sábado, 12 de abril de 2014

El nuevo milenio

He estado recordando los dos miles. Llegué  a la parte melancólica de los veintitantos y en este punto no se puede detener. Vinieron a mi mente como algo curioso, buscaba información sobre un tema y pensé: “el dato es de 2004, no ha pasado tanto… ¿o si?”. Después llegaron en forma de flasbacks y me percaté de que habían pasado 10 años.

Parecía sencillo recordar tantas cosas como si hubieran ocurrido hace alguna semanas. Los dos miles no se me antojaban tan lejanos, pero en 2004 tenía 14 años y ahora estoy por cumplir los 24. Entre el pasar de las páginas mentales, estaba cayendo en cuenta de que está más lejano de lo que imaginé.

Después me dio una extraña añoranza por escuchar esa música que poníamos en los discman. Anhelé poder revivir uno de aquellos días de verano, tan despreocupados, tan sencillos, llenos de risas y de lágrimas que no contenían tanto dolor. Supongo que es inútil de algún modo quererlo de nuevo.

Recordarlo no le hace daño a nadie, me saca sonrisas. Recuerdo cómo vestía, como eran los jeans acampanados, rotos de las orillas, rotos de las rodillas, los suéteres color pastel, luego las sudaderas negras y los amados converse rotos, sucios y viejos. Incluso recuerdo el sabor de las cosas, de las tortas de milanesa y las papas con salsa y la comida recién hecha en casa de mis tíos.

El sonido de la música tiene un toque dos mil, tiene un ruido especial que se introduce en mis oídos y me hace transportarme a ese momento. Cuando escucho el sonido de las voces de aquellos músicos, creo que estoy ahí de nuevo, incluso si cierro los ojos y pongo mucha atención siento que tengo ese corte de cabello y esos jeans de tubo ajustados.

Luego vuelvo a este momento y todo me parece aburrido, al menos en alguna medida. Todo me parece más de lo mismo y a veces no entiendo el entusiasmo colectivo. Las risas las escucho como ecos lejanos de alguna parte que aún no descubro. Miro fijamente por la ventana y no veo más que gente caminando sin rumbo en las calles, tal como yo.

Hace unos días mire las fotos. Reproduje esa canción y me sorprendió recordar la letra. Miraba las fotografías y cantaba, con el nudo en la garganta, lloré pero no me di cuenta cuando comenzaron a caer las lágrimas. Nos veía reír, me veía con ella, con ellos, recordé la primera vez que corrí, que me emocioné, que los conocí e incluso volví a reconocer olores. Reía y lloraba, lloraba y reía,  no llegué a notar la diferencia.

Catorce años es mucho. Veo a las personas que me rodean, los más chicos han crecido, los más grandes son ancianos y yo adquirí responsabilidades, soy la del nombre, la del apellido, incluso la de la cara, los brazos, las piernas y las manos, pero no pude determinar si soy la misma.

Releí esas cartas con faltas de ortografía, pero con tantas palabras llenas de amor. Leí las felicitaciones, las dedicatorias y los dibujos. Parece aterrador, regresó el pensamiento de que los dos miles no parecían lejanos, pero por qué nos recordaba diferente.

Pasaba las hojas y las fechas, y los días. Otra vez eran lejanos. Encontré esa foto donde estábamos las tres, pero ya no hay más tres. Encontré la foto del mayor logro escolar de secundaria, pero ya no significa nada. Encontré la dedicatoria de ella y recordé que ha sabido expresar mejor lo que siente. Encontré la fotografía de todos sentados en la jardinera y ahora no sé dónde están muchos de ellos. Encontré este blog y descubrí que realmente sí escribía bien… antes.


Mis allegados continúan diciendo: “hey, disfruta el hoy”. No es que no lo disfrute, pero también disfruto recordar cuando había cosas que me hicieron ser lo que soy. La verdad, regresar un día sería bueno, saber de nuevo qué es sonreír y tener esa mirada que recordaba tener. Aquellos dos miles se ven tan lejanos.

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