No
soy fan de los dentistas, en realidad, no soy fan de los médicos de ninguna
índole. Tampoco les temo y me escondo bajo la cama cuando se trata de ir al
dentista. Está vez fue por mi propio pie y con la certeza de que el resultado
no me favorecería tan pronto. Intento ser una joven adulta responsable con
mentalidad adolescente.
Hace
unos seis años mi mamá insistió en que necesitaba brackets. Tenía dieciséis
años y un carácter más bien débil, así que no intente decir que no. Hasta ahora
no recuerdo mi experiencia con los brackets como mala. Si dolía, pero al
parecer, como me lo han dicho algunos médicos a los que he ido, mi tolerancia
al dolor es bastante alta.
Cuando
me los quitaron fui la persona más feliz sobre la faz del planeta. Cuando eres
así de feliz olvidas lo demás y nunca regresé por los famosos retenedores para
afianzar los años con los brackets. Por obvias razones, hasta hace un mes mis
dientes volvieron a su posición original.
Eso
de la belleza física me sigue causando un problema. Alguien dijo que si no te
sientes a gusto con algo sobre ti intenta algo para cambiarlo. Sinceramente
creo que la resignación es mejor que intentar cambiar algo sobre tu físico.
Decidí
usar de nuevo brackets con la firme convicción de que sería la última vez. Pero
esta vez, el panorama resultó ser: cirugía de dos muelas del juicio y
extracción de las cuatro premolares. Debo estar loca o ser muy valiente.
Los
dientes, esos pequeños huesos que te ayudan a masticar son de los martirios más
insufribles en cuanto a visitas con especialistas se refiere. Desde que te invitan
a pasar a esa silla, alta, azul (el color es indiferente) esterilizada, sientes
un ligero cosquilleo. Incluso esa manguera que succiona tu baba suena
escalofriante, ya ni decir las inyecciones para anestesiar y el aparatejo para
tapar caries.
Con
todo y eso, mi dentista y mi ortodoncista son la cosa más dulce que hay. Me
cuidan y me preguntan cada segundo si me molesta lo que me hacen. No es la cosa
más cómoda del mundo, pero en realidad, el 90% de los médicos a los que he
acudido tienen razón: mi tolerancia al dolor es muy alta.
No
deberíamos temerles a los dentistas, pero unos son muy sádicos y sus aparatos
no ayudan en nada para crearles una buena imagen. Ya veremos cómo me va en la
extracción de los premolares a los que extrañaré. No moriré con mi dentadura
completa, pero dicen que la belleza cuesta.
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