Este
es mi primer post del año. No hay nada relevante en ello, pero aún así quería
mencionarlo por si acaso.
He
dicho anteriormente: pienso que nosotros, todos de hecho, vivimos en una
especie de eterna adolescencia. No me retracto de este pensamiento, pero tal
vez tenga que extenderlo o hacer ciertas diferenciaciones. Me preocupo
demasiado en lo que me sucede que olvido observar bien, muy bien a los otros.
Crecer
es difícil en cualquier sentido, si tienes ocho, o doce, o dieciséis, o
veintitantos, o treinta y algo, es complicado. También dije que parecemos hacer
menos nuestros conflictos existenciales y los que no son existenciales de
adolescentes, eso también lo sostengo.
Hace
unos días tuvimos una pequeña discusión con uno de mis sobrinos. Se me olvida
en innumerables ocasiones la cuestión de que ya no son unos niños. Su
adolescencia a veces me perturba porque yo continuo en la mía, pero obviamente
parece necesario darles un mejor ejemplo.
La
discusión versó sobre el hecho de que uno de mis sobrinos necesita y lo digo
con mayúsculas NECESITA lentes. Nunca imagine que un accesorio tan diminuto
incomodara a alguien de la forma en la que le molesta a mi sobrino. Él en
especial que es un joven que no va acorde con su edad, me refiero a que es
bastante maduro, reaccionó de forma adolescente.
El
que no actué como un adolescente tan ordinario, no quiere decir que no lo sea,
incluso que no sea infantil. Se nos olvida que tenemos ciertos problemas con
nosotros o como lo dice una amiga “issues”. Lo educado, maduro e inteligente
que es, desapareció en cuanto me alzó la voz y de manera necia y reacia me
contestó ante la insinuación acerca de los anteojos. Es un adolescente.
No
fue el que me alzara la voz. Hasta ahora comprendo lo que hice sufrir a propios
y extraños en mi adolescencia, y aún ahora en mi segunda adolescencia. En esa
etapa de la vida, siempre hay un elemento perturbador que nos saca de nuestras
casillas.
Si
quieren saber, no tengo idea de por qué le molesta tanto el tema de los lentes.
Créanme, si lo pensaran por la burla, es un chico al que no le harían burla, es
muy sociable. Su madre dijo: ya está grande y si no quiere ir no voy a
obligarlo. La realidad es que a esa edad obligarlo a hacer algo parece absurdo.
Su carácter se ha forjado en la base.
Cuando
era adolescente me sugirieron usar lentes por un accidente que tuve. Nunca lo
vi como una sentencia. Ahora seis años después ante dicha posibilidad por
segunda ocasión, me emocionó el hecho. Pero descubrí que es probable que yo
tenga una obsesión con mis ídolos, pensé: Si, si uso lentes, serán como los de
Graham Coxon. Me pareció que me harían lucir interesante, claro, nunca pensé en
depender de unos toda mi vida.

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