Escribo
esto desatendiendo mi tradición de publicar y escribirlo los días 28 de
diciembre. Lo publico en el lugar que tantas satisfacciones e insatisfacciones
me ha dado. Publico esto en las redes sociales que hacen que uno se sienta tan
cerca y tan lejos de las personas. Escribo esto, en este extraño año que en
unas semanas terminará.
Ahora
no es ni por trimestres, ni por meses. Realmente no sé cómo comenzar a contar
este año tan caótico y tan emocionante a la vez. Este año donde todo fue nada y
donde nada fue todo. Creo que lo llamaré el año de la crisis, de una tormentosa
crisis que en algún momento debe acabar.
Ni
lo haré por meses, ni por trimestres. Lo haré por recuerdos porque al final es
lo único que queda y, si recuerdo los meses y el orden es mucho decir.
Empecé
el año pensando que sería emocionante, que el hacer lo que a uno le gusta
podría bastar para sobrellevar la vida en general. Comencé haciendo las cosas
que me propuse empezar: servicio social, francés, diseño gráfico y clases de
baile. Sí, clases de baile.
Enero
fue muy bueno, de mucha abundancia y de mucho tiempo. Me divertí muchísimo.
Entré a esa zona de estabilidad y confort. Inicié una rutina pequeña pero
relajante, yendo al mediodía a clases de francés y un día a la semana a
servicio social. Parecía que todo iba a pintar de maravilla, en el servicio me
felicitaban por mi trabajo, el francés se me dio con naturalidad, el diseño me
costó trabajo al inicio y las clases de
baile con mi sobrino eran divertidísimas.
Luego
vino el primer reto profesional: cubrir la Feria Internacional del Libro en
Minería. Me dio miedo y no puedo decir que lo hice excelentemente, pero intenté
hacer mi mejor esfuerzo. No estuve satisfecha con los resultados, sin embargo,
aprendí muchas cosas en dos semanas. Nunca aprendí eso en la escuela. Creo que
fue en ese momento donde me di cuenta que mi “estabilidad” comenzaba a
debilitarse.
¿Recuerdan
que el recuento del 2012 terminó con una esperanza? “Realmente pasará, algo
pasará”. Ver a Blur en vivo es de los recuerdos más hermosos que llevó de este
año. En realidad, les confieso, el concierto de Blur inició el viaje emocional
de este año. Hoy parece que fue hace siglos y me cuesta trabajo pensar que fue
este año. Jamás olvidaré lo que sentí al escuchar Tender compartiendo lo que
significa para nosotras.
Después
de Blur parecía que podía enfrentar cualquier cosa. Vino otro reto profesional:
escribir crónica. Nuevamente temí porque he descubierto que mi inseguridad es
infinita. Al final, después de todas las complicaciones resultó algo muy
positivo. Conocí a personas que si no hubiera sido por ese trabajo jamás
hubiera conocido. Escribir no es tan sencillo y en cierto modo se requiere de
valentía. Conocí a unos tuitstars.
En
abril llegó a mi vida una personita especial. Ese mes nació Valentina y fue
difícil y feliz al mismo tiempo. Pensé que como familia ya no podríamos
enfrentar momentos como esos. La vida de muchos de nosotros cambió a partir de
su nacimiento y nos enseñó a ser fuertes. El día en que Valentina nació
descubrí todo lo importante que son mis sobrinos para mí.
Se
acercaba peligrosamente la mitad del año. Digo peligrosamente porque se
acercaba mi cumpleaños número 23. Para mayo estaba terminando mi servicio
social, pero las cosas se complicaban cada vez un poco más. Terminar el
servicio social estaba bien, pero ¿y luego? Pensar en el futuro se volvía una
necesidad.
Desde
el año pasado, imaginaba cómo cambiaría mi vida saliendo de la escuela. Comencé
a trabajar sin estar del todo segura y me salí del trabajo. Hice mi servicio
social y a pesar de la renuencia a mi vida de estudiante, es la vida de
estudiante la más sencilla. Crecer es complicado.
Tuve
mi primer entrevista de trabajo. Es escalofriante, sobre todo cuando no estás
preparada. Mantuve la actitud positiva, pero los nervios me vencieron después
de todo. No estoy segura si fue eso lo que jugó en contra mía mayormente o mi
falta de competencia. No me llamaron, pero me sirvió para reafirmar que
necesito ese cambio de actitud en cuanto a seguridad y autoestima.
En
junio cumplí 23 años y me aterró. Lo vi muchas veces, casi todos mis amigos son
más grandes que yo, hasta los que tienen mi edad cumplen años antes que yo. Fue
ese mes, ese mes donde todo cambió. Me empecé a alejar de la gente porque no
hay explicación, soy así. Los 23 pesaron y pesan. Esa crisis que tanto vi en
mis amigos llegó inminentemente y atacó con toda fuerza posible.
El
verano llegó y no significó ninguna diferencia. Salvo que me sentía más incómoda
y necesitaba terminar con un asunto. Lo dejé muchas veces por MIEDO. Estúpido
miedo que no deja avanzar. Tomé valor y enfrente las cosas, quizá no de la
forma más madura, pero me quitó un peso de encima. Tiempo después me causó
otros problemas que he ido superando con el tiempo.
Dejé
el inglés, pero no pasó mucho tiempo para retomarlo. Hasta ahora voy mejorando
y redescubrí cuánto me gusta. Ese agosto fue tranquilo, fue como si una nueva
flama se encendiera o como si otra vez estuviera en paz conmigo misma. El
futuro no significaba mucho, al menos no en ese momento. Aún así me sentía
deprimida.
Un
día, de mi rutinaria vida actual, leía noticias y me enteré de que Danny Boyle
venía a México al Festival Internacional de Cine de Guanajuato. ¿Por qué no?, me
dije a mi misma. No tenía con quién ir, tampoco sabía con certeza si podía
costear el viaje, aún así lo hice. El primer viaje que hice sola fue la segunda
pieza de este recorrido emocional. Las palabras de Danny Boyle, los ojos con
los que vi Guanajuato tras todo estos años, la tranquilidad que sentí en ese
balcón. Gracias a ese viaje, mis problemas financieros se complicaron, pero no
me arrepiento de haberlo hecho, nunca.
La
vida siguió “normal”. Normal hasta un encuentro no tan inesperado. Uno siempre tiene
que enfrentar las consecuencias de lo que hace y no siempre estamos preparados
para ello. Aprendí mucho de esa experiencia, aprendí sobre las cosas que deseo
y cómo deseo ser querida. Al final descubrí que por mucho que ignore mi vida
amorosa no tengo un black hole.
Decidí
cerrar mi cuenta en Facebook. La depresión y la amargura que me invadía era más
grande de lo que pensaba. Soy como soy, honestamente a veces necesito alejarme
de las personas para no lastimarlas. Habían pasado meses y cada mes se me hacía
un año. La desesperación me invadía y no podía estar feliz por otras personas,
no podía compartir su felicidad y tampoco quería compartir mi amargura.
Fue
muy útil, me sirvió para aprender y entender. De alguna forma vuelvo al modo
reservado, aunque esto no se lea muy reservado. Créanme que me guardo muchas
cosas que no son necesarias ventilar. Además de, claro, combatir eficazmente mi
insomnio y disminuir la importancia a cosas que no las tienen.
Inicié
un curso de fotografía como último recurso para encontrarme a mi misma y quitar
miles de espinas que he tenido desde hace años. Al principio me entusiasmó,
después llegó la frustración al no entender las cosas. Al final decidí hacer
las cosas con la misma pasión que siento por los conciertos y la música.
Unos
meses atrás se había anunciado el cartel para el Corona Capital. La mala
costumbre se apoderó de mí y fuimos. Fue distinto porque este año fui con mis
sobrinos y mi hermana, pero con nadie más hubiera podido ver a Travis y a
Phoenix. Imaginé que pasarían muchas cosas, pero en los conciertos siempre se
superan mis expectativas.
Estar
con mis sobrinos fue divertidísimo, escuchar a Quadron fue mágico. Sin duda,
ver a Travis y a Phoenix significaba para mí concluir esta etapa extraña y
difícil por la que atravesaba. Lloré como un bebé al escuchar Turn, sorprendí a
mi hermana haciendo lo mismo mientras gritábamos “I want to feel forever young”.
Phoenix lo hizo de nuevo y nos emocionó
hasta los escalofríos.
Sabía
que este año no habría muchos conciertos. Blur y el Corona eran los únicos
planeados, pero luego vino Muse. Me invitaron al de Muse y resultó ser una
revelación, nunca imaginé que me provocaran lo que me provocaron. Hasta el día
de hoy no me repongo emocionalmente, creo que pasaron días en los que lloré
después de ir al concierto.
Algunos
dirían: fue la gota que derramó el vaso o la sal a la herida. Muse me hizo
darme cuenta que ya no soy tan joven como pensaba, que el tiempo ha pasado y
mientras más espero a que sucedan las cosas nunca pasaran. Blackout me mató y
cada recuerdo que pasó en mi mente desde los 13 hasta mis 23 años.
Los
días pasaban, unos mejores, otros peores. Otra vez pensar en el futuro se
volvía necesidad. Regresó la angustia, la desesperación, la depresión y la
tristeza. Uno debe estar atento a las señales, debe detectarlas antes de que
ataquen con toda su fuerza, pero sobre todo debe estar preparado. Yo nunca lo
he estado.
¿Qué
más podía pasar? No hacía algo importante en mi vida, me incomuniqué con la
mayoría de mis amigos, además por enésima ocasión fui víctima de los asaltos y
me robaron el celular, también dejé de escribir frecuentemente a pesar de los
ánimos y cumplidos recibidos. Los problemas económicos siguen en ascenso y los
temores siguen ahí como la piedra en el zapato. ¿Acaso algo extraordinario
podía pasar?
Lo
hizo. Lo hizo porque no sé cómo suceden esas cosas. La última semana de
noviembre, sin previo aviso y gratamente sorpresivo, me invitaron al concierto
de Incubus. Todo este viaje terminó ahí, de algún modo. Fui con una amiga que
no veía hacía muchísimo tiempo. La emoción preparatoriana de los conciertos fue
increíble y nuevamente un concierto me salvó la vida. Lo sentí cuando nos
abrazamos en Dig y cuando canté hasta lastimar mi garganta “I wish you were
here”.
Tuve
una segunda entrevista estos días. Estoy concentrada en convertirme en una
persona adulta, aunque todavía no sé qué, con exactitud, signifique eso. Por
supuesto, tengo como prioridad terminar el inglés, porque es de las pocas cosas
que he seguido con esmero y que fue un propósito desde la adolescencia cuando
aún tenía sueños y esas cosas.
Dejé
el francés por un tiempo porque aún sigo con la incertidumbre del no sé qué
sigue y porque continuo con problemas económicos que necesito resolver. Hace
poco fui a visitar mi antiguo trabajo, en realidad, fui a visitar a mi hermana,
parece increíble que fue hace un año. Ese día vi que el tiempo pasó rapidísimo
y sin control.
No
sé qué pase, no quiero ilusionarme y tampoco quiero ser pesimista. Supongo que
al leer esto ya estaré de nuevo con una cuenta en Facebook, pero al menos
cumplí el plazo de 3 meses a lo mucho sin esa cosa. Las cosas ya no serán
igual, siempre lo supe pero nunca estuve tan segura de ello “I’ll never be the
same” dice Incubus en Pardon me. Aunque eso sí, conocí a muchas personas y ya
es mucho decir.
Por
otro lado, aún tengo miedo. Es un miedo terrible acerca del futuro. No sólo de
mi futuro, del futuro en general. A veces quisiera no ser tan sentimental o
cursi, incluso desearía ser ignorante, las personas ignorantes son felices. Todo lo que
ocurre alrededor, las pérdidas, las injusticias, los silencios, la violencia,
todo me afecta desmesuradamente. Me da miedo ver la situación actual, me da
coraje y me da tristeza. Quisiera que fuera más el coraje así al menos
actuaría, pero sólo muero de miedo.
Después
de tanto leer, de tanto ver, de tanto escuchar, de tanto sentir, me siento con
las manos atadas. Se acaba el año y la vida “avanzo”, el mundo retrocedió, la
tecnología nos rebasó, pero yo sigo estancada. Escucho canciones subversivas y
espero tener el coraje y la fuerza para que sea el primer minuto del 2014 y no
sienta miedo. ¿Qué pasará? A estas alturas, cualquier cosa podría pasar.
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