domingo, 18 de noviembre de 2012

Mi amigo el alcohol



Si hay algo que me desagrada es el continuo cliché de: eres joven, tienes veintidós años, debes estar en la fiesta. ¿Qué demonios es eso y a quién se le ocurrió? Si fuera o es de ese modo, entonces no, no cumplo con el estereotipo de joven de veintidós años. Mi padre lo agradece y también parte de mi familia aunque no lo admitan. No así mis amigos y conocidos.

Me educaron así o simplemente un día lo decidí. Un día muy niña. Como aquella promesa de no beber, ni fumar durante nuestra vida adulta. Nadie la cumplió. Pero en ese tiempo tenía sentido. Habíamos visto cosas de muy chicas, que por lo menos a mi, me hacían creer que la gente que fumaba y bebía era idiota. Eso fue a los diez u once años.

En la secundaria era más bien aislada, lo he dicho. Y en la preparatoria cuando debí desvariar e ir a fiestas sin control, porque ahora creo que en realidad esa es la edad adecuada para “andar en la fiesta” no lo hice. No soy de ese tipo, si es que soy de algún tipo.

Mi papá desde muy jóvenes nos invitaba algo de alcohol, no porque fuera un mal padre, más bien quería que le tomáramos el gusto a la bebida sin considerarla una adicción. No lo logró con ninguna. Tal vez una de ellas lo hizo un tiempo. Disfruto su vida, bebió cuanto pudo, pero ahora con una cerveza se duerme.

Yo comencé a entrarle durísimo al alcohol a la mitad de la carrera, antes obviamente, de mi gastritis. Me hacía de algún modo desinhibida. Me hacía más sociable y no era de esas borrachas que lloraban, más bien era más elocuente y divertida. Las personas comenzaban a creer que esa era una mejor yo.

Después nos tomamos una rachita de beber y beber y beber. Realmente no fue bueno. Creo, sin duda alguna, que eso estropeo muchas relaciones que tenía. No era una alcohólica y tampoco me sentía orgullosa de regresar a casa mareada. Y tampoco me siento orgullosa de las cosas que dije e hice en estado inconveniente.

Cuando paso lo de la gastritis, todo cambio, para bien y para mal. Cambiaron hábitos en mi y decidí que, aunque quizá ahora ya pueda hacerlo, no volver a tomar o no como lo hacía. Aunque repito no era una alcohólica ni una borracha, simplemente es un estado que me parece poco más que patético, para mí, habrá a quien le de valor y le sea conveniente.

Desde entonces, me he dado cuenta de muchas cosas tristes acerca del alcohol y las personas. Número uno, las personas no pueden interactuar si no hay alcohol de por medio, por eso de entre las primeras preguntas que te hacen al conocerte es: ¿y tomas? Número dos, es sólo tras un par de copas cuando las personas se “divierten”, qué absurdo.

De entre muchas cosas todas involucran alcohol. Yo no he escuchado que en un grupo de amigos digan: vamos al cine, vamos al boliche, vamos a patinar o andar en bici. Siempre es el ordinario, aburrido y monótono: vamos por unas chelas.

Posiblemente soy yo la del error. Posiblemente, soy yo la aburrida. Pero me parece que tengo una forma muy distinta de divertirme. No le falto al respeto a la gente que toma y fuma (aunque la cuestión del cigarro es otro tema), ellos, ustedes pueden hacer de su vida lo que quiera. Sólo dejen de juzgar a aquellos que intentamos tener el valor de decirle a la gente en nuestra total consciencia: no me caes bien, lárgate.

A veces creo, que disfrutaba más el alcohol en soledad. Pero eso sólo me haría más depresiva.

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