domingo, 25 de agosto de 2013

Es tan bueno que te cagas


Qué tal que la vida de los seres humanos sufre un destino que se ha predicho desde su nacimiento. Qué tal que la escoria es realmente hereditaria, los problemas mentales y las decisiones erráticas. Puede ser o puede no serlo.

Irvine Welsh tiene una particularidad en sus novelas, es tan bueno que te cagas, más o menos así lo dirían sus personajes. Tiene algo de grotesco, de prosaico, de injusto y despreciable. Realmente es como el ser humano en todas sus etapas, cuando llega el momento donde decides caer porque eres mejor que el resto. Y no lo eres.

Este mes leí Filth o traducido al español: Escoria. Pensaba que después de Trainspotting ningún otro personaje podría ser tan estúpido y esquizofrénico como Renton, Begbie, Sick Boy o Spud. Me equivoqué. Bruce Robertson representa todo lo bajo y malo que puede ser una persona.

El sargento Bruce Robertson, un ser racista, misógino, egocéntrico, megalómano, calumnioso, asqueroso y corrupto. La vida a su alrededor es un juego y se considera el mejor jugador ¿por qué? Porque en este juego sólo hay una regla: joder a los demás. Pero, ¿será el mejor jugador Bruce Robertson?

Conforme avanzamos en la serie vivencias del sargento Bruce nos damos cuenta que todo a su alrededor se desmorona: solo, sin familia (su esposa e hija lo abandonaron), sin amigos y con el único objetivo de ascender a un mejor puesto en su división policial, sin importar pasar sobre los demás. “Todas son las mismas reglas”.

El vacío que una persona como Bruss tiene se puede “llenar” a través de sexo, drogas, comida chatarra, maldecir y joder a los demás todo el tiempo. Si nuestras vidas están mal entonces tenemos que hacerle daño a los demás. No, Bruce Robertson no está bien y el cuerpo lo reclama.

Sin perder su estilo, Welsh introduce un extraño elemento a la historia: una solitaria. Este organismo se encarga de recordarle al sargento que su vida es miserable y que no puede huir de su pasado porque cada cosa que ha hecho es simplemente un reflejo de los miles de recuerdos del pasado. Está destinado a ser como es.

Es una lástima no poder conocer Escocia, no poder conocer Leith Walk, no poder conocer Glasgow o Edimburgo. Sin embargo ahí está, en la novela de Irvine Welsh, más que pasar por lugares en el mapa, convierte a Escocia en un personaje fundamental para la historia ¿dónde más si no es en Escocia se podría desarrollar?

En Guanajuato Danny Boyle mencionó que al hacer Trainspotting  lo que más le llamaba la atención es esa relación de animadversión de los escoceses con los ingleses y que dicho sea de paso, es lo que precisamente Irvine Welsh sabe retratar con las justas palabras.

No es gratuito, todas esas bromas sobre acentos, sobrenombres despectivos y groserías es una largo, largo conocimiento de las calles escocesas y del sentimiento profundo de sus habitantes. Porque no todo es “buenito”, porque más bien todo es realista y surrealista a la vez.

En medio de todo este paisaje, de ese argot escoces-inglés que quizá se pueda perder en la traducción, en medio está una naturaleza humana de autodestrucción que no es ajena para ninguna parte del mundo, y eso, justo eso es lo que mejor sabe hacer Irvine Welsh.

No se engañen, todos tenemos algo de Bruce Robertson y en esta contemporaneidad nuestra depresión, manías, obsesiones y deseos salen en forma de pura y auténtica escoria. “¿Cómo te ha hecho sentirte?”.

Lo leí antes de que salga la adaptación al cine y debo decir que promete mucho, mucho la actuación de James McAvoy. Dejo uno de los avances, sobra decir, cine que por supuesto no llegara a nuestras salas.

miércoles, 21 de agosto de 2013

Estos días

Alguien me dijo: “sigue escribiendo”. Normalmente llevo la contraría, pero hoy no es así. Deje de escribir hace tiempo, es decir, tan a menudo. También dije que no escribiría más sobre cómo me sentía, pero algo ocurrió.

Estaba viendo un concierto de Blur y entonces sentí algo en el pecho, poco después me encontraba cantando a todo pulmón con lágrimas, sintiendo que todas las cosas que han pasado en estos últimos meses fueron hace siglos.

Reconocí el sentimiento y me levanté al día siguiente con algo de angustia. Iba caminando por la calle hacia esa nueva petit rutina que tengo ahora. Mientras atravesaba avenidas y calles me repetía: “ay no, no otra vez”.

El sábado iba a ver a una amiga que hace muchísimo no veo. Me gusta verla porque al mirar sus ojos y abrazarla me recuerda que fui mucho mejor antes. El chiste es que no la pude ver y camine de nuevo sola por la ciudad.

Empiezo a hacer que las cosas mejoren con los demás porque me estoy esforzando. Ese día camine sola y me vino a la mente si en realidad no sería así toda mi vida. A lo mejor estoy destinada a estar así, pensé.

Repase los últimos acontecimientos, las últimas charlas con mis amigas y amigos. Más que nada con mis amigas porque casi no tengo amigos. Enero, Febrero, Marzo, Abril, Mayo, Junio, Julio, Agosto…

Sentí y siento que cada mes se pasó como un año entero. Como sin nada hubiera pasado. Es cuando me percato que el mundo, las personas se están moviendo. Como en esas escenas de las películas donde enfocan algo y alrededor todo parece estar acelerado, pero yo sigo en slow-motion.

Cierro los ojos y, recuerdo el primer sonido que hice en francés, la primera vez que platique con ella, los primeros pasos de baile, la música y nuestras manos juntas mientras cantábamos, las entrevistas, volverlo a ver, los retos, los enojos, el ejercicio, la última vez que hablé con él, la carretera, la recámara, sus palabras, los nuevos rostros y el último sonido que hice en inglés.

Me satisface, cada cosa  que llega a la mente, pero aún me siento extraña. Cuando camino por la calle me preguntó si llegaré a un lado en realidad, me preguntó que pasará y… luego creo que me hace falta a ir a un concierto.

Reconocí ese sentimiento y casi me suelto a llorar al cruzar la calle. Lo contuve un momento y me dije a mi misma que tenía que contenerlo aún más y pensar en lo que me satisfacía todo lo que estoy viviendo, pero honestamente queridos lectores: tengo mucho miedo.

No estoy del todo deprimida, sonrio y a decir verdad lo hago con toda honestidad. Me llevo mejor con las personas y ya no me duele tanto cuando los demás me recuerdan mis fracasos. Probablemente volví a caer en mi demencia, es sólo que tengo esa incertidumbre.

Hoy volví a pensar en mi pequeño camino. A estas alturas me pareció complicado recordar cuántos años tengo y cuando lo hice me dio mucho miedo. Me molesta la forma en la que se cumple años y se pasa a ser un martirio, pero realmente aterra.

También llegaron a mi mente todas las personas, todas y las extrañé. Es raro, el fin de semana fui a un lugar cerca de la universidad y me sentía rara, pero lo extrañé porque, no sé, quizá porque tenía un propósito antes.

Me aterra pensar que entre más tiempo pase sea más difícil encontrar lo que me gusta. Tic, tac, tic, tac, tic, tac.


Y al final sólo una imagen ocupa todo mi diminuto espacio: las luces de Guanajuato de noche y la manera en que escuché su voz en mi cabeza diciendo: “cuando veas las luces así acuérdate de mi”.