Tengo
una animadversión al cigarro. Bueno, quizá exageré con lo de animadversión. No
me gusta, pero tampoco escupo sobre ellos. Tienen unos antecedentes infantiles y
oscuros. Mis padres fumaban cuando era pequeña, mis tíos y tías eran fumadores
sociales, aún lo son, mis padres dejaron de fumar.
En
la secundaria vi a unos cuantos compañeros experimentar con el cigarro. Me
parecía ridículo, no se ven grandes, se ven patéticos. Me daban lástima, daban
una ridícula bocanada y ponían una pose idiota. Me empezó a caer mal
el cigarro.
En
fiestas familiares aunque mis padres ya no fumaran mis tíos sí lo hacían.
Fumaban uno tras otro en la sala y al día siguiente terminaba con la nariz
congestionada. Ya no me agradaba tanto el cigarro.
Luego
la conocí a ella en el bachillerato. Fumaba mucho y nosotros intentábamos que
no se fumara una cajetilla diaria. Si antes me desagradaba estar junto a una
persona que portara un cigarro, con ella no me molestaba en lo absoluto. Ya
fueran los mentolados, los baratitos, los “chidos”, no importaba.
En
la universidad el 90% de los estudiantes fuman. No se diga los estudiantes de
comunicación son unas chimeneas andantes. Es la ansiedad, la tristeza, el frío,
los nervios, el estrés, el sueño, al parecer cualquier excusa es buena para
prender un cigarrillo.
Es
un vicio feo, para algunas personas es imposible permanecer sin un cigarro.
Aunque todos dependemos de algo, quizá yo no del cigarro, pero supongo que de
algo debo depender y aun no lo sé.
Luego
me di cuenta que los escritores, intelectuales y los músicos a los que admiro
fumaban al menos dos o tres cigarrillos. Una vez una compañera me comentó que
empezó a fumar porque quería emular a las personas que admiraba. Mi salud no me
permitiría tal proeza y además me vería ridícula, pensé.
Algunas
personas capturan su momento con su amigo el cigarro en una fotografía. Me
molestaba antes, a los ocho y llegué a prometer jamás tocar un cigarro.
Entraba en conflicto cuando se me acercaba una persona con un cigarro en la
mano y ese inminente humo que funciona como una especie de espía o de complice.
Creo
que aún tengo un grado mínimo de molestia con el cigarro, pero hay algo de él
de lo cual no puedo zafarme: el olor a cigarro. Cuando conocí a Goby y sus
eternos cigarros me gustaba oler su cajetilla porque olía a algo antaño, o eso
me parecía. Para mí olía a un lugar rústico y lejano donde podías pasar el día para pensar.
A la
mayoría de las personas les desagrada el tufo que deja en los fumadores el
cigarro. Por extraño que parezca ese tufo me agrada. Me huele a personas
melancólicas, me huele a personas que sienten y me huele a personas talentosas.
Probablemente enloquecí.

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