realidad la puerta a las cosas qué hacer, decir y pensar en el día, por lo tanto, despiertas.

El día va normal dentro de lo que cabe. El incidente aquél navideño y las adoraciones a los santos y demás fetiches te aburre, te fastidia, sobre todo cuando encuentras los bancos cerrados. Ajá. Como si toda la ciudad fuera creyente y tal evento mereciera que nuestras actividades se paralicen. Error.

Cruzas la calle y lo ves a lo lejos, no lo distingues muy bien. Él te mira tampoco te distingue bien. Oh sí, lo sabes, sabes que es él. Oh sí, él sabe que eres tú. Muy diferentes, tantos años recorridos, te conoció cuando tu inocencia estaba en un punto casi terminado. Lo odiaste, quizá él no lo hizo pero disfrutaba verte sufrir. Oh sí, te encuentras con tu antiguo profesor de física en la secundaria.

De la Vega, y sin albur aunque bien podría quedar con el sentimiento que emanaba de mí cuando lo topaba, fue uno de los profesores más estrictos que tuve, para ser honesta le temía y lo odié en un periodo largo de tiempo. Mi rencor hizo que su presencia no  fuera de mi agrado. El colmo, vive casi al lado mío.

Me lo encontré veces anteriores a estas, cuando iba en tercero de secundaria –él en ese tiempo, se había salido de la secundaria donde yo iba –y unas dos veces en el bachillerato, donde por cierto, no dejo de sermonear por mi pobre y triste bachillerato.

En ese momento pensé “qué me cuesta saludarlo, después de un profesor como Roy Meza –antiguo profesor del módulo de tele el trimestre pasado, sobra decir, un maldito tirano desgraciado –él simplemente hasta da ternura”. Caminaba con tranquilidad y soltura, después de todo ya no era la Daniela de trece años que él conoció y sí, que algunas veces –varias- humilló. Me pase de largo y lo ignoré.

Eso de los encuentros con profesores, por lo regular jamás acaban en una sensación linda y placentera. Son situaciones raras e incómodas. Para mí en especial es que un profesor es un profesor y jamás he tratado a uno como mi amigo, me parece poco ético y… extraño. De lejos siempre es mejor, delimitar bien esa línea profesor/alumno siempre es la opción, sino luego se toman atribuciones que no les corresponden.

Me pase de largo, no porque le tuviera miedo, no porque fuera raro, aunque si lo hubiera sido. Fue porque la última vez que me lo encontré fue, cuando recién entré a la universidad ¿Qué se encontró él? A una Daniela muy feliz con haber entrado a la universidad que quería, a la carrera que quería y ese día que lo vi, le demostré lo orgullosa y feliz que estaba.

Él no podía quedarse atrás, cuando escuchó la carrera que elegí, hizo una mueca y se limitó a decirme "Daniela, esa carrera no te va a dar de comer", ese día me molesté, mi papá presenció el hecho y no dijo nada (ahora creo que pensaba lo mismo), lo que me hizo enojar más. Me pase de largo porque no quería que se diera cuenta que ahora Daniela cree que el profesor De la Vega tenía toda la razón, y que cada vez que mencionó la carrera que estudió hago la misma mueca que él hizo y que jamás olvidé.