Hace
poco sostuve una larga charla con una amiga. Hablábamos de gente como nosotras
que creemos carecer de autoestima. Eso de la estima a uno mismo resulta ser
todo un tema. Llegamos a la conclusión de que en lugar de carecer de estima
quizá pecamos en lo pretenciosas y megalómanas.
Lo
hacemos todo el tiempo, no sé si estemos conscientes del hecho. Nos auto
compadecemos para que el otro nos de ánimo y comience a sacar cualidades para
alimentar nuestros egos. Aunque en realidad este no es el tema que necesito
tratar hoy. Me desvirtuó también por megalomanía.
Me
contó una anécdota tan impresionante para mí que no pude dejar de pensar en
eso. A ella la dejó en shock y a mi aún más. Probablemente a las dos nos impresionó,
pero bueno estamos en eso de hacer más grandes las cosas.
Me
platicó que un día su novio y ella discutían acerca de una serie vieja de
televisión, una que a mi amiga le desagrada (y a mi también). En la discusión
salieron varias opiniones. Mi amiga soltó una opinión que le había platicado yo
algún tiempo atrás. Su novio le contestó: “Esa idea no es tuya”.
No,
no dejaron de ser novios por eso. Ella se molestó, su pareja la tachaba de poco
original y no sé si en ese instante ella se dio cuenta, pero cuando me platicó yo me di cuenta. Las
personas marcan tu vida, unas más que otras. Llega un momento en nuestras vidas
en que ciertas personas gozan de una credibilidad intachable para nosotros. Su
palabra es la única y la última.
Cuántas
veces, nos apropiamos, nos amoldamos, nos acoplamos a las ideas de los demás.
Ya sea por admiración, por la credibilidad, por la inteligencia, por distintas
circunstancias. Me percaté de que ella reprodujo un pensamiento, si, es verdad
no propio, de otra persona que para ella tiene credibilidad, pero ese
pensamiento que le transmití es de otra persona más. La originalidad es difícil
de conseguir.
Hoy
escuché los dos discos de los Arctic Monkeys. No son mi grupo favorito, no los
odio y tampoco se me hacen buenísimos. Es una banda que me recuerda mucho a mi
vida de bachillerato. Esos tipos tenían diecinueve años cuando su cancioncita
sonaba por los pasillos de la escuela a la que iba.
Está
mujer tiene problemas, habla de una cosa y se pasa a otra distinta, pensarán.
Resulta que tengo una amiga, de entre pocas debo admitir, que tiene una
infinita credibilidad para mí. Yo escuchaba a los Arctic Monkeys, no me sabía
todas sus canciones y no todas me gustaban, pero los escuchaba. Esa persona, odiaba a los Arctic
Monkeys, aún los odia.
Desde
el momento en que escuché a esa persona con credibilidad hablar mal de los
Arctic Monkeys comencé a simular esa actitud. Y resultó que si, cada vez que me
cuestionaban el motivo de mi disgusto hacia la banda, daba los mismos argumentos que mi amiga. Nadie me dijo: “Esa idea no es tuya”. Porque resultó ser que
algunos argumentos tenían sentido.
Nosotros
somos el conjunto de influencias y personalidades de otras personas, y a su vez
esas otras personas son formadas con ideas de terceros. No creo que sea malo,
pero me preguntó ¿hasta dónde dejas de ser tú?
Hoy,
bueno tal vez meses atrás, deje mis prejuicios acerca de los Arctic Monkeys. No
son lo mejor del mundo. Es sólo su recuerdo, cuando veo los rostros de esos
tipos a los diecinueve años me recuerda que me gustaban chicos de su edad a los
quince. Me recuerdan que podía saltar sin cansarme. Y que a lo mejor, sólo a lo
mejor, era más yo, que pedazos de otras personas.
Sólo
puedo escuchar esos dos discos.

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