viernes, 22 de enero de 2016

Caminar

Hoy fui al cine sola. Había insistido con mucha gente de ir, pero supongo que soy la única persona que no tiene nada qué hacer por las mañanas o por la vida. Olvidaba lo maravilloso que es ir al cine sola y pedir con absoluto orgullo un boleto en la taquilla.

La sala estaba casi vacía, pedí un lugar hasta arriba y me acosté entre los asientos, mientras veía en pantalla hermosos paisajes daneses. El cine sigue siendo esa máquina de sueños predilecta.

Traté con exquisita amabilidad a cada uno de los empleados en el cine. No soy la más entusiasta al momento de estar rodeada de personas, pero siempre intento ser mi mejor yo con las personas que se dedican al servicio. No sé en qué momento pueda estar yo en su lugar. Quizá más pronto de lo que imagino.

Salí y caminé a casa. El cine no me queda muy lejos e hice el mismo recorrido de cuando en arranques de locura caminaba del bachillerato a casa. A muchos les parece una larga distancia, pero yo sé de largas distancias y esa no lo es.

Apagué el celular porque no quería que nada me molestara. Caminé a paso lento porque no tenía prisa por llegar a ningún sitio. Paso tras paso, al lado de coches y personas desconocidas me di cuenta que era la segunda vez en estos cuatro meses que me sentía libre. La primera fue durante el viaje mirando las nubes durante el vuelo.

El viento helado soplaba y yo me encogía, pero continuaba el trayecto. Cruce avenidas y calles observando cuidadosamente. Veía mi sombra y cómo mi cabello se revolvía con el aire como una danza exótica.

De pronto me di cuenta que me acercaba a la primaria a la que asistí de niña. Pasé por el lugar donde se estacionó mi mamá para recogerme y darme un pequeño regalo sin razón alguna. Crucé la puerta de entrada que había abierto por mi cuenta tantas veces. También pasé por el lugar donde mi papá se estacionaba al dejarme y esperábamos porque siempre se nos hacía temprano.

La escuela estaba pintada del mismo color que la recuerdo cuando entre con terror el primer día. Ese lugar donde conocí a mis primeras amistades y donde atravesé tantas cosas.

Seguí caminando pensando en eso de ir al cine sola. En lo mucho que me gusta y en lo tanto que tengo que trabajar para estar bien con mi propia compañía. En que estaba tan acostumbrada a estar sola que no sé exactamente qué se siente estar con alguien más.

Mientras eso pasaba en mi mente, el hecho de recorrer la primaria y la escuela donde pase cuatro años intentando aprender inglés, me di cuenta que había cambiado. A veces pienso que fui hecha de un material diferente, no por sentirme única, pero porque no puedo ver lo que los demás ven.

A decir verdad creo que mi material se ha ido modificando a lo largo de mi vida. Creo que primero fui de plastilina y era muy fácil moldearme; luego creo que fui de plástico, uno divertido con un color brillante; después creo que fui de hierro tan duro y terco. Ahora creo que estoy hecha de arcilla y que me quebraré en cualquier momento.

No soy la única, sé que hay muchos allá como yo. Son tiempos difíciles para las almas solitarias. En ocasiones me gustaría encontrarme con ellos, pero eso no sucederá. Ellos también desean estar solos y encontrarse entre un bullicio citadino o la tranquilidad de una provincia.

Anoche tuve un sueño extraño. Soñé que estaba en la fiesta de un cineasta muy conocido. Iba acompañada de alguien que ahora no recuerdo. Mi familia estaba ahí, todos se conocían y yo era la única desconocida en el lugar. Me sentía tan fuera de lugar, tan temerosa y cohibida, fue un sentimiento tan incómodo.

Llegué a la conclusión de que así es la vida: una gran fiesta a la que me obligaron a asistir o a la que ni siquiera fui invitada. Me gustaría decirle a la gente como yo que podemos reunirnos en esa fiesta y tomar un vaso de agua o un té juntos aunque no hablemos los unos con los otros.

Antes de subir a un puente peatonal pensaba en las decisiones que debemos tomar a lo largo de nuestras vidas. Las únicas sobre las que no tenemos derecho a decidir son nacer y morir. Lo demás está en nosotros. Ojalá por lo menos pudiéramos decidir cuándo y dónde morir.

No sé cómo seré recordada cuando parta y ojalá pueda decidir cuándo partir. Supongo que lo que más honesto tendría que ser irse haciendo o intentando hacer algo que uno realmente desea, algo que lo llene y le alivie el alma. Como Bowie.

Siento que la gente como yo vamos a cometer locuras. Siento que viene una locura de mi parte. No sé cuál.

Casi llegaba a casa cuando pasé por la secundaria a la que asistí. En ese tiempo todo me quedaba cerca. Después me di cuenta que vivía en una burbuja y en el fin del mundo. Me acerqué al edificio y mire una de las ventanas del último piso. Casi pude verme a mi misma las 14 años mirando a la de 25 años.

No fue mi época favorita, pero no pude evitar sonreír al pensar que ahí conocí a una de las mujeres que más quiero en mi vida.

En ese momento el tren aviso su trayecto. Me quedé en una esquina observándolo pasar. Recordé que alguna vez dos personas se impresionaron al saber que por mi casa seguía pasando un tren. Seguí su trayecto con la vista y continué caminando.

Iba a pasar por el puesto de una señora a la que le compraba golosinas cuando iba en la secundaria. Con sinceridad había decidido pasarme de largo porque me daría mucha vergüenza si me cuestionara mi estado laboral. Crucé la calle y volví a mirar su puesto. Volví a cruzar la calle y le compré un dulce. Me preguntó cómo me iba y yo le dije la verdad.

No me juzgo y me platicó sobre la situación de sus hijas. Una de ellas iba en la misma secundaria que yo, en diferente generación. Me contó que ambas abandonaron la escuela y que una de ellas estudiaba lo mismo que yo. Ambas tienen empleo y ahora después de 10 años en una empresa preferían “trabajar para estudiar”.

Me despedí y seguí mi camino a casa. Lo que me platicó me hizo pensar. Una vez escuché a un par de psicólogos decir que la educación no servía para nada, que a veces era mejor no estudiar. Yo me escandalicé, por supuesto. Mi manera de pensar ha cambiado estos años.

De niña y adolescente el estudio me parecía lo más noble que había. Además yo era muy buena en ello. En eso de ir a la escuela, estar en las clases y cumplir con las tareas. No podía concebir otra cosa diferente. Ahora creo que lo más noble es trabajar y hacerse de un oficio que te apasione.

Estoy totalmente en contra de que mis sobrinos continúen sus estudios inmediatamente después de la preparatoria. Es absurdo. La gente debería de encontrar su vocación empíricamente sin perder tiempo en ello, ya luego vendrá la especialización.

Me di cuenta mientras caminaba que había hecho tantas expectativas de niña, había tenido tantas aspiraciones que me faltó hacer una. La más sencilla o la que parece ser la más sencilla en teoría: vivir. Pasamos tanto tiempo intentando aprender a vivir que nunca lo hacemos. Yo no sé cómo hacerlo.

Creo que siempre estuvo presente esto: escribir. Empecé un diario cuando tenía 10 años, no conozco a nadie que pidiera un diario como regalo y menos aún que lo usara. No sabía que me gustaba, no lo racionalicé, pero ahí estaba.

Recuerdo cuando acabé el servicio social, la persona que se hizo cargo de mi me dijo: “Tengo que decirte una última cosa: por favor, nunca dejes de escribir, nos privarías a muchas personas de tu trabajo”. Fue tan repentino e inesperado que creo que se me subió la sangre a la cabeza.

Ya sé que esto suena altanero y las personas que me conocen saben que realmente creo lo que voy a escribir a continuación: nunca he pensado tener un don especial para la escritura, ni que lo que escribo sea sobresaliente. Escuchar lo que me dijo ese hombre significó mucho para mi.

Él no me conocía, no era parte de mis amigos y familiares que me comentaban lo mucho que les gustaba lo que habían leído. No sé cómo pasó, pero ese entusiasmo se vio reducido a otra cosa en este tiempo.

Cuando comencé a compartir lo que escribía me daba mucho miedo que los demás me leyeran, en especial mi familia. Ahora creo que ya menos gente me lee, mucho menos mi familia. Hace poco buscábamos canciones para un vídeo. Yo proponía canciones cuando de pronto mi hermana me dijo: “Te has vuelto muy deprimente”. Me quedé callada.

Estaba a pocos pasos de mi casa. Mientras todo esto que les escribo paso redactándose en mi mente durante el camino. Mentalmente borraba cosas o añadía otras, es como tener una máquina de escribir en mi cabeza todo el tiempo. A veces no se calla y sigue haciendo esos ruidos mecanográficos en las noches, no me deja dormir.

Aún así me sentí libre y disfrute mi compañía aunque fuera deprimente, aunque hayan sucedido tantas cosas. Recordé que ayer antes de dormir hablé con ella, no sé si me escuchaba, pero prefiero fingir que si. Le dije que me sentía muy avergonzada por mi cobardía y mi falta de carácter. Le dije que lo iba a intentar.

Me desvié un poco y fui a la heladería cercana. Sí, pedí un gran helado de chocolate y al primer contacto con mi lengua sentí un muy dulce, dulce alivio y ese fue el punto final de mi texto.


Al llegar a casa, la esposa de mi papá me preguntó si no tenía hoy una entrevista. “No pasé el filtro”, le contesté. Mi papá cambio el tema y yo me di la media vuelta con un nudo en la garganta. Ese fue el segundo punto final, el error ortográfico en mi texto.