viernes, 8 de febrero de 2013

Una llamada de larga distancia a Paris



Fue hace unos tres años. Iba por mi segundo año en la universidad. Acababa de comenzar el trimestre y la verdad no estaba emocionada. Habían pasado cinco meses desde la última vez que pude sonreír de corazón. Imaginaba que esa clase de expresiones o sensaciones de felicidad no se repetirían en mi vida.

Fui a un concierto. No sé ni por qué decidí ir a formarme horas –muchas –antes del concierto. No es que hubiera sido en un lugar muy grande, tampoco era que mucha gente conociera a la banda. Quizá sólo fueron mis ganas de faltar a la escuela.

Había hecho una estrategia para tal día. Aun ahora me parece complicado entender mi emoción. No eran mi banda favorita. Quizá sólo fue que necesitaba pensar en otra cosa, una un poco más agradable. Quizá sólo necesitaba salir de la rutina y de la tristeza.

Cuando llegué el lugar estaba vacío. Me sentí bastante tonta por haber llegado tan temprano, pero tampoco quería regresar a casa. Me senté y espere, esperé. Dos jóvenes se acercaron y claramente pude resolver que no iban al concierto, pero que eran revendedores. Se asombraban de mi hazaña y creo que también se burlaron un poco.

Platiqué un poco con ellos a falta de compañía. Después de una hora llegó otra chica que pensó en una hazaña como la mía. Me alegre porque al menos ella sabía pronunciar el nombre de la banda que veríamos. Platiqué un largo –en verdad un largo –rato con ella. Le gustaban las mismas bandas que a mi y me pareció muy agradable. Agradecí no tener que pasar tantas horas platicando con revendedores.

En mi plan estaba que mi padre me llevara algo de comer. Insisto era un lugar pequeño, aun no entiendo mi ridiculez. Pasó al trabajo de mi hermana por mi boleto. La idea era que mi hermana me acompañaría pero era estaba trabajando y no saldría hasta la hora en que abrieran las puertas del lugar, lo cual me preocupaba. Yo quería estar hasta adelante.

Faltaba poco más de una hora para que abrieran y yo presionaba a mi hermana para que llegaran. Justo cuando ella llegó también lo hizo una mujer, se acerco a las diez primeras personas de la fila. Nos dijo lo siguiente:

-       ¿Estarían dispuestos a perder su lugar por conocer a la banda?

Pensé que era algún tipo de broma. La verdad es que ese pensamiento fue momentáneo porque creo que fui de las primeras en decir que si. Mi hermana dudó, pero la mayoría contesto afirmativamente.

Para esas horas de la noche la chica aventurera y yo habíamos entablado algo así como una cordial relación con los revendedores. Ellos nos dijeron que apartarían nuestros lugares si salíamos antes de que abrieran al público. Nos emocionamos aún más y con todo el amor de nuestros corazones les agradecimos.

Entramos por la puerta trasera del recinto. Me temblaban un poco las piernas y voltee a ver a mi hermana para saber que la emoción la recorría a ella también. Tomaron nuestros boletos y nos preguntaron que si teníamos objetos que nos pudieran autografiar podíamos hacerlo.

Entramos y enseguida escuchamos los instrumentos. La prueba de sonido estaba en marcha. Nos hicieron pasar justo frente al escenario. El lugar estaba vacío, éramos diez personas como en un concierto privado. Y un sentimiento llegó desde la punta de mis pies hasta mi cabeza.

Me cuesta trabajo reaccionar ante ese tipo de situaciones. No son normales. Sabía algo de inglés pero no podía recordar ninguna frase coherente. En esos casos la humanidad regresa a su estado primitivo y comienzas a comunicarte por mímica, y a hablar en tu idioma como si ellos te entendieran.

Pienso que las bandas están muy acostumbradas y debe ser algo ordinario. Lo bonito del asunto es cuando nos hacen creer que para ellos también es un momento único. Lo hicieron bastante bien, con los más aventurados sostuvieron charlas normales. Yo sólo podía observarlos y… sonreír.

Nos firmaron nuestro boleto y salimos. Todavía no entraba el público y volvimos a agradecer a nuestros momentáneos amigos re vendedores. Gente se quejó pero la verdad todos estábamos tan felices que podían decirnos cualquier grosería y nosotros sólo escucharíamos poesía. Corrimos y llegamos a la primera fila.

El concierto comenzó. Cantamos y bailamos en nuestro reducido espacio. No puedo asegurar que nos reconocieran, pero siempre quiero pensar que lo hicieron y que durante el concierto nos dedicaron largas sonrisas. También quiero pensar que tocaron esa canción porque mi hermana les dijo que la tocaran. Al menos en el setlist que obtuvimos no tenían planeado tocar ESA canción, la que significa tanto para nosotras.

Al final del concierto, el vocalista nos señaló. Una mujer nos tomó del brazo y nos dijo: suban al escenario. Tampoco sé qué se hace en esos casos, sólo salí de entre la gente y subí al escenario. Corroboré que tengo pánico escénico y que para estar en una banda se necesita ser muy valiente. Estaba con ellos en el escenario, con ese sentimiento recorriendo mi cuerpo y esa sonrisa permanente.

Esta semana se han cumplido tres años de esa aventura. Nunca lo olvidaré porque simplemente me fui a formar horas antes por alguna extraña razón. No olvidaré las sonrisas, los abrazos, los gritos, las canciones, las miradas y ese sentimiento de felicidad que pensé no volvería a sentir jamás.

Hace tres años que fui a ver a Phoenix. Este año son headliners en Coachella y no hizo más que recordarme este momento que les acabo de relatar. Tampoco puedo olvidar cómo fue verlos en el 2007 en un lugar donde caben menos de trescientas personas.  Por ridículo que parezca siento que he crecido con ellos y ellos conmigo.

domingo, 3 de febrero de 2013

Diferencia generacional



He traído un asunto en mente toda la semana. Se debe a mis clases en los idiomas. Me pasé toda la semana reflexionando sobre ello y parece algo inverosímil al principio, luego tomo sentido.

No sé si lo han notado. La diferencia generacional ha comenzado a diluirse. No sé si se debe a que ahora los adultos son más infantiles o los niños son más adultos. He leído distintas opiniones acerca de los niños y jóvenes de hoy ¿de hoy? Suena tan anticuado eso.

Dicen que la generación Z (así la llaman ahora a la gente que nació de 1995 a 2003) es mucho más perceptiva y más inteligente que la generación anterior (es decir, la mía). No lo sé, más de uno ha hecho el comentario de: “cuando yo tenía tal edad no era así”. Quizá lo que los “expertos” aseguran sea verdad.

En la semana vi algo que confirmo lo que mis pensamientos entretejían desde hace días. Iba en el transporte y delante de mí estaba sentado un señor y un niño. Conversaban como si fueran dos adultos. El niño prestaba mucha atención a los comentarios del señor y a decir verdad, aunque no supiera de qué versaba su conversación, parecía que replicar no le era complicado.

Lo entendí. En mis clases de idiomas (francés, no quiero sonar pretenciosa, lo siento si es así) la mayor parte de la clase tiene entre 16 a 21 años. Arriba de esa edad, se podría decir, somos una excepción. Sin embargo, no hay una barrera de edad que se note y en mi experiencia con mis sobrinos me resulta fácil platicar con ellos.

Se debe a que no nos interesa lo que tengan que decir la gente de nuestra edad. Lo sabemos porque atravesamos lo mismo. A la gente más joven que uno parece interesarles lo que tenemos que decir y eso siempre es muy apreciado. Contar las pocas experiencias que uno tiene en la vida y que al otro le interesen, y sobre todo, te agradezcan se siente bien.

Dejando a un lado esa parte narcisista creo que es razonable. Los niños ya no lo son. El mundo les ha exigido que sean responsables y conscientes. No todos por supuesto han captado ese mensaje. También nosotros hemos querido ser eternamente jóvenes. Sin embargo creo que ya no existe eso de las generaciones.

Para mí ya no existe, al menos en una cantidad considerable, las personas más grandes o más jóvenes que yo. No me interesa saber su edad y no me causa ningún conflicto para conversar. Excepto claro entre las personas que son de mi edad o si acaso uno año más grandes o más chicos. Ellos si son muy aburridos.