El
dolor no me es ajeno. No puede serlo.
He
leído otra vez, lo que nadie quiere leer, lo que nadie se atreve a leer. Puedo
sentirlo, puede angustiarme y hacer que me pregunte miles de cosas. Lo quiero
saber todo. Yo quiero saberlo todo. No me es indiferente. Me afecta porque este
país, en el cual nací, me duele profundamente.
Tengo
tantas cosas que decir, por lo cual es, siempre difícil empezar. Bien, empezaré
diciendo que terminé hace unos días de leer el libro de Diego Enrique Osorno: “La
guerra de los Zetas”. Agradezco infinitamente la valentía de periodistas como
él, entre muchos otros, por escribir lo que sucede.
Hay
algo que escribió y me dejo irremediablemente marcada, es acerca de la falsa
paz que se vive en el Distrito Federal. ¡Qué falsa paz vivimos los citadinos de
esta urbe! Qué indiferentes somos, qué egoístas, qué deshumanos somos. Pasamos
los días quejándonos del tráfico, de las manifestaciones, de los puestos
ambulantes. Qué lejos nos encontramos de los verdaderos problemas.
Después
de leer el libro de Diego Osorno, pase días reflexionando, tratando de entender
lo que parece imposible entender: cómo un ser humano es capaz de hacerle tales
atrocidades a otro ser humano.
En
mi mente Nuevo León, Tamaulipas o Coahuila eran estados de la república que
encontrabas en el mapa de una papelería. Monterrey era la ciudad del cabrito,
el cerro de la silla y el parque fundidora; era la ciudad donde reside una
conocida que jamás habla en sus estados de Facebook de algo “malo”.
Hace
unos días en el trabajo, fueron unos clientes provenientes de Monterrey. Podría
tener un montón de preguntas y aún ahora, no sé por qué me las reservé. Mi
hermana les hizo la pregunta clave: ¿es verdad que está bien feo allá?. Uno de
los aludidos respondió: “Uy, lo que ves en las noticias, pues es peor, lo que
pasa en las noticias o en el periódico es la versión light”. Nosotros, en esa
oficina, después de tal declaración, continuamos trabajando. Ellos regresaron a
Monterrey.
Los
pensamientos nocturnos me siguen atacando: cuántos, cómo, quiénes, qué pasa
allá. Intentaba imaginarme los escenarios, los terribles escenarios que el
autor describía y a pesar de hacerlo con la mayor precisión, pensé que aún
estaba muy lejos de poder ver mentalmente cómo era San Fernando o Cadereyta, o
incluso Monterrey.
Hoy
abrí la página de internet de La Jornada. Había una imagen, se mostraba una
camioneta, usada por contrabandistas, atorada en el muro de la frontera con
Arizona, usaban unas rampas. Mis compañeros del trabajo vieron la imagen, para
ellos era inverosímil. “No es verdad” escuché a alguien decir.
Y
ahí comenzó un debate que rompió mi corazón. Mi hermana hizo un comentario que
me dejó inquieta todo el día. Me preocupa y por más que uso todas mis fuerzas,
es extraño el efecto que tiene en las demás personas mi esfuerzo por hacerles
entender.
Ella
dijo: “Por mi casa, cerca de X lado, hay una esquina donde se pone puro
centroamericano a pedir dinero, qué horror, que se pongan a trabajar o mejor
que se regresen a su país”. Pienso en si mi familia cree que mi voluntariado en
Amnistía Internacional era un pasatiempo.
Me
voltee a verla, algo indignada. Le mencioné que no tenía ni idea de lo que
pasaban los migrantes centroamericanos, de las torturas, peligros, vejaciones y
contratiempos a los que se enfrentan y ella respondió: “¿para qué se van de su
país, por qué no buscan algo en su país, como van a estar mejor acá, si les
pasa todo eso, que en su país con su familia?”.
Ella
es una de las tantas personas que piensa, erróneamente, que la gente pobre es
pobre porque quiere. En ese oasis de paz, tranquilidad y falsa prosperidad que
es el Distrito Federal, cree imposible la escasez de posibilidades. Me parece
también que eso es consecuencia de una grave, grave falta de información y, por
supuesto, lo peor: falta de humanidad.
Me
puse a pensar cómo era posible que no creyera realmente la falta de
posibilidades de salir adelante en este país. Cuando leí las descripciones de
los pueblos del libro de Diego Enrique Osorno, pueblos que no sólo han sido
olvidados por el gobierno, pueblos que han sido olvidados por nosotros, me
pregunté: ellos, ¿qué posibilidad tienen en medio de una guerra? Sí, de una
guerra.
En
la ciudad vemos como exageración decir que es una guerra. Guerra. No es una
exageración, sólo que los citadinos creen que las balas aún están muy lejos de
alcanzarnos.
Por
esas personas, por las que les es indiferente, por la forma de pensar, incluso
de mi familia, es la razón por la que no me es indiferente a mi. Cuando
les platico todo lo que leo, espero una reacción, no de sorpresa, ni de horror,
espero que les de el suficiente coraje para dejar de ser indiferentes, para
reclamar.
Otra
de mis hermanas dice que no puedo cambiar el mundo. No hay sentido en eso.
Todos los días, nuestras acciones cambian al mundo. ¿Si no venimos a cambiar el
mundo, entonces a qué?, dije alguna vez. No pretendo ser Gandhi o Mandela. Quiero que entiendan, entiendan que ELLOS podríamos ser NOSOTROS
como dijo Juan Villoro.
Esta
misma semana conocí a un abogado. Me dijo que viajaba mucho y le pregunté si no
le daba miedo, me respondió que sólo una vez en Monterrey los encañonaron “no
me dio miedo, ni los pelé, ya cuando nos sacaron la pistola, pues nada más
tomamos nuestras cosas y nos fuimos” me contó con aires de no darle
importancia.
Después
me relató otra experiencia: “Un día me habló un tipo, que según de los zetas,
que yo había metido a su papá a la cárcel y que no sabía con quién me estaba
metiendo. Yo me reí, le dije que hiciera lo que quisiera. Después otro abogado
le contestó y se dijeron groserías, el chiste es que ni hizo nada, es puro
cuento”. Me pregunté cuán real es para la gente que vive en el noreste una
experiencia como esa o, más grave, cuán cotidiana.
Nos
han dejado un enorme cementerio. Han dejado mucho dolor y sufrimiento. Y lo
peor que podemos hacer es ignorarlo o mitificarlo. Por eso valoro libros como
el de Diego Enrique Osorno y muchos reportajes, crónicas, entrevistas, análisis
de personas que escriben esto para no olvidarlo después, pero sobre todo,
para no lo olvidarlo ahora.
Cuando
leí el libro “La guerra de los zetas”, estaba leyendo al autor si, pero no sólo
lo leo a él, leo a todas esas personas que han sido golpeadas por una guerra,
una guerra cuya magnitud, en la Ciudad de México, parece incapaz de ser
percibida. Esas personas son reales, no son un mito, ni un hecho noticioso
solamente. Son heridas que le aquejan a este país “que aún se dice llamar
México”.
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