miércoles, 21 de agosto de 2013

Estos días

Alguien me dijo: “sigue escribiendo”. Normalmente llevo la contraría, pero hoy no es así. Deje de escribir hace tiempo, es decir, tan a menudo. También dije que no escribiría más sobre cómo me sentía, pero algo ocurrió.

Estaba viendo un concierto de Blur y entonces sentí algo en el pecho, poco después me encontraba cantando a todo pulmón con lágrimas, sintiendo que todas las cosas que han pasado en estos últimos meses fueron hace siglos.

Reconocí el sentimiento y me levanté al día siguiente con algo de angustia. Iba caminando por la calle hacia esa nueva petit rutina que tengo ahora. Mientras atravesaba avenidas y calles me repetía: “ay no, no otra vez”.

El sábado iba a ver a una amiga que hace muchísimo no veo. Me gusta verla porque al mirar sus ojos y abrazarla me recuerda que fui mucho mejor antes. El chiste es que no la pude ver y camine de nuevo sola por la ciudad.

Empiezo a hacer que las cosas mejoren con los demás porque me estoy esforzando. Ese día camine sola y me vino a la mente si en realidad no sería así toda mi vida. A lo mejor estoy destinada a estar así, pensé.

Repase los últimos acontecimientos, las últimas charlas con mis amigas y amigos. Más que nada con mis amigas porque casi no tengo amigos. Enero, Febrero, Marzo, Abril, Mayo, Junio, Julio, Agosto…

Sentí y siento que cada mes se pasó como un año entero. Como sin nada hubiera pasado. Es cuando me percato que el mundo, las personas se están moviendo. Como en esas escenas de las películas donde enfocan algo y alrededor todo parece estar acelerado, pero yo sigo en slow-motion.

Cierro los ojos y, recuerdo el primer sonido que hice en francés, la primera vez que platique con ella, los primeros pasos de baile, la música y nuestras manos juntas mientras cantábamos, las entrevistas, volverlo a ver, los retos, los enojos, el ejercicio, la última vez que hablé con él, la carretera, la recámara, sus palabras, los nuevos rostros y el último sonido que hice en inglés.

Me satisface, cada cosa  que llega a la mente, pero aún me siento extraña. Cuando camino por la calle me preguntó si llegaré a un lado en realidad, me preguntó que pasará y… luego creo que me hace falta a ir a un concierto.

Reconocí ese sentimiento y casi me suelto a llorar al cruzar la calle. Lo contuve un momento y me dije a mi misma que tenía que contenerlo aún más y pensar en lo que me satisfacía todo lo que estoy viviendo, pero honestamente queridos lectores: tengo mucho miedo.

No estoy del todo deprimida, sonrio y a decir verdad lo hago con toda honestidad. Me llevo mejor con las personas y ya no me duele tanto cuando los demás me recuerdan mis fracasos. Probablemente volví a caer en mi demencia, es sólo que tengo esa incertidumbre.

Hoy volví a pensar en mi pequeño camino. A estas alturas me pareció complicado recordar cuántos años tengo y cuando lo hice me dio mucho miedo. Me molesta la forma en la que se cumple años y se pasa a ser un martirio, pero realmente aterra.

También llegaron a mi mente todas las personas, todas y las extrañé. Es raro, el fin de semana fui a un lugar cerca de la universidad y me sentía rara, pero lo extrañé porque, no sé, quizá porque tenía un propósito antes.

Me aterra pensar que entre más tiempo pase sea más difícil encontrar lo que me gusta. Tic, tac, tic, tac, tic, tac.


Y al final sólo una imagen ocupa todo mi diminuto espacio: las luces de Guanajuato de noche y la manera en que escuché su voz en mi cabeza diciendo: “cuando veas las luces así acuérdate de mi”.

viernes, 26 de julio de 2013

Guanajuato, recuerdos y Danny Boyle



Hoy tomo riesgos, hoy hago cosas que no haría ¿pero por qué lo haría? Quiero pensar que se debe a una nueva, agresiva pero esperanzadora llama dentro de mí. Suena espantosamente cursi y melodramático, pero creo que queda para el caso.

Vi hace dos semanas que Danny Boyle daría una conferencia a propósito del festival de cine en Guanajuato. No pensé en nada más, sólo me dije a mi misma que tenía que ir. Así soy siempre, algo me emociona y mi reacción es creer que puedo hacer las cosas, aunque al final nunca las hago. Me cansé de eso.

Me informe, me prepare y finalmente lo hice, hice el viaje sola a Guanajuato para ver al que por mucho es mi director de cine favorito. Para ver al hombre que hizo mi película favorita. Tome el riesgo, lo hice y no me arrepiento.

En realidad hasta unos dos días antes de mi viaje semi-relámpago no me puse a analizar en lo que significaba el viaje para mí. Había tres cosas esenciales y honestamente ninguna de las tres era prioritaria. La primera era que no había ido a Guanajuato desde hace 6 años y la última persona con quien fui allá fue con mi mamá; la segunda era que viajaba sola cosa que jamás había hecho y la tercera que era ver a Danny Boyle.

En la primera no ahondaré demasiado por temor a decir más de lo que quiero decir. Sólo puedo escribir que escalofríos llenos de nostalgia y tristeza recorrieron todo mi camino. También miedo porque intentaba evocar imágenes que ahora me resultan difícil traer a mi mente. Todavía necesito trabajar en ello.

Viajar sola es todo un tema y debería solo hablar de eso, pero dos días bastaron para decir mucho sobre muchas cosas. Al principio pensé que sería emocionante, luego, sinceramente, me dio miedo y al final no fue ninguna de las dos cosas. La mayoría del tiempo nos sentimos solos y a veces incluso lo estamos.

A kilómetros de distancia de la gente que queremos y de los conocidos, cuando realmente estamos solos es muy diferente. Sí fue emocionante, no tienes que esperar a nadie y se siente una libertad completa. Después sientes lo que aquella mujer que va sola a París en Paris je t'aime,  cuando dice que viendo la panorámica de la ciudad quería decirle a alguien: “¿no es hermoso?”. Fue exactamente así, pero probablemente lo volvería a hacer.

No me detuve a pensar lo que significaba ver a Danny Boyle. No hasta que recordé que cada una de sus películas ha cambiado mi vida. Cada canción que hay en sus películas me emociona por la escena que llega a mi mente. Alguien en la audiencia le dijo que él era importante en su vida, podría sonar exagerado, pero si pasa.

No sé si Danny Boyle sea parte importante en mi vida, pero sus películas lo son. Me hacen querer moverme, me hacen querer cambiar mi vida, me hacen impulsarme. Lo pensé antes de irme y por eso cuando vi a ese señor tan inglés que, si vistiera sólo con una bandera inglesa sería un exceso, me di cuenta que significaba mucho más para mi.

Fue curioso porque así como sus películas cambiaron mi vida justo en el momento preciso, sus palabras hicieron el mismo efecto. Yo no necesitaba un autógrafo, tocar su mano o hablar directamente con él, sólo tener el privilegio de escucharlo para mí era soberbio.

Dijo muchísimas cosas, contestó varias preguntas, nos hizo reír, emocionarnos, temblar, enojarnos, parece que su camaleónica tarea de cambiar de género es auténtica. Tiene un carisma sorprendente y yo me enamoré de su acento inglés, nunca sobra decir eso.

De todas las cosas que dijo y de todas las preguntas que respondió, fue justo la respuesta a la que pensé la más estúpida de todas las preguntas. Su respuesta me impactó tanto que tuve ganas de llorar ahí mismo y sí hubiera podido hasta de correr a abrazarlo.

Una chica hizo una pregunta, aunque más bien yo creo que quería escuchar algo esperanzador. Comenzó diciendo que su madre le decía que se moriría de hambre estudiando cine y finalizó preguntándole a Danny Boyle cómo le hizo él para no frustrar su sueño, cuándo los demás le decían que no podía y lo hizo. Ella le preguntó por el cine, pero en realidad creo que aplica para cualquier carrera.

Él sonrió y dijo: “parents” todos reímos. Dijo que vivió lo mismo, sus padres le decían lo mismo, él le dice lo mismo a sus hijos, pero que hay que tener fe en que se pueden hacer las cosas. Mi corazón latió tan fuerte conforme el nudo en mi garganta aparecía. Después del aplauso dijo: “pero escucha, lo importante es que ahora se necesita a gente como tú, se necesita gente joven, ideas jóvenes para seguir, así que no te rindas”.

Definitivamente no veré de la misma forma sus películas, no veré igual Guanajuato y no me veré igual a mi misma. Una amiga dice: “Daniela no a nosotras, no es fácil para nosotras y lo sabes”. Si muero mañana tampoco quiero que sea fácil, pero quiero disfrutarlo.


Realista, crudo, melancólico pero esperanzador, como las películas de Danny Boyle.

jueves, 4 de julio de 2013

La iVida


No fue Steve Jobs, tampoco las computadoras Macintosh. En general fue la evolución y los cambios inesperados que ocurrieron. Lo que hizo Steve Jobs y la manzanita fue poco a poco monopolizar nuestras vidas. Ahora nadie se imagina sin un aparato que no lleve una “i” de por medio.

Recorría un centro comercial. No sé si han puesto atención a las “islas” que hay en medio de las plazas comerciales donde venden accesorios para celular. Ahora también los celulares necesitan accesorios por si no fueran de por si ostentosos. Hoy me fijé en una y me di cuenta que venden cosas muy excéntricas para los iPhone.

Después de recorrer el pequeño local, me enojé. Venden toda clase de cosas para iPhone y al diablo los demás mortales que contamos con otro celular. ¡Claro! Todos tienen un iPhone. Eso de: “todos tenemos un iPhone” me parece una especie de tétrico ritual. Además si no tienes un iPhone tienes que vivir tu vida en la discriminación tecnológica.

Eres un cavernícola, comes con las manos o de lo contrario tus cubiertos están hechos de huesos humanos; seguro vives en una cueva comiendo insectos, también te comunicas por señas y vives en lugares incivilizados del planeta si no tienes un iPhone.

Sí, tengo un problema con los iPhone. Una vez una serie de personas me comentaron que mi aversión al iPhone es, sin duda alguna, porque no tengo uno. ¡Vaya me encanta la psicología inversa! Seguramente es un aparato muy útil, muy útil, eso no lo pongo en duda, pero no mientan, no es para todos y lo saben.

En mi vida me parece inútil un iPhone por varias razones. Hasta ahora no necesito estar conectada las 24 horas; tampoco necesito “tuitear” o actualizar mi estado de Facebook cada cinco minutos, así que por ese lado no lo usaría con frecuencia. La contradicción del iPhone es que su tamaño es demasiado pequeño para fungir o intentar ser un “ordenador” y es extravagantemente grande para ser un celular ¿Dónde quedó la época de “entre más pequeño sea un celular mejor? Creo que regresaremos al modelo Motorola dynatac 8000x.

Confieso que uso varios productos Mac… está bien, el único que no uso es el iPhone. Vivo en una ciudad peligrosa, mis rutas tampoco son muy seguras. He sido asaltada dos veces cerca de mi zona “segura”, y además soy muy paranoica. Si tuviera un iPhone no tendría un uso correcto, si es que existe alguno.

Para las personas cuyas vidas están ligadas al 110% de Internet, es decir, hombres y mujeres de negocios, negocios independientes o afines me parece que resultara muy útil un aparato como esos.

Probablemente esto quede como testimonio por si alguna vez adquiero un iPhone (por favor Thor, por favor no) y entonces ustedes se encarguen de reprochármelo, no sería la primera vez y, no será la última. Pero después de todo esas cosas son bien desechables. Tristemente he visto a personas tardar años en pagar estos aparatos y el día que liquidan su deuda: “Nuevo iPhone 145S10” ¿En serio?

No puedo criticarlo del todo, soy parte de la generación que tuvo que adaptarse de la máquina de escribir a la computadora, del cassette al mp3, los cuadernos a las tabletas. Vivimos en esta iVida que a veces me hace sentir tan vacía.

miércoles, 22 de mayo de 2013

Por última vez


A una semana de que este blog cumpla cuatro años, hoy digo adiós. Según yo, no iba a hacer una entrada para “despedirme” pero qué diablos. No me voy porque tenga una excelente oferta de trabajo o porque vaya a recorrer mundo, me voy porque ya es tiempo de hacerlo.

Este blog al que quiera o no le tengo mucho cariño me trajo cosas buenas y malas. Me descare de una forma que no imagine y también le dio oportunidad a algunas personas de conocerme más. Agradezco, quizá más de lo que me avergüenzo, al fin y al cabo nunca tuve un éxito desmedido contando mis penas.

Hace unos días les decía a unas amigas: Ya no quiero escribir. Pues ese pensamiento cobro más sentido y llegó a puntos críticos estos días. Siempre pensé que la escritura tenía ese don inagotable, aún lo creo, pero no lo fue para mí, al menos no en este momento.

El problema con la escritura es que me permitió soñar con cosas que no logré concretar y que dadas mis circunstancias actuales no podré concretar. Para muchos esta será una forma de darme por vencida, para mi es una forma de “sanar” –que palabra tan más mala –mis pensamientos.

No es que deje de escribir nada más así, es más bien que quiero dejar de hacerlo público. Esa fue una parte a la que me enfrenté y me trajo algunos conflictos. a pesar de que este siempre ha sido un proyecto personal, muy personal, no quiero que está sea mi carta de presentación, me parece bastante mediocre.

En fin, si regrese o no será bueno, pero no lo pienso ahora. Las palabras ya no salen, se parece un poco a las lágrimas, tampoco salen últimamente y si lo hacen lastiman mucho mis ojos. Así ha sido las palabras que escribo ahora me lastiman los ojos.

Gracias por decir,  y decirme, y decirme todas esas palabras de apoyo a este muy, muy humilde espacio. Ahora sin poner objeción, ni nada, las agradezco. Pero sobre todo agradezco infinitamente que se tomen el tiempo, su muy, en serio, muy valioso tiempo para leerme.

Hasta pronto. 

martes, 14 de mayo de 2013

Una vida sin productividad


¿Hasta cuándo una vida se puede llamar productiva? ¿Qué es aquello de la productividad? ¿Tiene que ver más con el asunto económico? Las grandes interrogantes de la vida que se anteponen a cuál es la pregunta última del Universo y todo lo demás.

Estos días he estado en un modo de improductividad asombrosa. No recuerdo cuánto tiempo tiene que no me sentía así. Realmente esto sólo alimenta la depresión del olvido, de las malas decisiones, de la vida colectiva y de los pensamientos personales, pero más que nada de la soledad.

Luego me puse a reflexionar. De un tiempo para acá en la casa siento un extraño ambiente. No sé si sea de forma negativa. Me preocupaba al principio. Ahora el agotamiento mental y los malos hábitos no permiten que ocupe demasiado mi tiempo para reparar en ello. ¿Estaré haciendo mal?

La verdad es que si comparo mi vida actual con la de hace cinco o más de cinco años no cambia en cuanto a mis actividades. Insisto, el estatus de estudiante te otorga un cierto respeto no merecido. Por ejemplo, en la secundaria, por las mañanas iba a la escuela, el resto del día me la pasaba haciendo tarea ¿en serio? ¿en serio todo el día me tomaba hacer la tarea? Eso es productividad.

Ahora que si comparo mi vida con la vida de la niña que vive por aquí tampoco es muy diferente, pero su excusa es muy buena: es una niña. Yo ya no lo soy y aunque quiera tener mi complejo de Peter Pan, dudo mucho que pueda lograr se una niña para siempre.

Se parece mucho a la vida de adolescente la que llevo actualmente. Pero se parece mucho más a la vida de estudiante de secundaria que llevaba. En el bachillerato al menos tenía amigos a quienes frecuentar. Esto ha cambiado mucho.

Afortunadamente para mis amistades, y de alguna forma para mi, tienen sinfín de actividades. Ellos o muchos de ellos se han tomado en serio lo de la vida adulta, como yo debería hacer. Creo que es bueno, si los viera o los frecuentara me recordarían lo miserable que soy por tener una mezquina vida de pseudo adolescente.

En fin, supongo que días más aciagos vendrán. Lo digo por la llegada de la terrible mitad de año. Es justo en ese momento donde volteas y te percatas que has llegado a la mitad del año sin trascender. Mientras tanto sigo teniendo alucinaciones de los escasos sueños que me quedaron. A veces imagino que suceden.