jueves, 18 de abril de 2013

La gran pista de baile




Era 2007 y yo tenía diecisiete años. Parece lejano en ocasiones y otra veces se siente cercano. Era un buen momento, no sé si en general lo dudo, pero era un buen momento en mi vida. Mi ignorancia sobre muchas cosas me hacían realmente feliz. Quizá más bien es que sólo tenía diecisiete años.

La conocí a ella con unos chinos y unos lentes curiosos. La escuché gritar y ser extrovertida tantas veces. Es como nadie que haya conocido, pensé. No parece haber una secuencia lógica en cómo nos hicimos amigas, pero no me importa porque cambió mi vida para siempre.

Después de tantas peripecias en el transporte público, de largas horas de plática y risas, nos concentrábamos en la música. Discovery, Homework y Human After All se convirtieron en cómplices. Me gustaba verla feliz y verla bailar. En realidad creo que estar con ella me hacía feliz a mi.

En esos días también pensábamos sobre eso que he dicho en recientes ocasiones. Esas bandas que moríamos por ver y que después de ver podíamos morir. Daft Punk se convirtió en una de esas bandas. Es gracioso que llegué el extraño presentimiento de que una banda va a venir y comiences a escuchar desenfrenadamente su música aún sin saber que van a venir.

Un día nos enteramos y literalmente nos volvimos locas como adolescentes. Ni siquiera recuerdo cómo fue conseguir boletos, pero lo hicimos. Hasta ahora es cuando me doy cuenta de la suerte que tuvimos.

Nunca había ido a un concierto con ella y parecía que había ido a todos los conciertos con ella. Nos “arreglamos” y nos citamos en el metro para ir juntas. Creo que íbamos con nervios, no sé si por ser nuestro primer concierto juntas o porque temíamos perdernos en el camino.

Fue un 31 de octubre de 2007. Era Halloween en Gringolandia, pero como aquí todo copiamos, algunos sugirieron ir disfrazados. En el metro vimos a un hombre que era una cruza de Freddy Kruger con Depredador y nos dio mucho miedo, pero nos intrigaba saber si iba al concierto disfrazado.

Llegamos y todo parecía fuera de este planeta, fuera de este tiempo. Era el mismo Palacio de los Deportes que había visto antes. Ese día no era el mismo y no podía serlo. Buscamos nuestros lugares, pues los boletos que alcanzamos estaban en gradas, justo en medio. No olvidaré esa justa posición.

Mi hermana me dijo días antes: “esa música se baila ¿tu vas a ir a bailar? Si ni sabes”. No recuerdo si le respondí algo. Cuando llegué me empecé a preocupar por si iba a bailar y de hacerlo, si lo haría bien. Volteé a ver a Goby Wan y no me importó si sabía bailar o no.

Al cabo de unos minutos y de un incidente con una cajita, comenzó el grupo telonero, del que me sabía una canción. Después… las luces se apagaron y sentí mi corazón latir fuertemente. Aún lo siento.

Un telón cayó y había una pirámide enorme. Las luces se encendieron. Las luces se encendieron y todo comenzó.

Nunca he sido muy fan de la música electrónica. La música de Daft Punk es casi inclasificable. Sí es cierto, a la gente la hace feliz es bailar. Parece estimulante mover tus brazos, tus piernas y tu cabeza al ritmo de la música. Creo que de eso se trata la música de Daft Punk: te pone a bailar.

En un sentido un poco más estricto, podría decir que considero a Thomas Bangalter y Guy-Manuel de Homem Cristo como unos músicos en toda la extensión de la palabra. Conocen su negocio y lo hacen muy bien. Son un espectáculo por si mismos.

Estaba al lado de Goby, recordando todos esos momentos en los cuales caminábamos despreocupadamente con la música de esos dos robots arriba de una pirámide de luces. No me di cuenta del momento en que comencé a bailar. Me detuve al pensar si haría el ridículo. Miré a mi alrededor y todos, todos bailaban, nadie era un gran bailarín. No importaba, lo que importaba era que te movieras.

Como leí unos días antes alguien predijo que el Palacio de los Deportes se convertiría en una gran pista de baile. Me alegro y me siento afortunada de haber sido parte. Lo que más agradezco sin embargo es haberlo vivido con ella. Recordar y escuchar a Daft Punk es acordarme de que un día sin saberlo y sin pensarlo fui muy feliz.

Daft Punk representa para mi lo feliz que puedo o que podemos ser. Hace falta mover los pies y los brazos únicamente. Hacen que las máquinas y lo automatizado de ellas se vuelva más humano con la música. Hacen que lleguen a mi mente tantos recuerdos que aunque son lejanos se viven intensamente al traerlos a la memoria.

Ahora regresan con un nuevo disco. Parece ser un gran acontecimiento ahora y sí es la razón por la que escribo sobre esto. No importa, nunca es tarde para recordar lo que valía la pena y lo que vale la pena. Las cosas han cambiado, ya no soy tan ignorante como antes, ya no tengo 17 años, ya no veo a Goby, ya no soy feliz.

Los días son duros en ocasiones. La música ayuda entre tanta locura, maldad y lo absurdo que es el mundo, a traernos cordura a nuestras vidas. Si eso vale la pena entonces me podré quedar aquí más tiempo. Tengo veintidós años, no soy tan ignorante, no veo a Goby y la extraño… sólo necesito bailar y estar en una pista de baile frente a unos robots.

Sólo ¡one more time!

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