“Ya me cansé de escuchar a los Killers,
vamos a poner otra cosa… déjame pensar, ¡ah si! Ya sé qué podemos poner, espera
deja cambio el disco… mmm bueno, te voy a poner una canción, a lo mejor ya la
has escuchado, me gusta mucho, me da penita porque es viejita, es como de
papás, pero es muy bonita, esa es la canción que me gustaría que me dedicaran,
te la voy a traducir…
[El
disco comienza a rodar dentro de los discman, el timbre característico de pasar
de canción suena, un poco de silencio y se escucha…]
El fin de semana estuve escuchando esa canción,
eso es lo que pasa cuando una canción hace que recuerdes momentos, para bien o
para mal, la música tiene ese mágico poder de recordar, de vivir, de alegrarnos
y entristecernos. Me acordé como aquel día frente al metro y las rejas de la
escuela, fue tan vívido.
Tenía razón, cuando comenzó la canción sonreí
pero la mire con algo de desconcierto. Ella sonrió, alargo esa sonrisa y soltó
una risita nerviosa, de vergüenza, y comenzó a decirme qué decía esa canción (Tengo el brillo del sol) la miré y luego
volteé a ver a la gente mientras intentaba concentrarme en la letra (en un día nublado).
Comencé a relajarme y sonreí aún más (supongo que dirás), la gente dejo de
existir un momento, mientras nos encontrábamos sentadas en el piso en una
estación del metro (¿qué me hace sentir
así?) y entonces ella entonó: My
girl, my girl, my girl, talkin’ ‘bout my girl…
Y ese es el modo en que una canción jamás podrá
olvidarse a pesar de esta memoria tan olvidadiza, esa es la forma en la que una persona no puede salir
nunca de tu vida. Lo recuerdo porque ahora que tengo conflicto con eso de mis
amistades, la extraño más que nunca y le agradezco ser “a todas margaras” como
ella me decía, conmigo. Y también debo confesar que, su un chico se acercara me
gustaría que me dedicara esa canción.

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