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martes, 12 de marzo de 2013

Aspiración periodística



Voy a confesar algo. Lo que confesare tiene mucho que ver con mis sueños adolescentes y mis metas, y tal vez con todo lo que soy o quise.

Mi sueño era escribir para una revista de música. Escribir sobre un disco, una banda, un concierto, un festival. Por eso hice lo que hice, por eso escribí lo que escribí y por eso soy como soy. Las aspiraciones siempre han llegado al grado de la NME y la Q Magazine.

No puedo decir que cuando decidí aquello mi ortografía siquiera fuera buena. Tampoco sabía cuál era el camino para llegar ahí. Sólo decía “quiero ir a Inglaterra”. Detrás de esa frase había un sueño muy elaborado. Puede ser que soñamos muy alto y resulta patético.

Me cuesta trabajo hablar con gente extraña. No puedo considerarme una persona extrovertida y sociable. La inseguridad parece ser mi apellido y mi trabajo esta siempre sometido a la peor critica: la mía. Elegir comunicación como carrera más que por convicción pienso que fue por capricho.

Cuando labore en esa oficina me sentía asfixiada. También creo que hacérmelas de muy artista resultará pretencioso. Hay una parte de mi, la que queda de mi adolescencia que realmente cree poder hacer las cosas bien. La otra parte de mi consiste en mi experiencia, en mi trabajo y en mis limitaciones, esa parte me repite todo el tiempo que mejor atienda otras cosas.

Hoy vi un pequeño vídeo. Era simple, duraba un minuto con treinta segundos, era una entrevista entre la agrupación inglesa The Vaccines, Graham Coxon y Alexa Chung. Vino como anillo al dedo. No se trata de aspirar a ser Alexa Chung, sin duda es una mujer con mucha suerte. Se trata de todo lo que en realidad tengo que hacer para llegar a una meta inalcanzable.

Tengo un nuevo reto por hacer. Una historia sobre algo que incluso para mi es difícil de explicar. Escribo en este blog y me percato de que estoy entre la ficción y lo que intenta ser crónica o periodismo; pero que finalmente acaba siendo un diario. Me piden estándares, lineamientos, fechas de entrega y todo parece real.

Me pregunto si me cuesta trabajo ahora cómo siquiera pensé alguna vez, de más joven que podría alcanzar una meta. Ahora con esto que reflexiono creo que fue una meta que imagine porque no había otra razón para hacer las cosas o porque había tanto amor por hacer las cosas que podría lograrlo.

Todos los día que pasan me doy cuenta que algo se desmorono. Pienso en que fue algo personal, no, más bien lo afirmo. Todos los días intento reconstruir aquello que se desmorono. Este año me propuse hacer muchas cosas y parece que mi intento resulta ser tumultuoso.

Estoy en todo y no estoy en nada. La orientación vocacional no sirve. Tampoco se si los sueños sirvan. Me pasa con el dibujo, con los idiomas, con el diseño, con la música y con la escritura.

domingo, 3 de marzo de 2013

Vocación de escritor. Lo que salió mal


Hay otro tema acerca de la Feria del libro que me perturbo. Ni siquiera mi inutilidad acerca de ser una reportera de medio pelo pudo superarlo. Creo que la razón es porque es algo que me gusta y porque me hizo pensar mucho acerca de mi futuro. Incluso acerca del futuro de este muy humilde blog.

Los escritores son personas extrañas. Tengo la fortuna o la desfortuna de entender un poco ese asunto del ser famoso. No porque yo lo sea, no se confundan. Lo entiendo por las bandas que he podido conocer. Lo entiendo por mi fase fan. Los escritores son muy parecidos a esas bandas de rock.

Una vez me dije a mi misma que los escritores suelen tener vidas esencialmente trágicas, el resto de nosotros sólo puede simular que su vida es trágica. Creo que eso los dota de esa pose de súper estrella que necesitan para eventos como la feria del libro. En mi lenguaje podría compararlo con los conciertos o festivales.

Un día al regresar de la feria del libro, platicaba con mi papá. Le comenté acerca de la imposibilidad de sacarle unas palabras y de pronto escupí: “yo no podría hacer eso… no podría darme mi taco así como ellos, es ridículo”. Mi comentario, de por si estúpido fue eclipsado por la respuesta de mi papá: “pero si ya te lo das”.

Podría interpretarlo como una forma de molestar de parte de mi progenitor, pero me dio mucho miedo. Pensar que una afirmación como esa fuera cierta me dio pánico. Yo simplemente escribo tras el ordenador ideas que están en mi mente. No soy sangrona por gusto, supongo que algún psicólogo dirá que es mi forma de defenderme.

Como sea pase los días encontrando a otros escritores. Unos más accesibles que otros. Los escuché con atención, no precisamente sobre la conferencia. Ponía atención en su forma de expresarse y sus ademanes, sobre todo después de la conferencia.

Ellos parecen actores. Llegan con una actitud, varios de ellos siempre son diferentes tras el micrófono y el templete que fuera de él. Algunos son más serios, otros parecen ser más informales. Yo sólo pensaba una y otra vez que no podría hacer una oración inteligente si estuviera en su lugar.

Me han dicho en dos o tres ocasiones, no voy a exagerar diciendo que todo el mundo me ha dicho sólo han sido dos o tres ocasiones, que venda lo que escribo. Estar metida ahí diez días no hizo más que reforzar mi idea de que vender lo que escribo sería un grave error. Mi trabajo no vale para mi y nunca, nunca me vería detrás de una mesa con un micrófono (a los cuales por cierto les temo, mucho les temo).

Hace unos días estuve pensando que cuando no estaba consciente de que alguien me leía se sentía bien. No los estoy menospreciando, siempre agradezco que lean esto porque podrían hacer cualquier otra cosa infinitamente más productiva. Es sólo que no quiero caer en clichés, en gremios, en lugares comunes.

No pretendo ser escritora. Estoy muy lejos de ese adjetivo, ya lo he explicado muchas veces. Pienso que llegué aquí por error, como por error estoy segura llegaron ustedes aquí. No quiero ser como ellos. Pero no sé qué quiero ser, ni lo que quiero hacer.

viernes, 1 de marzo de 2013

Vocación reporteril. Lo que tenía que estar bien


Tuve dos semanas arduas. Lo digo ya que por mi poca actividad hacer tres cosas más para mi es arduo. Lo pensé durante cuatro meses laborando: todavía no estoy segura de ser del tipo trabajador. En realidad, todavía no estoy segura de muchas cosas.

Resulta que decidí meterme a un diplomado de diseño. La razón fue porque al recordar algo que me hubiera gustado de mis 4 años en Comunicación Social, resultó que fue el trimestre de diseño. No imagino cuál parte de mi pensó que podría ser buena en eso.

Continuo con las clases de francés que entiendo y no entiendo a la vez. Y me aventuré como “corresponsal” para la revista donde hago o intento hacer mi servicio social. La idea fue mía: cubrir la Feria del libro de Minería. Me gustan los libros, las actividades pueden ser interesante, tengo que ser propositiva, pensé.

Creo que esta decisión resultó ser mi condena. Lo merezco por emocionarme demasiado antes de pensar algún resultado real. En estas dos semanas he aprendido tanto sobre mis errores que parece un bombardeo difícil de manejar.

Ingenuamente pensé que podría ir a algunas conferencias y, claro, claro mis tres habilidades con la escritura ayudarían. Luego pensé en tomar fotos –ando en mi faceta quiero ser comunicóloga –y podría desempolvar un poco la cámara.

Platicando sobre la cobertura salió que podría hacer las reseñas. No como un chorizote como yo habitualmente escribo. Tendrían que ser breves, claras, coherentes y útiles. Tomar fotos, lo considerábamos en segundo término, pues material fotográfico habría bastante. Finalmente vinieron las entrevistas.

No tengo vocación de reportera, mucho menos de periodista. Respeto mucho ambos oficios, sobre todo en este país, uno de los más peligrosos para ejercer el periodismo. No tengo la habilidad para hacerlo. Los que me conocen saben que no me gusta hablar con las personas, me irrita.

Acércame a la gente y ponerle mi mejor sonrisa parecía complicado. No lo era tanto en comparación con intentar cazar a los periodistas reconocidos y autores. Con ellos es diferente. Tenía el temor de que mi poca cultura e inteligencia soltara algunas frases incongruentes y no fuera tomada en serio.

Alguna vez pensé involucrarme en el periodismo cultural. Más bien como decía en mis múltiples entrevistas de servicio social: algo encaminado a difusión cultural. La verdad no existe tal cosa para comunicación. Explico a continuación:

Los primeros días no recibí un gafete de prensa como tal. Debo reconocer que pase dos o tres veces con un gafete improvisado y un sticker que los organizadores se dignaron a darme. Con ese gafete de primaria pasé por completo desapercibida, no así con la mochila enorme que cargaba. Temí que en cualquier momento preguntaran por mi proeza al meter una mochila sin ser “prensa”.

Al final recibí ese gafete que me hace sentir estereotipada y etiquetada. Cuando llevas algo así colgado en el cuello la gente se te queda viendo. No estoy segura si por curiosidad o por incredulidad.  Honestamente, cualquier hijo de vecina puede ser prensa.

Están los que se limitan a tomar fotos y los pobres andan en todas las conferencias tomando fotos a lo bestia. No entienden bien de qué va la conferencia, charla o presentación del libro, de hecho, no les interesa. Pero bueno a la gente siempre la apantallan con sus enormes cámaras y sus flashes deslumbrantes.

Están los que portan chalecos y vienen de un medio más o menos reconocido. Ellos suelen ser unas super estrellas. Quizá aún más que los escritores. Sienten que por entrar antes que la audiencia tienen un lugar privilegiado. Lo único que hacen es grabar conferencias o hacer acto de presencia y a veces descaradamente hablan sin parar.

Están finalmente los que si tienen ese talento y vocación reporteril. La mayoría son jóvenes, recién egresados o aún estudian la carrera. Portan su gafete con orgullo y cargan con una réflex. Ellos van tras los escritores y alzan su mano en la ronda de preguntas. Los veteranos son aún más aventurados y suelen tutear al escritor en cuestión y hablar de política con él.

Yo llevé algunos días mi cámara, cuando porté un gafete me daba pena portarlo, me sentía algo señalada. Creo que me di cuenta que no me interesa lo que me digan los autores más allá de su obra y de su conferencia, por lo que no los seguía. Nunca encontré una buena pregunta que hacer.

Al final, reconozco que hice un pésimo trabajo. Un pésimo trabajo como corresponsal, un pésimo trabajo como reportera, un pésimo trabajo como fotógrafa, un pésimo trabajo como redactora de textos e incluso un pésimo trabajo como audiencia.

A pesar de todo esto tuve una muy grande enseñanza. Podrían imaginar que se trata de encontrar el perfecto estereotipo sobre el reportero o periodista, pero no. Aprendí que es muy complicado encontrar una habilidad y que cuando lo intentas pero no sientes que estás bien no vale la pena.

Lo que no vale la pena tampoco, es atiborrarlos con mis penas, traumas y congojas. Sólo les puedo decir que: soy una pésima reportera y que el periodismo aunque lo respeto mucho no es lo mío.