jueves, 1 de noviembre de 2012

La última letra


 El dolor no me es ajeno. No puede serlo.

He leído otra vez, lo que nadie quiere leer, lo que nadie se atreve a leer. Puedo sentirlo, puede angustiarme y hacer que me pregunte miles de cosas. Lo quiero saber todo. Yo quiero saberlo todo. No me es indiferente. Me afecta porque este país, en el cual nací, me duele profundamente.

Tengo tantas cosas que decir, por lo cual es, siempre difícil empezar. Bien, empezaré diciendo que terminé hace unos días de leer el libro de Diego Enrique Osorno: “La guerra de los Zetas”. Agradezco infinitamente la valentía de periodistas como él, entre muchos otros, por escribir lo que sucede.

Hay algo que escribió y me dejo irremediablemente marcada, es acerca de la falsa paz que se vive en el Distrito Federal. ¡Qué falsa paz vivimos los citadinos de esta urbe! Qué indiferentes somos, qué egoístas, qué deshumanos somos. Pasamos los días quejándonos del tráfico, de las manifestaciones, de los puestos ambulantes. Qué lejos nos encontramos de los verdaderos problemas.

Después de leer el libro de Diego Osorno, pase días reflexionando, tratando de entender lo que parece imposible entender: cómo un ser humano es capaz de hacerle tales atrocidades a otro ser humano.

En mi mente Nuevo León, Tamaulipas o Coahuila eran estados de la república que encontrabas en el mapa de una papelería. Monterrey era la ciudad del cabrito, el cerro de la silla y el parque fundidora; era la ciudad donde reside una conocida que jamás habla en sus estados de Facebook de algo “malo”.

Hace unos días en el trabajo, fueron unos clientes provenientes de Monterrey. Podría tener un montón de preguntas y aún ahora, no sé por qué me las reservé. Mi hermana les hizo la pregunta clave: ¿es verdad que está bien feo allá?. Uno de los aludidos respondió: “Uy, lo que ves en las noticias, pues es peor, lo que pasa en las noticias o en el periódico es la versión light”. Nosotros, en esa oficina, después de tal declaración, continuamos trabajando. Ellos regresaron a Monterrey.

Los pensamientos nocturnos me siguen atacando: cuántos, cómo, quiénes, qué pasa allá. Intentaba imaginarme los escenarios, los terribles escenarios que el autor describía y a pesar de hacerlo con la mayor precisión, pensé que aún estaba muy lejos de poder ver mentalmente cómo era San Fernando o Cadereyta, o incluso Monterrey.

Hoy abrí la página de internet de La Jornada. Había una imagen, se mostraba una camioneta, usada por contrabandistas, atorada en el muro de la frontera con Arizona, usaban unas rampas. Mis compañeros del trabajo vieron la imagen, para ellos era inverosímil. “No es verdad” escuché a alguien decir.

Y ahí comenzó un debate que rompió mi corazón. Mi hermana hizo un comentario que me dejó inquieta todo el día. Me preocupa y por más que uso todas mis fuerzas, es extraño el efecto que tiene en las demás personas mi esfuerzo por hacerles entender.

Ella dijo: “Por mi casa, cerca de X lado, hay una esquina donde se pone puro centroamericano a pedir dinero, qué horror, que se pongan a trabajar o mejor que se regresen a su país”. Pienso en si mi familia cree que mi voluntariado en Amnistía Internacional era un pasatiempo.

Me voltee a verla, algo indignada. Le mencioné que no tenía ni idea de lo que pasaban los migrantes centroamericanos, de las torturas, peligros, vejaciones y contratiempos a los que se enfrentan y ella respondió: “¿para qué se van de su país, por qué no buscan algo en su país, como van a estar mejor acá, si les pasa todo eso, que en su país con su familia?”.

Ella es una de las tantas personas que piensa, erróneamente, que la gente pobre es pobre porque quiere. En ese oasis de paz, tranquilidad y falsa prosperidad que es el Distrito Federal, cree imposible la escasez de posibilidades. Me parece también que eso es consecuencia de una grave, grave falta de información y, por supuesto, lo peor: falta de humanidad.

Me puse a pensar cómo era posible que no creyera realmente la falta de posibilidades de salir adelante en este país. Cuando leí las descripciones de los pueblos del libro de Diego Enrique Osorno, pueblos que no sólo han sido olvidados por el gobierno, pueblos que han sido olvidados por nosotros, me pregunté: ellos, ¿qué posibilidad tienen en medio de una guerra? Sí, de una guerra.

En la ciudad vemos como exageración decir que es una guerra. Guerra. No es una exageración, sólo que los citadinos creen que las balas aún están muy lejos de alcanzarnos.

Por esas personas, por las que les es indiferente, por la forma de pensar, incluso de mi familia, es la razón por la que no me es indiferente a mi. Cuando les platico todo lo que leo, espero una reacción, no de sorpresa, ni de horror, espero que les de el suficiente coraje para dejar de ser indiferentes, para reclamar.

Otra de mis hermanas dice que no puedo cambiar el mundo. No hay sentido en eso. Todos los días, nuestras acciones cambian al mundo. ¿Si no venimos a cambiar el mundo, entonces a qué?, dije alguna vez. No pretendo ser Gandhi o Mandela. Quiero que entiendan, entiendan que ELLOS podríamos ser NOSOTROS como dijo Juan Villoro.

Esta misma semana conocí a un abogado. Me dijo que viajaba mucho y le pregunté si no le daba miedo, me respondió que sólo una vez en Monterrey los encañonaron “no me dio miedo, ni los pelé, ya cuando nos sacaron la pistola, pues nada más tomamos nuestras cosas y nos fuimos” me contó con aires de no darle importancia.

Después me relató otra experiencia: “Un día me habló un tipo, que según de los zetas, que yo había metido a su papá a la cárcel y que no sabía con quién me estaba metiendo. Yo me reí, le dije que hiciera lo que quisiera. Después otro abogado le contestó y se dijeron groserías, el chiste es que ni hizo nada, es puro cuento”. Me pregunté cuán real es para la gente que vive en el noreste una experiencia como esa o, más grave, cuán cotidiana.

Nos han dejado un enorme cementerio. Han dejado mucho dolor y sufrimiento. Y lo peor que podemos hacer es ignorarlo o mitificarlo. Por eso valoro libros como el de Diego Enrique Osorno y muchos reportajes, crónicas, entrevistas, análisis de personas que escriben esto para no olvidarlo después, pero sobre todo, para  no lo olvidarlo ahora.

Cuando leí el libro “La guerra de los zetas”, estaba leyendo al autor si, pero no sólo lo leo a él, leo a todas esas personas que han sido golpeadas por una guerra, una guerra cuya magnitud, en la Ciudad de México, parece incapaz de ser percibida. Esas personas son reales, no son un mito, ni un hecho noticioso solamente. Son heridas que le aquejan a este país “que aún se dice llamar México”.

lunes, 29 de octubre de 2012

Sin flores, por favor



Últimamente he estado leyendo mucho acerca de la muerte. No en un asunto espiritual, más bien del lado doloroso y sangriento. De la única forma, me parece, del que se puede hablar de la muerte ahora. Lo irónico es que piense sobre esto justo en estas fechas, no es que me lo haya propuesto.

En México apelar a la muerte significa muchas cosas. Sin todo este contexto violento que vemos o leemos todos los días e ignoramos, podría decirse que seguimos burlándonos de la muerte. El acto de morir no es realmente macabro, más bien el modo.

Aquellas cosas místicas de si existe algo más allá de la muerte me parecen absurdas. No lo conozco, no estoy segura, lo que veo, para mí, es lo que existe. Y mientras tanto he pensando en algunas peticiones para el día en que deje de existir en este mundo. Lo hacemos porque “la última voluntad” como le llaman, resulta ser la que más respetan en toda tu vida.

Bien, comenzaré con esos pequeños detalles que respetaran en cuanto muera:

Primero. No flores, son apestosas. Siempre he pensado que flores sólo para los funerales y ni así. Son apestosas durante y son aún más apestosas cuando se mueren.

Segundo. No funerales. Detesto el momento trágico y traumático en el que se vuelven los actos fúnebres. Ese espantoso ritual del velorio es innecesario. Después de eso las funerarias deberían de ofrecer un cincuenta por ciento de descuento en terapias post velatorio. Así que como soy considerada, no quiero ninguna clase de cántico, rezo por mi alma pecadora, ni nada por el estilo.

Tercero. La gente suele ser egoísta o muy inocente para decir “no llores cuando muera”. Es como un reflejo aquello del llanto. No puedo ser tan egoísta o tan ingrata, si quieren llorar háganlo, no más de lo necesario. En algún momento lo olvidaran y entonces si, lloraran lo que tenga que llorar. Después vivirán su vida normal. Resulta que nadie es indispensable, menos una persona solitaria como yo.

Cuarto. Este es el último. No quiero caer en el cliché de aventar las cenizas. Si, quiero la cremación –de hecho la prefiero, eso de estar tres metros bajo tierra, ya me parece macabro –y   repartan mis órganos a diestra y siniestra. Nunca he viajado y la verdad es que no soy fanática de la playa. Las personas creen que cuando dejan sus cenizas en algún sitio estarán ahí para siempre. Bueno es polvo, en polvo nos convertimos. Pero si ese pensamiento algo absurdo sirve, bien, sonará inusual, pero quiero que algo del polvo que seré sea llevado a cada recinto donde haya conciertos, así siempre estaré en los conciertos. El resto de mí… pueden aventarlo, tirarlo, usarlo de abono, pero nunca, jamás… lo conserven, eso es muy tétrico.

Si la muerte de uno es la que no cuesta trabajo. Lo perturbador viene cuando se habla del cómo en la muerte y sobre todo en la ajena.

viernes, 19 de octubre de 2012

Contratos amistosos



Hace un tiempo platicaba con alguien acerca de que las amistades son como contratos. Quizá ya lo veo de esa forma desde que tengo un empleo de oficina, que no hace más que meterme ideas extrañas, las cuáles aún me resisto a integrar a mi estilo de vida y forma de pensar.

Pero volviendo al tema. Si, las amistades son como contratos. Contratos que, hay que admitir, jamás leemos. Aceptamos a las personas en nuestras vidas sin medir las consecuencias. Es casi como el “si, acepto” matrimonial.

Si lo viéramos a modo de transacción sería una especie de inversión. Las relaciones humanas no se miden así, pero la realidad es que se han vuelto así. Inviertes tiempo, esfuerzo, cariño y sobre todo amor por una persona, a la cual tu decidiste dejar entrar. Firmaste un contrato.

Ojalá leyéramos lo que firmamos. Nos desengañaríamos. A la fecha yo no sé qué dice mi contrato de amistad con ciertas personas. He llegado a pensar que incluso son contratos totalmente distintos cuyos títulos varían entre “amigo para parrandear”; “amigo para trabajar”; “amigo para platicar”. Esos no son amigos lo sé, pero siempre utilizamos el invariable “amigo”.

Sospecho que hay contratos que han de decir: “vigencia de tal fecha a tal fecha”. También sospecho que en ciertas amistades la mía dice: “debes dar cariño incondicional” y en la de otro dice “salúdala esporádicamente”. Lo malo es que es una especie de contra voluntad.

Quizá tomo estas relaciones demasiado en serio. Tal vez debería de igualar mi contrato al de ellos para dejar de pensar tanto. Por eso es tan difícil dejar que las personas se acerquen y comiencen a decirte frases de cariño que la mayor parte de las veces no son sensatas.

No saben la cantidad de veces que he escuchado el “te quiero más de lo que crees” y cada día lo creo menos. Cuando, como dicen esas canciones, uno aprenda a ser amigo de si mismo, la relación con los otros puede cambiar.

Mientras tanto no lo sé. Intento descifrar lo que mis contratos amistosos dicen. Eventualmente me aburro o me canso de buscar a personas que no quieren que las encuentres.

jueves, 18 de octubre de 2012

Veintialgo



Reflexioné esto todo el camino hacia el trabajo. Lo hice porque todavía necesito mantener mi mente ocupada en esos trayectos. Pero sobre todo porque después del concierto del fin de semana me percaté de mi cansancio, de mi hartazgo al mundo y también de los muchos años que han pasado.

Lo sostendré: los veintes son ridículos, absurdos y sin sentido alguno. Ahora entiendo cuando aquél primo me dijo a mis diecinueve años algo como “qué bien, no es lo mismo los diecialgo que los veintialgo”. Pensé que exageraba, sólo es dos años más grande que yo. Me equivoqué.

Pesan. Comienzan  a pesar desde el primer año, porque los veinte en realidad son una especie de limbo. Con los diecialgo lo entendías, era divertido sin darte cuenta o al menos, yo no me di cuenta hasta ahora, que esos quince, dieciséis, diecisiete, dieciocho y diecinueve eran los mejores.

Hoy mientras me duchaba pensé que el siguiente año cumpliría los 23. Y luego recordé la crisis de los veintitrés, la temida crisis que tanto vi con mis amigos. La diferencia entre ellos y yo, es que cuando ellos la vivieron seguían en la escuela y yo ya no estaré en la escuela.

Era fácil distinguir su crisis, identificarla y, a veces, hasta criticarla. No me di cuenta cuándo, ni mucho menos cómo empezó, sólo sé que comienzo a vivirla. Es inevitable y le pasa a dos de cada diez mortales en su vida.

¿Qué son los veintes? Nada. Es como vivir en la nada. La sociedad tiene sus reglas a la que debes alinearte porque tienes que convivir con la gente. En los veintes eres muy joven y muy viejo, depende de las cosas que desees hacer, todos te dirán: “Eres muy joven todavía” o “pues si ya estás muy grande”.

Y lo repito, no importa que tan “razonables” sean tus motivos, los demás siempre te juzgaran y criticaran. Sobre todo en los veintes. Y si no importa si tienes veintiuno o veintinueve. Toda esa etapa es el sin sentido más grande que hay.

Llegan los treinta y se supone que ya después de atravesar por sendas crisis, resentimientos, emociones, tristezas, momentos alegres, desaires, decepciones, ilusiones, sueños, esperanzas, comienzas a ser un adulto consolidado. No es verdad. Hoy por hoy, sólo creo que después de los treinta solamente se resignan y siguen viviendo.

Por debajo de los veinte es fácil y sin embargo, la vida adolescente y la previa a la del joven adulto parece y se siente tan complicada. Los veintes muy joven, los veintes muy viejos, no significan nada. ¿Es la edad donde tienes que equivocarte? Esa es una frase cliché que nos meten en la cabeza para redimirnos a nosotros mismos, el ser humano comete tanto errores que toda etapa debería ser justificada de esa forma.

Sólo sé que me preocupé mucho cuando pensé en mi próximo cumpleaños ya que había prometido salirme de mi casa e independizarme antes de cumplir veintitrés. Y de pronto dije “bueno, otro año más, tal vez no a los veintitrés, tal vez a los… ¡oh no!”.

Habrá que hallar un modo de que no se vengan encima. Por mucho que luzca como una, no, no puedo actuar como adolescente.