miércoles, 21 de noviembre de 2012

Lo que la gente dice que soy, es lo que no soy



Hace poco sostuve una larga charla con una amiga. Hablábamos de gente como nosotras que creemos carecer de autoestima. Eso de la estima a uno mismo resulta ser todo un tema. Llegamos a la conclusión de que en lugar de carecer de estima quizá pecamos en lo pretenciosas y megalómanas.

Lo hacemos todo el tiempo, no sé si estemos conscientes del hecho. Nos auto compadecemos para que el otro nos de ánimo y comience a sacar cualidades para alimentar nuestros egos. Aunque en realidad este no es el tema que necesito tratar hoy. Me desvirtuó también por megalomanía.

Me contó una anécdota tan impresionante para mí que no pude dejar de pensar en eso. A ella la dejó en shock y a mi aún más. Probablemente a las dos nos impresionó, pero bueno estamos en eso de hacer más grandes las cosas.

Me platicó que un día su novio y ella discutían acerca de una serie vieja de televisión, una que a mi amiga le desagrada (y a mi también). En la discusión salieron varias opiniones. Mi amiga soltó una opinión que le había platicado yo algún tiempo atrás. Su novio le contestó: “Esa idea no es tuya”.

No, no dejaron de ser novios por eso. Ella se molestó, su pareja la tachaba de poco original y no sé si en ese instante ella se dio cuenta, pero cuando me platicó yo me di cuenta. Las personas marcan tu vida, unas más que otras. Llega un momento en nuestras vidas en que ciertas personas gozan de una credibilidad intachable para nosotros. Su palabra es la única y la última.

Cuántas veces, nos apropiamos, nos amoldamos, nos acoplamos a las ideas de los demás. Ya sea por admiración, por la credibilidad, por la inteligencia, por distintas circunstancias. Me percaté de que ella reprodujo un pensamiento, si, es verdad no propio, de otra persona que para ella tiene credibilidad, pero ese pensamiento que le transmití es de otra persona más. La originalidad es difícil de conseguir.

Hoy escuché los dos discos de los Arctic Monkeys. No son mi grupo favorito, no los odio y tampoco se me hacen buenísimos. Es una banda que me recuerda mucho a mi vida de bachillerato. Esos tipos tenían diecinueve años cuando su cancioncita sonaba por los pasillos de la escuela a la que iba.

Está mujer tiene problemas, habla de una cosa y se pasa a otra distinta, pensarán. Resulta que tengo una amiga, de entre pocas debo admitir, que tiene una infinita credibilidad para mí. Yo escuchaba a los Arctic Monkeys, no me sabía todas sus canciones y no todas me gustaban, pero los escuchaba. Esa persona, odiaba a los Arctic Monkeys, aún los odia.

Desde el momento en que escuché a esa persona con credibilidad hablar mal de los Arctic Monkeys comencé a simular esa actitud. Y resultó que si, cada vez que me cuestionaban el motivo de mi disgusto hacia la banda, daba los mismos argumentos que mi amiga. Nadie me dijo: “Esa idea no es tuya”. Porque resultó ser que algunos argumentos tenían sentido.

Nosotros somos el conjunto de influencias y personalidades de otras personas, y a su vez esas otras personas son formadas con ideas de terceros. No creo que sea malo, pero me preguntó ¿hasta dónde dejas de ser tú?

Hoy, bueno tal vez meses atrás, deje mis prejuicios acerca de los Arctic Monkeys. No son lo mejor del mundo. Es sólo su recuerdo, cuando veo los rostros de esos tipos a los diecinueve años me recuerda que me gustaban chicos de su edad a los quince. Me recuerdan que podía saltar sin cansarme. Y que a lo mejor, sólo a lo mejor, era más yo, que pedazos de otras personas.

Sólo puedo escuchar esos dos discos.

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