jueves, 3 de enero de 2013

Dentistas


No soy fan de los dentistas, en realidad, no soy fan de los médicos de ninguna índole. Tampoco les temo y me escondo bajo la cama cuando se trata de ir al dentista. Está vez fue por mi propio pie y con la certeza de que el resultado no me favorecería tan pronto. Intento ser una joven adulta responsable con mentalidad adolescente.

Hace unos seis años mi mamá insistió en que necesitaba brackets. Tenía dieciséis años y un carácter más bien débil, así que no intente decir que no. Hasta ahora no recuerdo mi experiencia con los brackets como mala. Si dolía, pero al parecer, como me lo han dicho algunos médicos a los que he ido, mi tolerancia al dolor es bastante alta.

Cuando me los quitaron fui la persona más feliz sobre la faz del planeta. Cuando eres así de feliz olvidas lo demás y nunca regresé por los famosos retenedores para afianzar los años con los brackets. Por obvias razones, hasta hace un mes mis dientes volvieron a su posición original.

Eso de la belleza física me sigue causando un problema. Alguien dijo que si no te sientes a gusto con algo sobre ti intenta algo para cambiarlo. Sinceramente creo que la resignación es mejor que intentar cambiar algo sobre tu físico.

Decidí usar de nuevo brackets con la firme convicción de que sería la última vez. Pero esta vez, el panorama resultó ser: cirugía de dos muelas del juicio y extracción de las cuatro premolares. Debo estar loca o ser muy valiente.

Los dientes, esos pequeños huesos que te ayudan a masticar son de los martirios más insufribles en cuanto a visitas con especialistas se refiere. Desde que te invitan a pasar a esa silla, alta, azul (el color es indiferente) esterilizada, sientes un ligero cosquilleo. Incluso esa manguera que succiona tu baba suena escalofriante, ya ni decir las inyecciones para anestesiar y el aparatejo para tapar caries.

Con todo y eso, mi dentista y mi ortodoncista son la cosa más dulce que hay. Me cuidan y me preguntan cada segundo si me molesta lo que me hacen. No es la cosa más cómoda del mundo, pero en realidad, el 90% de los médicos a los que he acudido tienen razón: mi tolerancia al dolor es muy alta.

No deberíamos temerles a los dentistas, pero unos son muy sádicos y sus aparatos no ayudan en nada para crearles una buena imagen. Ya veremos cómo me va en la extracción de los premolares a los que extrañaré. No moriré con mi dentadura completa, pero dicen que la belleza cuesta.

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