Fue
hace unos tres años. Iba por mi segundo año en la universidad. Acababa de
comenzar el trimestre y la verdad no estaba emocionada. Habían pasado cinco
meses desde la última vez que pude sonreír de corazón. Imaginaba que esa clase
de expresiones o sensaciones de felicidad no se repetirían en mi vida.
Fui
a un concierto. No sé ni por qué decidí ir a formarme horas –muchas –antes del
concierto. No es que hubiera sido en un lugar muy grande, tampoco era que mucha
gente conociera a la banda. Quizá sólo fueron mis ganas de faltar a la escuela.
Había
hecho una estrategia para tal día. Aun ahora me parece complicado entender mi
emoción. No eran mi banda favorita. Quizá sólo fue que necesitaba pensar en
otra cosa, una un poco más agradable. Quizá sólo necesitaba salir de la rutina
y de la tristeza.
Cuando
llegué el lugar estaba vacío. Me sentí bastante tonta por haber llegado tan
temprano, pero tampoco quería regresar a casa. Me senté y espere, esperé. Dos
jóvenes se acercaron y claramente pude resolver que no iban al concierto, pero
que eran revendedores. Se asombraban de mi hazaña y creo que también se
burlaron un poco.
Platiqué
un poco con ellos a falta de compañía. Después de una hora llegó otra chica que
pensó en una hazaña como la mía. Me alegre porque al menos ella sabía
pronunciar el nombre de la banda que veríamos. Platiqué un largo –en verdad un
largo –rato con ella. Le gustaban las mismas bandas que a mi y me pareció muy
agradable. Agradecí no tener que pasar tantas horas platicando con
revendedores.
En
mi plan estaba que mi padre me llevara algo de comer. Insisto era un lugar
pequeño, aun no entiendo mi ridiculez. Pasó al trabajo de mi hermana por mi
boleto. La idea era que mi hermana me acompañaría pero era estaba trabajando y
no saldría hasta la hora en que abrieran las puertas del lugar, lo cual me
preocupaba. Yo quería estar hasta adelante.
Faltaba
poco más de una hora para que abrieran y yo presionaba a mi hermana para que
llegaran. Justo cuando ella llegó también lo hizo una mujer, se acerco a las diez primeras
personas de la fila. Nos dijo lo siguiente:
-
¿Estarían dispuestos a perder su lugar por
conocer a la banda?
Pensé
que era algún tipo de broma. La verdad es que ese pensamiento fue momentáneo
porque creo que fui de las primeras en decir que si. Mi hermana dudó, pero la
mayoría contesto afirmativamente.
Para
esas horas de la noche la chica aventurera y yo habíamos entablado algo así
como una cordial relación con los revendedores. Ellos nos dijeron que
apartarían nuestros lugares si salíamos antes de que abrieran al público. Nos
emocionamos aún más y con todo el amor de nuestros corazones les agradecimos.
Entramos
por la puerta trasera del recinto. Me temblaban un poco las piernas y voltee a
ver a mi hermana para saber que la emoción la recorría a ella también. Tomaron
nuestros boletos y nos preguntaron que si teníamos objetos que nos pudieran
autografiar podíamos hacerlo.
Entramos
y enseguida escuchamos los instrumentos. La prueba de sonido estaba en marcha.
Nos hicieron pasar justo frente al escenario. El lugar estaba vacío, éramos
diez personas como en un concierto privado. Y un sentimiento llegó desde la
punta de mis pies hasta mi cabeza.
Me
cuesta trabajo reaccionar ante ese tipo de situaciones. No son normales. Sabía
algo de inglés pero no podía recordar ninguna frase coherente. En esos casos la
humanidad regresa a su estado primitivo y comienzas a comunicarte por mímica, y
a hablar en tu idioma como si ellos te entendieran.
Pienso
que las bandas están muy acostumbradas y debe ser algo ordinario. Lo bonito del
asunto es cuando nos hacen creer que para ellos también es un momento único. Lo
hicieron bastante bien, con los más aventurados sostuvieron charlas normales.
Yo sólo podía observarlos y… sonreír.
Nos
firmaron nuestro boleto y salimos. Todavía no entraba el público y volvimos a
agradecer a nuestros momentáneos amigos re vendedores. Gente se quejó pero la
verdad todos estábamos tan felices que podían decirnos cualquier grosería y
nosotros sólo escucharíamos poesía. Corrimos y llegamos a la primera fila.
El
concierto comenzó. Cantamos y bailamos en nuestro reducido espacio. No puedo
asegurar que nos reconocieran, pero siempre quiero pensar que lo hicieron y que
durante el concierto nos dedicaron largas sonrisas. También quiero pensar que
tocaron esa canción porque mi hermana les dijo que la tocaran. Al menos en el
setlist que obtuvimos no tenían planeado tocar ESA canción, la que significa tanto para nosotras.
Al
final del concierto, el vocalista nos señaló. Una mujer nos tomó del brazo y
nos dijo: suban al escenario. Tampoco sé qué se hace en esos casos, sólo salí
de entre la gente y subí al escenario. Corroboré que tengo pánico escénico y
que para estar en una banda se necesita ser muy valiente. Estaba con ellos en
el escenario, con ese sentimiento recorriendo mi cuerpo y esa sonrisa
permanente.
Esta
semana se han cumplido tres años de esa aventura. Nunca lo olvidaré porque
simplemente me fui a formar horas antes por alguna extraña razón. No olvidaré
las sonrisas, los abrazos, los gritos, las canciones, las miradas y ese sentimiento
de felicidad que pensé no volvería a sentir jamás.
Hace
tres años que fui a ver a Phoenix. Este año son headliners en Coachella y no
hizo más que recordarme este momento que les acabo de relatar. Tampoco puedo
olvidar cómo fue verlos en el 2007 en un lugar donde caben menos de trescientas
personas. Por ridículo que parezca
siento que he crecido con ellos y ellos conmigo.

No hay comentarios:
Publicar un comentario