Tuve
dos semanas arduas. Lo digo ya que por mi poca actividad hacer tres cosas más
para mi es arduo. Lo pensé durante cuatro meses laborando: todavía no estoy
segura de ser del tipo trabajador. En realidad, todavía no estoy segura de
muchas cosas.
Resulta
que decidí meterme a un diplomado de diseño. La razón fue porque al recordar
algo que me hubiera gustado de mis 4 años en Comunicación Social, resultó que
fue el trimestre de diseño. No imagino cuál parte de mi pensó que podría ser
buena en eso.
Continuo
con las clases de francés que entiendo y no entiendo a la vez. Y me aventuré
como “corresponsal” para la revista donde hago o intento hacer mi servicio
social. La idea fue mía: cubrir la Feria del libro de Minería. Me gustan los
libros, las actividades pueden ser interesante, tengo que ser propositiva,
pensé.
Creo
que esta decisión resultó ser mi condena. Lo merezco por emocionarme demasiado
antes de pensar algún resultado real. En estas dos semanas he aprendido tanto
sobre mis errores que parece un bombardeo difícil de manejar.
Ingenuamente
pensé que podría ir a algunas conferencias y, claro, claro mis tres habilidades
con la escritura ayudarían. Luego pensé en tomar fotos –ando en mi faceta
quiero ser comunicóloga –y podría desempolvar un poco la cámara.
Platicando
sobre la cobertura salió que podría hacer las reseñas. No como un chorizote
como yo habitualmente escribo. Tendrían que ser breves, claras, coherentes y
útiles. Tomar fotos, lo considerábamos en segundo término, pues material
fotográfico habría bastante. Finalmente vinieron las entrevistas.
No
tengo vocación de reportera, mucho menos de periodista. Respeto mucho ambos
oficios, sobre todo en este país, uno de los más peligrosos para ejercer el periodismo.
No tengo la habilidad para hacerlo. Los que me conocen saben que no me gusta
hablar con las personas, me irrita.
Acércame
a la gente y ponerle mi mejor sonrisa parecía complicado. No lo era tanto en
comparación con intentar cazar a los periodistas reconocidos y autores. Con
ellos es diferente. Tenía el temor de que mi poca cultura e inteligencia
soltara algunas frases incongruentes y no fuera tomada en serio.
Alguna
vez pensé involucrarme en el periodismo cultural. Más bien como decía en mis múltiples
entrevistas de servicio social: algo encaminado a difusión cultural. La verdad
no existe tal cosa para comunicación. Explico a continuación:
Los
primeros días no recibí un gafete de prensa como tal. Debo reconocer que pase
dos o tres veces con un gafete improvisado y un sticker que los organizadores
se dignaron a darme. Con ese gafete de primaria pasé por completo
desapercibida, no así con la mochila enorme que cargaba. Temí que en cualquier
momento preguntaran por mi proeza al meter una mochila sin ser “prensa”.
Al
final recibí ese gafete que me hace sentir estereotipada y etiquetada. Cuando
llevas algo así colgado en el cuello la gente se te queda viendo. No estoy
segura si por curiosidad o por incredulidad.
Honestamente, cualquier hijo de vecina puede ser prensa.
Están
los que se limitan a tomar fotos y los pobres andan en todas las conferencias
tomando fotos a lo bestia. No entienden bien de qué va la conferencia, charla o
presentación del libro, de hecho, no les interesa. Pero bueno a la gente
siempre la apantallan con sus enormes cámaras y sus flashes deslumbrantes.
Están
los que portan chalecos y vienen de un medio más o menos reconocido. Ellos
suelen ser unas super estrellas. Quizá aún más que los escritores. Sienten que
por entrar antes que la audiencia tienen un lugar privilegiado. Lo único que
hacen es grabar conferencias o hacer acto de presencia y a veces descaradamente
hablan sin parar.
Están
finalmente los que si tienen ese talento y vocación reporteril. La mayoría son
jóvenes, recién egresados o aún estudian la carrera. Portan su gafete con
orgullo y cargan con una réflex. Ellos van tras los escritores y alzan su mano
en la ronda de preguntas. Los veteranos son aún más aventurados y suelen tutear
al escritor en cuestión y hablar de política con él.
Yo
llevé algunos días mi cámara, cuando porté un gafete me daba pena portarlo, me
sentía algo señalada. Creo que me di cuenta que no me interesa lo que me digan
los autores más allá de su obra y de su conferencia, por lo que no los seguía.
Nunca encontré una buena pregunta que hacer.
Al
final, reconozco que hice un pésimo trabajo. Un pésimo trabajo como
corresponsal, un pésimo trabajo como reportera, un pésimo trabajo como
fotógrafa, un pésimo trabajo como redactora de textos e incluso un pésimo
trabajo como audiencia.
A
pesar de todo esto tuve una muy grande enseñanza. Podrían imaginar que se trata
de encontrar el perfecto estereotipo sobre el reportero o periodista, pero no.
Aprendí que es muy complicado encontrar una habilidad y que cuando lo intentas
pero no sientes que estás bien no vale la pena.
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