viernes, 26 de julio de 2013

Guanajuato, recuerdos y Danny Boyle



Hoy tomo riesgos, hoy hago cosas que no haría ¿pero por qué lo haría? Quiero pensar que se debe a una nueva, agresiva pero esperanzadora llama dentro de mí. Suena espantosamente cursi y melodramático, pero creo que queda para el caso.

Vi hace dos semanas que Danny Boyle daría una conferencia a propósito del festival de cine en Guanajuato. No pensé en nada más, sólo me dije a mi misma que tenía que ir. Así soy siempre, algo me emociona y mi reacción es creer que puedo hacer las cosas, aunque al final nunca las hago. Me cansé de eso.

Me informe, me prepare y finalmente lo hice, hice el viaje sola a Guanajuato para ver al que por mucho es mi director de cine favorito. Para ver al hombre que hizo mi película favorita. Tome el riesgo, lo hice y no me arrepiento.

En realidad hasta unos dos días antes de mi viaje semi-relámpago no me puse a analizar en lo que significaba el viaje para mí. Había tres cosas esenciales y honestamente ninguna de las tres era prioritaria. La primera era que no había ido a Guanajuato desde hace 6 años y la última persona con quien fui allá fue con mi mamá; la segunda era que viajaba sola cosa que jamás había hecho y la tercera que era ver a Danny Boyle.

En la primera no ahondaré demasiado por temor a decir más de lo que quiero decir. Sólo puedo escribir que escalofríos llenos de nostalgia y tristeza recorrieron todo mi camino. También miedo porque intentaba evocar imágenes que ahora me resultan difícil traer a mi mente. Todavía necesito trabajar en ello.

Viajar sola es todo un tema y debería solo hablar de eso, pero dos días bastaron para decir mucho sobre muchas cosas. Al principio pensé que sería emocionante, luego, sinceramente, me dio miedo y al final no fue ninguna de las dos cosas. La mayoría del tiempo nos sentimos solos y a veces incluso lo estamos.

A kilómetros de distancia de la gente que queremos y de los conocidos, cuando realmente estamos solos es muy diferente. Sí fue emocionante, no tienes que esperar a nadie y se siente una libertad completa. Después sientes lo que aquella mujer que va sola a París en Paris je t'aime,  cuando dice que viendo la panorámica de la ciudad quería decirle a alguien: “¿no es hermoso?”. Fue exactamente así, pero probablemente lo volvería a hacer.

No me detuve a pensar lo que significaba ver a Danny Boyle. No hasta que recordé que cada una de sus películas ha cambiado mi vida. Cada canción que hay en sus películas me emociona por la escena que llega a mi mente. Alguien en la audiencia le dijo que él era importante en su vida, podría sonar exagerado, pero si pasa.

No sé si Danny Boyle sea parte importante en mi vida, pero sus películas lo son. Me hacen querer moverme, me hacen querer cambiar mi vida, me hacen impulsarme. Lo pensé antes de irme y por eso cuando vi a ese señor tan inglés que, si vistiera sólo con una bandera inglesa sería un exceso, me di cuenta que significaba mucho más para mi.

Fue curioso porque así como sus películas cambiaron mi vida justo en el momento preciso, sus palabras hicieron el mismo efecto. Yo no necesitaba un autógrafo, tocar su mano o hablar directamente con él, sólo tener el privilegio de escucharlo para mí era soberbio.

Dijo muchísimas cosas, contestó varias preguntas, nos hizo reír, emocionarnos, temblar, enojarnos, parece que su camaleónica tarea de cambiar de género es auténtica. Tiene un carisma sorprendente y yo me enamoré de su acento inglés, nunca sobra decir eso.

De todas las cosas que dijo y de todas las preguntas que respondió, fue justo la respuesta a la que pensé la más estúpida de todas las preguntas. Su respuesta me impactó tanto que tuve ganas de llorar ahí mismo y sí hubiera podido hasta de correr a abrazarlo.

Una chica hizo una pregunta, aunque más bien yo creo que quería escuchar algo esperanzador. Comenzó diciendo que su madre le decía que se moriría de hambre estudiando cine y finalizó preguntándole a Danny Boyle cómo le hizo él para no frustrar su sueño, cuándo los demás le decían que no podía y lo hizo. Ella le preguntó por el cine, pero en realidad creo que aplica para cualquier carrera.

Él sonrió y dijo: “parents” todos reímos. Dijo que vivió lo mismo, sus padres le decían lo mismo, él le dice lo mismo a sus hijos, pero que hay que tener fe en que se pueden hacer las cosas. Mi corazón latió tan fuerte conforme el nudo en mi garganta aparecía. Después del aplauso dijo: “pero escucha, lo importante es que ahora se necesita a gente como tú, se necesita gente joven, ideas jóvenes para seguir, así que no te rindas”.

Definitivamente no veré de la misma forma sus películas, no veré igual Guanajuato y no me veré igual a mi misma. Una amiga dice: “Daniela no a nosotras, no es fácil para nosotras y lo sabes”. Si muero mañana tampoco quiero que sea fácil, pero quiero disfrutarlo.


Realista, crudo, melancólico pero esperanzador, como las películas de Danny Boyle.

jueves, 4 de julio de 2013

La iVida


No fue Steve Jobs, tampoco las computadoras Macintosh. En general fue la evolución y los cambios inesperados que ocurrieron. Lo que hizo Steve Jobs y la manzanita fue poco a poco monopolizar nuestras vidas. Ahora nadie se imagina sin un aparato que no lleve una “i” de por medio.

Recorría un centro comercial. No sé si han puesto atención a las “islas” que hay en medio de las plazas comerciales donde venden accesorios para celular. Ahora también los celulares necesitan accesorios por si no fueran de por si ostentosos. Hoy me fijé en una y me di cuenta que venden cosas muy excéntricas para los iPhone.

Después de recorrer el pequeño local, me enojé. Venden toda clase de cosas para iPhone y al diablo los demás mortales que contamos con otro celular. ¡Claro! Todos tienen un iPhone. Eso de: “todos tenemos un iPhone” me parece una especie de tétrico ritual. Además si no tienes un iPhone tienes que vivir tu vida en la discriminación tecnológica.

Eres un cavernícola, comes con las manos o de lo contrario tus cubiertos están hechos de huesos humanos; seguro vives en una cueva comiendo insectos, también te comunicas por señas y vives en lugares incivilizados del planeta si no tienes un iPhone.

Sí, tengo un problema con los iPhone. Una vez una serie de personas me comentaron que mi aversión al iPhone es, sin duda alguna, porque no tengo uno. ¡Vaya me encanta la psicología inversa! Seguramente es un aparato muy útil, muy útil, eso no lo pongo en duda, pero no mientan, no es para todos y lo saben.

En mi vida me parece inútil un iPhone por varias razones. Hasta ahora no necesito estar conectada las 24 horas; tampoco necesito “tuitear” o actualizar mi estado de Facebook cada cinco minutos, así que por ese lado no lo usaría con frecuencia. La contradicción del iPhone es que su tamaño es demasiado pequeño para fungir o intentar ser un “ordenador” y es extravagantemente grande para ser un celular ¿Dónde quedó la época de “entre más pequeño sea un celular mejor? Creo que regresaremos al modelo Motorola dynatac 8000x.

Confieso que uso varios productos Mac… está bien, el único que no uso es el iPhone. Vivo en una ciudad peligrosa, mis rutas tampoco son muy seguras. He sido asaltada dos veces cerca de mi zona “segura”, y además soy muy paranoica. Si tuviera un iPhone no tendría un uso correcto, si es que existe alguno.

Para las personas cuyas vidas están ligadas al 110% de Internet, es decir, hombres y mujeres de negocios, negocios independientes o afines me parece que resultara muy útil un aparato como esos.

Probablemente esto quede como testimonio por si alguna vez adquiero un iPhone (por favor Thor, por favor no) y entonces ustedes se encarguen de reprochármelo, no sería la primera vez y, no será la última. Pero después de todo esas cosas son bien desechables. Tristemente he visto a personas tardar años en pagar estos aparatos y el día que liquidan su deuda: “Nuevo iPhone 145S10” ¿En serio?

No puedo criticarlo del todo, soy parte de la generación que tuvo que adaptarse de la máquina de escribir a la computadora, del cassette al mp3, los cuadernos a las tabletas. Vivimos en esta iVida que a veces me hace sentir tan vacía.