Hay
cosas que te mueven, cosas que te hacen reflexionar, más bien escenas. Cuando
estás inmerso en la rutina diaria es complicado observar, detenerse un momento,
sólo un pequeño momento y observar qué sucede alrededor. Cuando lo hago,
resulta que encuentro escenas y personajes que me mueven. Ya había sucedido así
y hoy volví a observar. En estos días, pienso, se debe hacer bastante.
Estaba
en una avenida cercana a mi casa, esperando el transporte público, eran las
ocho de la mañana, el sol a penas comenzaba a calentar. Recordé que días
anteriores el sol ya casi estaba en lo alto a esas horas, y meses antes hacía
un frío que calaba los huesos. Cuestión del tiempo y la intemperie, pensé.
Cerca del lugar donde le hago la parada al autobús se encuentra un banco, y los
fines de semana suele ser concurrido por las mañanas –en menor medida que entre
semana, pero concurrido –y varios coches se estacionan cerca.
Vi a
un hombre mayor, unos setenta años le calculé yo, con un pantalón de vestir algo
sucio y roído; una camisa beige bastante percudida; arriba de ella un suéter
azul marino también un poco roto; unos zapatos negros gastados y un sombrero de
ala amarillo. Lo observé porque tenía algo especial, bueno, a decir verdad los
adultos mayores me causan especial interés, siento que su aspecto tienen mucho
que decir.
El
hombre se encuentra del otro lado de la acera. Se ve que ha esperado ahí
bastante tiempo, a pesar de la intemperie y cambios del clima. Me percato que
tiene en la mano derecha una franela gris y sucia. Sus ojos tienen algo
especial que aún en ese momento no logro detectar del todo. Lo observaba cuando
un coche aparco enfrente del banco. El anciano cruzó con cautela la avenida. Su
andanza era lenta, pero determinada y eso me llamó la atención. Esperaba que no
notara que lo observaba.
Una
señora se bajó del auto para entrar al cajero. Rápida y decididamente el señor
comenzó a limpiar los vidrios del coche con su franela. Lo hacía con bastante
empeño, con el empeño que reconozco a mi me hace falta para hacer las cosas, y
descubrí que en los ojos se le notaban las ganas de trabajar. Limpiaba los
vidrios de prisa, o al menos lo que su fuerza lo dejaba hacerlo, imagino de
forma lógica que hacerlo de ese modo significaría limpiar los vidrios del auto
en su totalidad, y que posiblemente eso le redituaría una mejor recompensa que
el sólo hecho de limpiar un cristal.
La
señora salió del cajero, vio la escena e hizo una mueca que a mi me irritó,
pensé: “¡qué diablos señora, no lo mire con desprecio intenta ganarse la vida!,
¿qué usted no sabe lo que es eso?”. El señor se dio cuenta y se alejó un poco
detallando un último cristal. La señora rodeó el automóvil y se subió, como es
la pésima costumbre de las mujeres de tardarse años luz al subirse a un coche y
prenderlo, ésta no fue la excepción. Me irritó especialmente porque yo al
menos, ya sabía que no le daría un centavo al hombre; pero mientras esa señora
permanecía dentro del auto esculcando su bolsa, significaba una esperanza para
el anciano.
En
efecto la señora no le dio ni un centavo y los ojos del señor recorrieron todo
el auto. Lo siguiente me sorprendió, porque no miró a la mujer con desprecio,
como al menos yo lo hubiera hecho; tal vez si, con algo de decepción, pero más
bien era una cara de satisfacción. Me confundió mucho, pero imagino que se
sintió orgulloso de hacer su trabajo aunque no haya recibido recompensa por
ello.
Así
llegaron otros dos automóviles en ese tiempo que esperaba el autobús. Ninguno
le dio una moneda al señor y yo me sentía tan mal que estuve a nada de
acercarme a darle unas monedas. Luego lo pensé e imaginé que a lo mejor el
señor se ofendería en vez de besarme los pies y, por supuesto no pediría ante la
iglesia que me beatificarán por mi acción. Me quedé ahí esperando el autobús
con un nudo en la garganta, y como no había nadie cerca dije en voz alta: “chale, esas
son las personas que valen la pena”.
Hemos
visto y leído muchas cosas, y son estos momentos de la vida cotidiana que me
hacen cuestionarme cómo, cómo lo seguimos permitiendo. El señor debería
disfrutar de un retiro digno o al menos de un empleo que sea reconocido, nadie
lo debería de ver con desprecio sólo por tener un maldito coche. Es por esa
gente por la que escribo, por la que comparto esto, porque son historias que
deberían ser escuchadas, porque son esas personas a las que deberíamos poner
atención.
El
jueves, una compañera le preguntó al escritor sinaloense Élmer Mendoza qué
opinaba del movimiento YoSoy132, él contestó algo que me dejó pensando, y mucho.
Primero hizo un gesto que es difícil de explicar, no fue de burla, fue raro y después precisó: “es
pura chilangada”. Dejar de ser exclusivos y arrogantes pensando que somos
mayoría debería de ser una prioridad.
A lo
mejor no ayudo en nada al señor escribiendo, publicando y compartiendo esto,
como si, por ejemplo, mejor le hubiera dado unos pesos para que limpiara un inexistente coche.
Pero no sé, no espero hacer alguna diferencia; sólo observen, hay muchas
historias, hay mucha gente que aún esta siendo excluida. Pensamos en nuestros
sueños, en los sueños de los más jóvenes. No creo que el señor con su franela
tenga esperanzas perdidas. Todavía tenemos una exclusión empezando desde este
pequeño punto.
Y
después llega la imagen del señor con su franela, me angustió, sigo pensando en
él, en la imagen de su lenta y decida andanza, y creo que esto que escribo
sigue sin ser suficiente. Quizá el próximo sábado aparte unas monedas y se las
de con la esperanza de que no se sienta ofendido. No espero que me beatifiquen,
sólo que pueda comer y que cada vez que lo vea me siga inspirando sus ganas de
hacer las cosas.
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