Nunca
les he contado cómo son mis clases de inglés. Yo aún lo siento como actividad
extracurricular e intento, y de hecho lo logro, no verlo como una obligación,
excepto claro porque las clases cuestan y me dolería bastante el codo si no
aprovecho las clases como es debido. A pesar de eso no es tan pesado como
podrían imaginarse, voy a cumplir dos años ahí y suele convertirse en un
pequeñito fastidio levantarse temprano los sábados, pero esa mujercita (o sea yo) de los
sábados por la mañana es bastante agradable y fresca.
No
tuve clases de inglés en la primaria, mi único contacto con el idioma era la
música pop que llegaba a mis oídos y seguramente un grave washawasheo. Cuando
en la secundaria inicié el idioma no me costó tanto trabajo. Llegué a traducir,
o hacer el intento, canciones sólo con un deficiente diccionario de
inglés-español. Mis hermanas decían que si yo aprendía el idioma sería muy
sencillo para mí.
No
lo hice antes y, aunque poco, entendía algunas cosas. Realmente ayuda estar loca en algunas cuestiones. El traductor google se convirtió en una herramienta
esencial para mí, solíamos ser grandes amigos. Ahora me causa algunas
decepciones. Tengo una carpeta llena de traducciones con mi amigo el traductor
google y mi pobre gramática.
Ahora
creo que estaban en un error mis hermanas al decirme que para mí era muy
sencillo y yo de ingenua que me lo creí. Es más complicado de lo que pensé. Lo
entiendo, quizá no pueda traducirlo al pie de la letra, pero por ejemplo, en los
listenings puedo decir “ah pues dijo esto o aquello”. Escribirlo se me complica
pero formo algunas frases coherentes. Lo que definitivamente no he podido
hacer es hablarlo.
La
primer regla para aprender un idioma es: no pienses en tu propio idioma, no
trates de traducirlo. Es difícil para mí ya que aprendí y me inicié en el
inglés con un diccionario y mis concepciones primitivas de español. Así que
cuando quiero decir algo brillante que pase de más de cinco palabras me pasmo y
empiezo con el clásico: “eerg.. errg… am… yeah… I… errg”.
La
cosa es que mi pronunciación no es tan mala como la de Salma Hayek en Frida, ni
la de Penélope Cruz recibiendo el Oscar, más bien no puedo entablar una buena
conversación y para el nivel en el que estoy, debería hacerlo. Primero tengo mi
problema de Alzheimer juvenil, por lo que no puedo recordar todas las reglas
gramaticales; segundo no conozco aún todo el vocabulario y por último pero no
menos importante –para nada menos importante –me da una pena horrible hablar
inglés.
No sé
qué suceda con el futuro de mi aprendizaje en el idioma. En clase me divierto y
ahora comienzo a hablar sin pensar en lo que estoy diciendo, y me queda la
sensación de “¿qué demonios dije?”; pero dicen que es bueno. Intento
practicarlo, porque he ahí la clave, y cuando mi sobrino me dice “pero no es
tan difícil” me preguntó cómo es que no me enviaron a un campamento e
intercambie identidad con alguna niña extranjera o de padres bilingües, o de perdis
que me hubieran enviado a un instituto de idiomas desde niña, en vez del tiempo que perdí
viendo televisión.
Por
lo pronto seguiré cantando canciones en inglés mientras tomo mi baño matutino,
porque hasta ahora no me ha servido mucho ya que luego resulta que esa ni era
la pronunciación correcta, pero en los conciertos bien que sirve.
Y quiero aprender francés, ¡já!


