He
tenido millones de pensamientos. Todos los días. Es tanto que he llegado a
pensar en reemplazar la libreta de mis muy pobres dibujos para usarla en vaciar
aquellos pensamientos. Todavía no lo sé, irónicamente me da temor que la gente
pueda chismosear lo que escribo.
He
pensado en los empleos, he pensado mucho en ello. De pronto hasta he llegado a
pensar que no soy del tipo trabajador. Pero una cosa ha llevado a otra y así
sucesivamente como siempre pasa.
Trabajo
en un lugar que aún es ajeno para mí. Trabajo en una zona que tiene muchas
cosas que me desagradan. Es de esas zonas donde la gente rica siempre ha sido
rica o donde la gente rica se volvió rica y olvido todo lo demás. Es como una
burbuja, como una realidad alterna. Si un elemento fuera de ese ambiente pudiera perturbarlos, en realidad, no pasa nada.
Hay
miles de restaurantes, de esos en donde comer una hoja de lechuga te cuesta 500
pesos. En ellos esta la zona de fumadores (o no fumadores) que da a la calle. Siempre me ha
parecido de mal gusto, comer en esa zona, no me gusta que me vean comer ni
que vean lo que como. Ellos con sus trajes y vestidos de marca, y por supuesto
su copa de vino. Veo un elemento que no esta acorde al paisaje: un señor en
silla de ruedas con ropa desgastada y algo sucia, un niño con huaraches
vendiendo chicles y ellos, no, no se inmutan, los ignoran. Nadie puede
perturbar su espacio. Me da asco.
Y
entonces he conocido a gente así. Dudo mucho que esa gente, la que ha nacido
con riqueza, sepa lo que es despertarse a las 4 de la mañana y salir a las 5 am a
trabajar y regresar a las 11 de la noche de trabajar. Dudo que sepan lo que es estar
atorado en el tráfico en un pesero, microbús o en el metro a horas pico.
Incluso los que son mis jefes, dudo mucho que sepan lo que es irse a trabajar
con una tortilla con frijoles en la panza, porque ahora ya ni para el huevo.
Ellos
han nacido ciegos, no se inmutan, los ignoran, porque en realidad no los ven.
Jamás alzaran la voz para nada porque ellos pueden hacer comentarios como: “¿tú
hijo está en México?” cuando cualquiera de nosotros podría ahorrar toda su vida
para salir siquiera una vez de este país. Ellos pueden comprar cosas nimias un
día si y al otro también, y a mi me
llevaría tres meses juntarlo. Son estúpidos.
Y
esta esa otra gente, que no nació con la riqueza pero la fue adquiriendo. Esa
gente no nació ciega, pero se volvió ciega. He conocido a varios así. Uno pasa
la vida entera deseando auto, casa, buena vida. ¡Qué diablos es la buena vida!
Vivir bien, en estos días eso significa vivir bien: buen auto, buen empleo,
bien remunerado, reconocimiento social, una casa grande con una buena
ubicación, ¿y qué?, a cambio obtienes la ceguera y la estupidez. Y comienzas a
decir sandeces estilo: “si están así es porque quieren”.
Se
van pavoneando en las calles y te miran como si fueran mejores personas que tú.
No son mejores personas. Porque ven a niños vender enfrente de su comida y los
ignoran o cuando los miran, los miran con desprecio. Personas que no pueden ni
siquiera criar a los niños que ególatramente traen al mundo. Necesitan de esas
mujeres que saben lo que es levantarse a las 5 de la mañana e irse a dormir a
las 11 de la noche para que saquen a pasear a sus hijos y a sus perros, parece
que los dos son mascotas.
Alguna
vez quise irme a Londres, mi sueño era vivir en Londres. A veces duele tanto la
realidad y sobre todo la realidad del lugar donde vives que prefieres huir. Mi
meta era tener una de esas casas sencillas como en donde vivía Bridget Jones –veo demasiadas películas –y si de esos departamentos que das dos
pasos y esta la cocina, y dos pasos más te encuentras con la recámara. Aún me
gustan esos espacios.
Nunca
me he visto tras el volante de un auto. Aún cuando lo haya manejado, muy mal
debo admitir, siempre he pensado que amaré/odiare el transporte público toda la
vida, aquí y en China. No aspiro a la buena vida que la sociedad dice que debes
tener. No porque debas hacer lo que tu quieras, ese cuento de psicología de
cinco pesos ya me lo sé. Más bien porque no quiero que se me olvide, no quiero
ser como ellos.
Así
que mientras camino por Polanco, para ir a pagar cuentas ajenas de algunas
personas que no se merecen ni el más mínimo gesto ni de respeto, ni mucho menos
de amabilidad, veo lo que sucede en su burbuja falsa y hueca. A mi se me hace
un nudo en la garganta, casi quiero llorar en medio de las calles limpias y
bien vigiladas como si ellos fueran más importantes que cualquiera de nosotros.
Y me dan asco, ellos me dan asco con su ropa pulcra de marca y su copa de vino.
Después
yo me doy asco porque estoy ahí y de algún modo siento que lo permito.
Mi sueño
era huir, siempre ha sido huir. Ya ni siquiera tengo planes, siempre que hago
uno se echa a perder porque todo cambia. Tampoco tengo una meta a largo plazo,
aprendí a no hacerlas. Siempre digo: mi meta es terminar el día. Y ya, plazos
cortos, seguros.
Ahora
no puedo huir, ya no tengo sueños, ni metas. No quiero volverme ciega. Si es
que tengo una meta a largo plazo, yo creo que sería: no terminar como ellos,
que nunca, nunca me sea indiferente.

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