viernes, 1 de marzo de 2013

Vocación reporteril. Lo que tenía que estar bien


Tuve dos semanas arduas. Lo digo ya que por mi poca actividad hacer tres cosas más para mi es arduo. Lo pensé durante cuatro meses laborando: todavía no estoy segura de ser del tipo trabajador. En realidad, todavía no estoy segura de muchas cosas.

Resulta que decidí meterme a un diplomado de diseño. La razón fue porque al recordar algo que me hubiera gustado de mis 4 años en Comunicación Social, resultó que fue el trimestre de diseño. No imagino cuál parte de mi pensó que podría ser buena en eso.

Continuo con las clases de francés que entiendo y no entiendo a la vez. Y me aventuré como “corresponsal” para la revista donde hago o intento hacer mi servicio social. La idea fue mía: cubrir la Feria del libro de Minería. Me gustan los libros, las actividades pueden ser interesante, tengo que ser propositiva, pensé.

Creo que esta decisión resultó ser mi condena. Lo merezco por emocionarme demasiado antes de pensar algún resultado real. En estas dos semanas he aprendido tanto sobre mis errores que parece un bombardeo difícil de manejar.

Ingenuamente pensé que podría ir a algunas conferencias y, claro, claro mis tres habilidades con la escritura ayudarían. Luego pensé en tomar fotos –ando en mi faceta quiero ser comunicóloga –y podría desempolvar un poco la cámara.

Platicando sobre la cobertura salió que podría hacer las reseñas. No como un chorizote como yo habitualmente escribo. Tendrían que ser breves, claras, coherentes y útiles. Tomar fotos, lo considerábamos en segundo término, pues material fotográfico habría bastante. Finalmente vinieron las entrevistas.

No tengo vocación de reportera, mucho menos de periodista. Respeto mucho ambos oficios, sobre todo en este país, uno de los más peligrosos para ejercer el periodismo. No tengo la habilidad para hacerlo. Los que me conocen saben que no me gusta hablar con las personas, me irrita.

Acércame a la gente y ponerle mi mejor sonrisa parecía complicado. No lo era tanto en comparación con intentar cazar a los periodistas reconocidos y autores. Con ellos es diferente. Tenía el temor de que mi poca cultura e inteligencia soltara algunas frases incongruentes y no fuera tomada en serio.

Alguna vez pensé involucrarme en el periodismo cultural. Más bien como decía en mis múltiples entrevistas de servicio social: algo encaminado a difusión cultural. La verdad no existe tal cosa para comunicación. Explico a continuación:

Los primeros días no recibí un gafete de prensa como tal. Debo reconocer que pase dos o tres veces con un gafete improvisado y un sticker que los organizadores se dignaron a darme. Con ese gafete de primaria pasé por completo desapercibida, no así con la mochila enorme que cargaba. Temí que en cualquier momento preguntaran por mi proeza al meter una mochila sin ser “prensa”.

Al final recibí ese gafete que me hace sentir estereotipada y etiquetada. Cuando llevas algo así colgado en el cuello la gente se te queda viendo. No estoy segura si por curiosidad o por incredulidad.  Honestamente, cualquier hijo de vecina puede ser prensa.

Están los que se limitan a tomar fotos y los pobres andan en todas las conferencias tomando fotos a lo bestia. No entienden bien de qué va la conferencia, charla o presentación del libro, de hecho, no les interesa. Pero bueno a la gente siempre la apantallan con sus enormes cámaras y sus flashes deslumbrantes.

Están los que portan chalecos y vienen de un medio más o menos reconocido. Ellos suelen ser unas super estrellas. Quizá aún más que los escritores. Sienten que por entrar antes que la audiencia tienen un lugar privilegiado. Lo único que hacen es grabar conferencias o hacer acto de presencia y a veces descaradamente hablan sin parar.

Están finalmente los que si tienen ese talento y vocación reporteril. La mayoría son jóvenes, recién egresados o aún estudian la carrera. Portan su gafete con orgullo y cargan con una réflex. Ellos van tras los escritores y alzan su mano en la ronda de preguntas. Los veteranos son aún más aventurados y suelen tutear al escritor en cuestión y hablar de política con él.

Yo llevé algunos días mi cámara, cuando porté un gafete me daba pena portarlo, me sentía algo señalada. Creo que me di cuenta que no me interesa lo que me digan los autores más allá de su obra y de su conferencia, por lo que no los seguía. Nunca encontré una buena pregunta que hacer.

Al final, reconozco que hice un pésimo trabajo. Un pésimo trabajo como corresponsal, un pésimo trabajo como reportera, un pésimo trabajo como fotógrafa, un pésimo trabajo como redactora de textos e incluso un pésimo trabajo como audiencia.

A pesar de todo esto tuve una muy grande enseñanza. Podrían imaginar que se trata de encontrar el perfecto estereotipo sobre el reportero o periodista, pero no. Aprendí que es muy complicado encontrar una habilidad y que cuando lo intentas pero no sientes que estás bien no vale la pena.

Lo que no vale la pena tampoco, es atiborrarlos con mis penas, traumas y congojas. Sólo les puedo decir que: soy una pésima reportera y que el periodismo aunque lo respeto mucho no es lo mío.

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