Era
2007 y yo tenía diecisiete años. Parece lejano en ocasiones y otra veces se
siente cercano. Era un buen momento, no sé si en general lo dudo, pero era un
buen momento en mi vida. Mi ignorancia sobre muchas cosas me hacían realmente
feliz. Quizá más bien es que sólo tenía diecisiete años.
La
conocí a ella con unos chinos y unos lentes curiosos. La escuché gritar y ser
extrovertida tantas veces. Es como nadie que haya conocido, pensé. No parece
haber una secuencia lógica en cómo nos hicimos amigas, pero no me importa
porque cambió mi vida para siempre.
Después
de tantas peripecias en el transporte público, de largas horas de plática y
risas, nos concentrábamos en la música. Discovery, Homework y Human After All
se convirtieron en cómplices. Me gustaba verla feliz y verla bailar. En
realidad creo que estar con ella me hacía feliz a mi.
En
esos días también pensábamos sobre eso que he dicho en recientes ocasiones.
Esas bandas que moríamos por ver y que después de ver podíamos morir. Daft Punk
se convirtió en una de esas bandas. Es gracioso que llegué el extraño
presentimiento de que una banda va a venir y comiences a escuchar
desenfrenadamente su música aún sin saber que van a venir.
Un
día nos enteramos y literalmente nos volvimos locas como adolescentes. Ni
siquiera recuerdo cómo fue conseguir boletos, pero lo hicimos. Hasta ahora es
cuando me doy cuenta de la suerte que tuvimos.
Nunca
había ido a un concierto con ella y parecía que había ido a todos los
conciertos con ella. Nos “arreglamos” y nos citamos en el metro para ir juntas.
Creo que íbamos con nervios, no sé si por ser nuestro primer concierto juntas o
porque temíamos perdernos en el camino.
Fue
un 31 de octubre de 2007. Era Halloween en Gringolandia, pero como aquí todo
copiamos, algunos sugirieron ir disfrazados. En el metro vimos a un hombre que
era una cruza de Freddy Kruger con Depredador y nos dio mucho miedo, pero nos
intrigaba saber si iba al concierto disfrazado.
Llegamos
y todo parecía fuera de este planeta, fuera de este tiempo. Era el mismo
Palacio de los Deportes que había visto antes. Ese día no era el mismo y no
podía serlo. Buscamos nuestros lugares, pues los boletos que alcanzamos estaban
en gradas, justo en medio. No olvidaré esa justa posición.
Mi
hermana me dijo días antes: “esa música se baila ¿tu vas a ir a bailar? Si ni
sabes”. No recuerdo si le respondí algo. Cuando llegué me empecé a preocupar
por si iba a bailar y de hacerlo, si lo haría bien. Volteé a ver a Goby Wan y
no me importó si sabía bailar o no.
Al
cabo de unos minutos y de un incidente con una cajita, comenzó el grupo
telonero, del que me sabía una canción. Después… las luces se apagaron y sentí
mi corazón latir fuertemente. Aún lo siento.
Un
telón cayó y había una pirámide enorme. Las luces se encendieron. Las luces se
encendieron y todo comenzó.
Nunca
he sido muy fan de la música electrónica. La música de Daft Punk es casi
inclasificable. Sí es cierto, a la gente la hace feliz es bailar. Parece
estimulante mover tus brazos, tus piernas y tu cabeza al ritmo de la música.
Creo que de eso se trata la música de Daft Punk: te pone a bailar.
En
un sentido un poco más estricto, podría decir que considero a Thomas Bangalter
y Guy-Manuel de Homem Cristo como unos músicos en toda la extensión de la
palabra. Conocen su negocio y lo hacen muy bien. Son un espectáculo por si
mismos.
Estaba
al lado de Goby, recordando todos esos momentos en los cuales caminábamos
despreocupadamente con la música de esos dos robots arriba de una pirámide de
luces. No me di cuenta del momento en que comencé a bailar. Me detuve al pensar
si haría el ridículo. Miré a mi alrededor y todos, todos bailaban, nadie era un
gran bailarín. No importaba, lo que importaba era que te movieras.
Como
leí unos días antes alguien predijo que el Palacio de los Deportes se
convertiría en una gran pista de baile. Me alegro y me siento afortunada de
haber sido parte. Lo que más agradezco sin embargo es haberlo vivido con ella.
Recordar y escuchar a Daft Punk es acordarme de que un día sin saberlo y sin
pensarlo fui muy feliz.
Daft
Punk representa para mi lo feliz que puedo o que podemos ser. Hace falta mover
los pies y los brazos únicamente. Hacen que las máquinas y lo automatizado de
ellas se vuelva más humano con la música. Hacen que lleguen a mi mente tantos
recuerdos que aunque son lejanos se viven intensamente al traerlos a la
memoria.
Ahora
regresan con un nuevo disco. Parece ser un gran acontecimiento ahora y sí es la
razón por la que escribo sobre esto. No importa, nunca es tarde para recordar
lo que valía la pena y lo que vale la pena. Las cosas han cambiado, ya no soy
tan ignorante como antes, ya no tengo 17 años, ya no veo a Goby, ya no soy
feliz.
Los
días son duros en ocasiones. La música ayuda entre tanta locura, maldad y lo
absurdo que es el mundo, a traernos cordura a nuestras vidas. Si eso vale la
pena entonces me podré quedar aquí más tiempo. Tengo veintidós años, no soy tan
ignorante, no veo a Goby y la extraño… sólo necesito bailar y estar en una
pista de baile frente a unos robots.
Sólo
¡one more time!

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