Estoy
intentado nuevas cosas en mi vida. No muy arriesgadas porque no soy de esa
clase de personas. Intento darle a mi vida diaria un elegante y sutil toque
especial. Honestamente no sé si lo he logrado, pero me hace sentir bastante
bien.
No
había tomado un idioma hasta los dieciocho años cuando iba a, supuestamente,
aprender inglés con los mormones. Además de que son raros, la verdad es que si
no tienen una técnica de enseñanza a pesar de ser su lengua nativa, son malos
enseñando.
Hasta
antes de los doce años mi único contacto con otro idioma eran las cintas de
personajes en inglés, que yo pobremente trataba de emular. Cuando en la
secundaria me asignaron la clase de inglés, debo confesar, sufrí un poco. Luego
inesperadamente salió alguna extraña habilidad para el idioma. Perdí con el
tiempo esa habilidad.
En
algún momento de mi adolescencia pensé estudiar algo relacionado con idiomas.
No estoy segura si se me daban los idiomas, pero era algo que me resultaba
encantador. Dicen que también es bueno para la memoria y de haberlo sabido
antes me habría ayudado bastante.
Me
metí a clases de francés. Dentro de mi rutina necesitaba otra rutina lo
bastante interesante para querer salir de casa todos los días. No quiero
aprender francés para ir por la vida diciéndole a la gente que sé francés. Me
parece que era una buena decisión, sólo eso.
La
verdad me provoca urticaria eso de la gente presuntuosa con los idiomas. Mi
intención no es eso. Aún no sé lo suficiente de español como para decirle al mundo
que sé otro idioma.
Hasta
ahora con una semana y media puedo decir que es interesante. No es fácil o
quizá lo mío no sean los idiomas y sigo aferrada. Pienso que algún día podré
sostener una conversación vana y simple con un inglés o próximamente con un
francés. No lo sé. Sólo sé decir tres frases en inglés y francés, y otras más
con mucha torpeza en español.

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